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Estados Unidos despliega 4 mil militares en el Caribe para perseguir a cárteles de la droga

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El gobierno de Estados Unidos ha iniciado un significativo despliegue de fuerzas aéreas y navales en el sur del mar Caribe con el propósito explícito de contrarrestar la creciente amenaza de los cárteles de la droga latinoamericanos. Esta ofensiva militar se enmarca en la nueva política antidrogas de la administración Trump, que desde febrero ha catalogado a organizaciones como el Cártel de Sinaloa, el Tren de Aragua y el Cartel de los Soles como organizaciones terroristas globales, otorgándole al Pentágono margen para preparar y ejecutar acciones militares —no solo de patrullaje, sino también de inteligencia, disuasión y, potencialmente, de ataque directo— fuera del estrictamente policial.

Entre los activos desplazados se encuentran buques de guerra, entre ellos navíos anfibios como el USS Iwo Jima, el USS Fort Lauderdale y el USS San Antonio, así como un submarino de ataque nuclear, destructores, un crucero de misiles guiados y aeronaves dedicadas al reconocimiento e inteligencia en la zona. El despliegue, preparado en las últimas semanas, refuerza la presencia del Comando Sur de EE. UU. en una de las vías marítimas más utilizadas por los grupos narcotraficantes para enviar cargamentos hacia Estados Unidos y Europa.

Si bien muchos analistas coinciden en que, por ahora, esta movilización funciona como una demostración de fuerza —un mensaje claro de Washington hacia las estructuras del narcotráfico—, también abre la puerta a futuras intervenciones directas, si así lo ordenara la Casa Blanca.

Este despliegue militar representa una clara escalada en la política de seguridad regional de EE. UU. Su estrategia ya fue puesta en marcha mediante incursiones anteriores, como el envío de al menos dos buques de guerra para reforzar controles fronterizos y combatir el narcotráfico en áreas clave.

La clase de activos movilizados —aéreos, navales, submarinos y anfibios— señala una postura agresiva, bien distinta al abordaje tradicional de la interdicción vía agencias como la Guardia Costera o la DEA. Este enfoque ha generado preocupación entre varios gobiernos latinoamericanos, especialmente México, que ha rechazado firmemente cualquier tipo de intervención militar estadounidense en su territorio.

La base legal de esta operación descansa en la tipificación formal como “narco-terroristas” de los cárteles. Esto ha permitido justificar el uso de fuerzas militares dentro de una lógica de seguridad nacional, trasladando el combate al narcotráfico más allá del campo de la seguridad doméstica, hacia una dimensión regional y militarizada.

El despliegue de EE. UU. en el Caribe es mucho más que un operativo antinarcóticos: supone un viraje significativo hacia una política regional marcada por la amenaza militar convencional a estructuras criminales. Su impacto incluye una redistribución del peso entre agencias civiles y fuerzas armadas, y abre interrogantes sobre la legalidad y las reacciones diplomáticas futuras.

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