Por: Cristina Padín.
Regresaba al pueblo cada julio. Desde que había fallecido el abuelo vivía con su hija en Madrid. Le gustaba Madrid, ciudad culta y abierta y libre. Pero el pueblo era el pueblo!
Retornaba.. y todo olía a lo de siempre. A lo suyo. A su café en la pequeña tacita de lunares blancos.. a Rosita con su plática al anochecer.. a la aldea. A lo que se ama. A lo que humedece las pestañas.
La abuela adoraba ser abuela. Tenía cinco nietos. Y aborrecía a la gente presumida. Y a la falsa, los falsos religiosos con voz de no haber roto nunca un plato y postureo absurdo no iban con ella. Y el cura lo sabía y le daba la razón. No hace falta fingir, hay que ser real. Eso que no abunda mucho. La abuela leía mucho, con cien años, y amaba a Santa Minia…
Aquella tarde festejaba el día de los abuelos y el cumpleaños de una nieta y el santo de su querida Ana. Una joven de Bastavales a la que adoraba!
Dedicado a mi muy amada abuela. Hasta el cielo
A los abuelos
Mi abuela adoraba a mi amiga Ana tanto como mi amiga Ana adoraba a mi abuela. A mi amiga Ana
A cada Ana y cada Joaquín
A la gente de verdad y a la gente respetuosa
A mi querido Luis
A Bastavales
A las personas que aprecian los libros
A la verdad
Y a Ginès Marín: valiente


