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La decencia y la docencia

Victor Corcoba Herrero
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Algo más que palabras, por: Víctor Corcoba Herrero.

Todo es cuestión de decencia y docencia, de esfuerzo y de lucha por un
empleo decente para poder vivir con decencia; y, también, de una preparación
previa a través de un responsable cuerpo docente, algo verdaderamente vital
para reconducirnos como especie pensante a un efectivo y creciente avance
humano, tanto espiritual como material. En efecto, necesitamos ascender para
dignificarnos; de ahí, la importancia de los enseñantes, que únicamente una
personalidad sensata y equilibrada puede asumir.

Me alegra, en consecuencia, que, con motivo de la celebración del Día
Mundial de los Docentes (5 de octubre),
este año se aproveche la ocasión para recordar a la comunidad
internacional que “el derecho a la educación implica el derecho a docentes
cualificados”, o sea vocacionales, dispuestos a dar lo mejor de sí, que no es
otra que ofrecerlo con amor. Desde luego, hemos de enseñar más allá de unos
meros contenidos o programas. Hace falta imprimir en los educandos los valores
realmente de la vida, que son aquellos que crean armonía en la sociedad. Sin
duda, la mejor didáctica, la más motivadora, germina de una relación
profesor-alumno, donde todos han de sentirse fusionados con la tarea educativa,
sin obviar la potestad del maestro y el respeto del discípulo, con la
colaboración de la familia.

Hoy más que nunca, precisamente, hace falta activar modelos éticos
razonables, que nos ayuden a convivir, a ser piña, promoviendo valores y
principios a través de la vida hogareña. Sin duda, es menester que la decencia
pública proteja los valores esenciales de toda vida. A propósito, con la
aprobación del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 sobre educación, y de la
meta 4.c (ODS 4.c) que reconoce que los docentes son esenciales para la
consecución de la Agenda 2030 de Educación, la onomástica de los Docentes se ha
convertido, a mi juicio, en la ocasión idónea para hacer un balance de los
logros y reflexionar acerca de la manera de hacer frente a los desafíos que
perduran en la promoción de la docencia, como puede ser la pérdida de autoridad.
Los datos hablan por sí mismos. Se estima que, en total, 264 millones de niños
y jóvenes no están escolarizados y, según el Instituto de Estadística de la
UNESCO, se necesita contratar a unos 69 millones de nuevos docentes para
alcanzar los objetivos de impartir educación universal primaria y secundaria de
aquí a 2030. Esta carencia de personal docente se acentúa más entre los
sectores vulnerables de la población, es decir, entre las niñas, los niños con
discapacidad, los refugiados y los migrantes, y los niños pobres que viven en
zonas rurales y remotas del planeta.

Por ello, si los docentes formados y cualificados son esenciales para el
derecho a la educación, también los líderes políticos honestos y las
instituciones ejemplarizantes, máxime las del Estado social y democrático de
Derecho, han de trabajar conjuntamente por esa vocación de servicio a toda la
ciudadanía, con especial hincapié hacia esos moradores que tienen poca
esperanza de seguir viviendo, al encontrarse por debajo de cualquier definición
racional de la decencia humana. Contar historias inspiradoras para promocionar
los derechos humanos, puede contribuir a ese impulso moral, tan necesario en el
momento presente, al menos para estar en paz con nosotros mismos. Ese es el
objetivo de una iniciativa que se lanzó recientemente en la sede de las
Naciones Unidas en Nueva York, en una época en que estos principios
fundamentales están bajo ataque en muchas partes del mundo.

Ciertamente, la iniciativa, “Buenas historias de derechos humanos”,
coincide con la celebración este 2018 de tres efemérides ligadas a los derechos
humanos: el 70º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos; el 25º aniversario de la Declaración y Programa de Acción de Viena; y
el 20º aniversario de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los
Defensores de los Derechos Humanos. Ojalá esto nos sirva para repensar y ser
más coherentes con nuestras acciones, puesto que la persistencia de tal pobreza
nos deshumaniza y degrada. Por otra parte, la Declaración Universal de los
Derechos Humanos ha de ser el documento guía. No lo dejemos arrinconar y, en
cualquier caso, jamás olvidemos que intenta delimitar qué cosas son indecentes,
o si quieren inaceptables, para cualquier cultura e individuo. Está visto que
necesitamos corregirnos cada amanecer. Acostumbrémonos, pues, a que la regla de
los hábitos avive en nosotros las honestas costumbres.

Victor Corcoba Herrero
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