En términos de participación electoral, Estados Unidos se encuentra en el deshonroso puesto 120 entre 166 países, de acuerdo a una publicación del Instituto IDEA. En una tabla comparativa internacional que analiza el flujo de votantes y sufragios desde 1945, la primera potencia mundial queda muy por debajo de Nicaragua (72) o Filipinas (47).
Ciertamente, Estados Unidos tiene un índice muy alto de abstención. Para las presidenciales de 2008, por ejemplo, sólo el 55% de los votantes inscritos acudió a las urnas. Para el mas poderoso país que se ufana de promover la democracia en el mundo, es sumamente contradictorio pertenecer al grupo de las naciones con menor proporción de electores activos. Hay variadas razones para no votar, pero el principal motivo (28%) que aducen los electores estadounidenses para abstenerse es que están “demasiado ocupados” ese día.
En una inmensa mayoría de países —por no decir todos— la jornada para realizar un sufragio nacional es un domingo o el día no laborable correspondiente de la semana. Es lógico, de esta manera la población no tiene que abandonar su trabajo y puede desplazarse con más facilidad a su centro electoral, lo que implica una mayor participación política de la población. Pero en los Estados Unidos, por ley desde 1845, las elecciones deben realizarse un martes después del primer lunes de noviembre. ¿Por qué? Aunque Ud. no lo crea, por razones religiosas.
Para entenderlo tenemos que imaginarnos cómo era la vida de mediados de 1800, justo en el momento antes de que se iniciara la Revolución Industrial. Entonces menos del 15% de la población se encontraba en áreas urbanas, el resto vivía dedicado a labores agrícolas y ganaderas. Votar implicaba trasladarse del campo al centro electoral de la ciudad más cercana en una larga travesía en carreta que podía tomar un día. Parece una buena razón para aprovechar el fin de semana… pero no. Porque el domingo es el Día del Señor.
Para aquella sociedad preindustrial y creyente hubiera sido una ofensa interrumpir los oficios dominicales para fines mundanos, así que se calculaba prudentemente todo el lunes para los traslados y el martes resultó el mejor día para establecer una legislación que cumpliría con el ejercicio democrático del voto sin interferir con la voluntad de Dios. Ciertamente una medida muy sabia para 1845, pero absolutamente innecesaria en pleno siglo XXI, cuando hay centros electorales a vuelta de la esquina y perfectamente se puede ir a misa en la mañana y votar en la tarde o viceversa.
Lo curioso es que muy pocos políticos están apercibidos de lo absurda que resulta hoy esta ley y, lo que es peor, ninguno parece estar dispuesto a cambiarla. Desde 2012 el diputado demócrata por Nueva York, Steve Israel, introdujo una solicitud para cambiar el día de las elecciones legislativas y presidenciales, pero desde entonces duerme el sueño de los justos.
¿Cuál es la razón para que los Estados Unidos todavía quieran conservar un día de elecciones tan atravesado? La respuesta es muy sencilla: ninguna. Parafraseando a Juan Gabriel podríamos asegurar que “la costumbre es más fuerte que la razón”.


