Algo más que palabras, por: Victor Corcoba Herrero.
Escritor /
corcoba@telefonica.net
Se dice que las tres cuartas partes de los mayores conflictos en el
mundo tienen una dimensión cultural destructiva del espíritu humano. Por lo que
se ve, aún no hemos aprendido a superar esas mezquinas divisiones, a pesar de
los mil encuentros que a diario celebramos con esa rica diversidad, de la que
decimos sentirnos cohesionados, y nada más lejos de la realidad. Nos falta corazón y nos sobran egoísmos. Quizás
deberíamos pasar a los gestos reales en nuestro día a día, siendo más
cooperadores los unos hacia los otros, también más comprensivos y clementes, en
definitiva más auténticos con ese diálogo reciproco que todos nos merecemos, y que
cuando se sustenta realmente en sólidas leyes morales, no cabe duda que
facilita la solución a esas necias contiendas que son las que verdaderamente
tenemos que excluir de la faz del planeta. Ojalá seamos capaces de injertar
otro futuro más esperanzador, como esa Agenda Europea Renovada para la
Investigación y la Innovación, que al tiempo que presenta un conjunto de
acciones concretas para profundizar en la capacidad de innovación de Europa y
proporcionar una prosperidad duradera, advierte que se puede mejorar la vida
cotidiana de millones de personas, ayudando a resolver algunos de nuestros
mayores desafíos sociales y generacionales.
Hoy ninguno pone en entredicho que Europa tiene una investigación de
primer nivel y una sólida base industrial, pero también ese espíritu europeísta
de apertura está ayudando a que pueblos durante largo tiempo hostiles y
enemigos se reconcilien, en base a los aires democráticos, los derechos humanos
y el estado de derecho. Frenemos, por tanto, el uso de munición letal, pongamos
otro espíritu más constructor en nuestras existencias. No tiene sentido quitar
vidas porque sí, matar ilusiones, asesinar corazones, y luego lavarnos las
manos como si nada hubiese ocurrido. Para desgracia nuestra, además, convivimos
con demasiadas injusticias, pero también con actitudes de indiferencia o de
insulto hacia el prójimo, que es otra manera de matar. Es hora, pues, de
esforzarse por tomar otro camino más acorde con el verdadero aliento armónico,
donde nadie es más que nadie, y todos somos alguien. A propósito, el informe “Intolerancia
religiosa en Brasil”, publicado en enero de 2017, se utilizará para vigilar y
abordar ese soplo discriminatorio que nos está dejando sin alma. En este
sentido, el Relator Especial sobre la libertad de religión o de creencias,
Ahmed Shaheed, afirmó recientemente que “el mundo vive una ola creciente de
intolerancia y de restricciones al ejercicio del derecho a libertad religiosa y
de credo”. Algo que debe preocuparnos, máxime cuando algunos grupos extremistas
desnaturalizan el auténtico sentido religioso, convirtiendo el modelo de
convivencia interreligiosa en un manantial peligroso de conflicto y
violencia.
Por si fuera poco la destrucción del espíritu humano, tenemos ese mundo
virtual que nos atrofia, sobre todo a la hora de comunicarnos. Es un propagador
de mentiras como jamás se ha conocido. Ante esta bochornosa situación, tenemos
que mantener los pies en la tierra y volver a las raíces de lo genuino, que
está, sin duda, en la memoria viviente de nuestros progenitores. Ellos son los
que tienen la sabiduría, que se alcanza con la cátedra de las vivencias, para
restaurarnos hacia horizontes verdaderamente crecidos en el acercamiento, que
es lo que nos engrandece y armoniza. Porque, en efecto, es necesario construir
juntos el verdadero espíritu global, que no está en el poder, sino en el
servir; que no está en el servirse de nadie, sino en el donarse; y junto a esta
entrega, también el espíritu conciliador ha de ayudarnos a reencontrarnos hasta
con nosotros mismos. Esta es la cuestión. Ciertamente no podemos caer más bajos
como linaje. A los hechos me remito: Desde la República Centroafricana hasta
Sudán del Sur y desde Siria hasta Afganistán, los ataques a niños en los
conflictos continúan sin tregua. UNICEF pide protección para ellos. Es una de
las reglas más básicas de la guerra: dejar fuera a los chavales. Y, sin
embargo, se ignora “con pocos
remordimientos y todavía menos consecuencias”, según denuncia el Fondo
de las Naciones Unidas para la Infancia. Desde luego, una sociedad que no es
capaz de ofrecer una atmósfera de paz a los niños, teniendo en cuenta que es un
derecho suyo y un deber nuestro, más pronto que tarde confluye en el caos.


