Por: Cristina Padín.
Tal vez la Empatía fuera rubia de cabellos muy largos (la melena larga siempre es bonita) o puede que festejara la Navidad con abetos y villancicos… el nene que preguntó quién era la Empatía jamás sabría esas cosas. Si a la Empatía le gustaba cantar al estilo de María del Monte o si era más de buscar olas en las mágicas playas de La Coruña… El pequeño no supo eso…
Pero sí advirtió quién era la Empatía…
Es la que abraza. Cuando las lágrimas caen con furia y ese dolor que abrasa ella abraza. Y susurra. Es la que pronuncia palabras que son miel y dulzura, bálsamo. Cuando nada se puede decir dice algo. Algo bonito, sereno, o incluso silencioso. Es el silencio la Empatía. Y el sonido de la paz. Es cristal, agua, afecto. Es lo que es importante: el beso, la mano que aprieta, el consuelo, una mirada.
Cuando la noche buena de cada diciembre, la Nochebuena que nos traslada a la infancia y a la vera de la lumbre y de la felicidad, se rompe… la tristeza es larga, negra, áspera, siniestra y dolorosa. Y ahí llega la Empatía. Con su luz. Con su pureza. Con su alma. La Empatía es la compañera que habita en algunos rincones, no en todos. Hay corazones muertos, no acogen a la Empatía.
Con mi oración y mi afecto a cada implicado en el terrible accidente de Galicia
A cada persona con empatía. No tener empatía es no tener corazón
A esas personas que a diario trabajan para hacer más fácil la vida de otras
A los M: sois geniales, chicos
A mi querido Luis
A mi bella tierra: Galicia
A M, JC, B, F y JM
Y a las personas que tienen luz y alma


