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La Mérida que perdimos

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Manuel Triay Peniche


Nuestro ritmo de vida era entonces mucho más lento, tranquilo, provincial, sin la masificación turística ni el rápido desarrollo urbano que hoy nos caracteriza, en gran parte debido al refugio que ofrecemos a miles de migrantes. Mérida, “la ciudad blanca” de hace 47 años, justo cuando la fundación de este Club Rotario, conservaba profundas tradiciones y una fuerte identidad social donde las relaciones comunitarias eran la base de la vida diaria, aunque ya se vislumbraba la transformación demográfica que estamos viviendo..
Con sus 420,000 habitantes, nuestro entorno urbano y nuestro paisaje eran muy diferentes. Llevábamos una vida propia en torno a la paz y la tranquilidad, con costumbres y entretenimientos muy nuestros. Todavía transitábamos por el centro y algunos barrios sobre calles empedradas, unas con adocretos rojos que nos llegaban de Europa como lastre en los barcos que transportaban la fibra del henequén.
El tráfico era ligero y el transporte público consistía principalmente en autobuses que transitaban sin las prisas actuales y recorrían la ciudad en forma radial, del centro a las colonias y viceversa. Los trenes seguían llegando activamente a la estación de La Plancha, punto neurálgico del comercio: lo mismo se vendía productos agrícolas que un gatito, un loro o algún otro animal exótico, que se traían del interior del Estado.
Predominaban las casas coloniales con techos altos, coloridas fachadas y amplios patios, principalmente en el centro histórico, y los edificios departamentales no figuraban en nuestro catálogo, aún no concebíamos la idea de vivir sin nuestros patios arbolados, nuestros jardines y, algunos incluso sin sus gallinas correteando por todos lados. No es fácil renunciar a aquella privacidad, sin vecinos arriba y abajo, sin derecho a decidir al menos sobre nuestras casas.
Quién no recuerda nuestro Paseo de Montejo como una avenida tranquila, habitada por familias y no tan comercial como ahora. Un paseo que era nuestro en su totalidad, sin espacios exclusivos para el Ietram, para la bicirruta y con sardineles que tanto estorban, lo recorríamos a pié, nos citábamos a las puertas de Leo y los hijos de papi le daban vueltas con sus autos, una y otra vez, echando rostro, enamorando a la chica que volteara a verlos.
Nuestra vida entonces era mucho más austera; tener línea telefónica propia en casa era un lujo, por lo que dependíamos de casetas públicas de alcancía, o de la buena voluntad de los vecinos.
La gente solía sacar sus sillas o sillones de madera a la puerta de sus casas por la tarde para chismear con los vecinos, tomar el fresco y mitigar un poco el calor que nos afecta a lo largo del año. Era una costumbre muy arraigada y , entre tanto, los niños jugaban en las calles, y el saludo y el respeto a sus mayores no era discutible.
Los mercados, Lucas de Gálvez y los otros distribuidos en las colonias eran el centro de abastecimiento principal, con gran animación y con sonidos y olores propios, ahí le regateábamos a nuestros marchantes sus productos de primera mano, productos frescos, naturales, orgánicos o ecológicos, sin pesticidas, fertilizantes o herbicidas.
Recuerdo cosas muy nuestras: Debido al calor, el ritmo de vida se detenía al mediodía, Muchas tiendas cerraban para que sus empleados se fueran a comer y descansar (la famosa siesta) y regresaban horas más tarde. La colonia México y nuestro primer fraccionamiento, el Miguel Alemán, que eran de los más retirados, nos quedaban en camión a unos 20 minutos de nuestro centro histórico y comercial.
Las familias eran más unidas, se disponía de más tiempo y el domingo era sagrado para visitar la Plaza Grande, disfrutar de las retretas y danzas folclóricas, o bien de Mérida en Domingo que apenas abría sus puertas. La trova yucateca era fundamental, las vaquerías y las fiestas patronales eran las celebraciones principales, manteniendo vivas las culturas maya y colonial.
El paseo al parque Centenario era prácticamente obligatorio para niños pequeños y no muy pequeños. Las vueltas por el trenecito, de a peso por persona, eran imprescindibles como también lo era el meterse al túnel y pegar de gritos, saludar a la mona Sucy, visitar a los felinos o al viejo hipopótamo que para entonces ya se remojaba en su pequeño charco.
La economía local estaba en transición tras el auge henequenero, con un desarrollo industrial de maquiladoras comenzando a perfilarse, y ya Progreso era el centro de atracción de los meridianos, sobre todo en julio y agosto, tiempo de las vacaciones escolares. Por aquellos años 500 pesos le alcanzaban a una familia para el camión y el pescado frito, así tuviera que irse al mercado.
Casi obligadas también eran las visitas al Parque de Las Américas o a nuestros contados cines como el Novedades que los domingos ofrecía un matiné con tres películas por un peso y permanencia voluntaria.
?Y para quienes nos quedábamos en casa? La televisión era la fiel y tal vez la única acompañante, a lo largo del día y también de la noche. El Chavo del 8, el Chapulín Colorado, Mash. All en The Family, Los Angeles de Charly, Starsky y Hutch, La Mujer Maravilla, Hawaii Five 0, y ya entrados en la caja boba, Siempre en Domingo, el Crucero del Amor, Chabelo, etcétera.
Los jóvenes de aquella época disfrutaban de las bachatas en casas particulares donde se reunían a bailar y celebrar con las consolas de discos, pero sin alargar más allá de los 10 de la noche pues era la hora máxima que nos concedían nuestros papás quienes, además, no nos daban llave y el obedecer los tiempos fijados no estaba sujetos a discusión ni pretexto. Es más, se cumplian a raja tabla, con riesgo de recibir castigo, y a veces hasta una chancleta voladora de mamá
De las bachatas pasamos a las salas de fiestas muy populares y a las discotecas. De las primeras fueron muy famosas el Salón Montejo, en la calle 62 entre 65 y 67, y la Sala de Fiestas Caribe (o la pastilla) en la 70 con 57, frente a la Flor de Santiago. No tratamos de hacer un conteo de aquellos sitios de alegre reunión, con mucha música y a veces mucho alcohol, pero quizá alguno de los presentes halla disfrutado, o al menos escuchado, de aquellos sitios que, además de ofrecer diversión, eran lugares para conocer amigos, estrechar amistades, y enamorar, inclusive.
Alguna vez alguno de los presentes oyó del Barba Azul, en Paseo de Montejo, o del Dracmas, en la Glorieta de San Fernando que era punto de reunión principalmente de jóvenes descendientes de libaneses, a quienes solíamos llamar paisanos o turcos.
Quizá más de uno habrá disfrutado de “Bob and Mary, detrás del Cine Colón en Reforma, o de la Galaxia también Colón, o de Pigli Wigli a finales de los años 70, o de Carlos and Charlie, en la Prolongación de Montejo, a unos metros del actual paso deprimido. O quizá de Le Disco en el Holiday Inn, o tal vez de Cocoom en el Panamerica.
Algo simpático de aquellos tiempos en que a parte de las discotecas se podía acudir a los bailes de luz y sonido que se organizaban en locales rentados ex profeso o en alguna casa particular con un patio o jardín de buen tamaño. Si la memoria no me falla los hermanos Ricardo y Pedro Torres crearon la primera compañía a mediados de los 70 para la renta de luz y sonido, que fue muy buen negocio.
Algunos años más adelante estuvieron muy de moda las grandes discotecas como la Bim Bom Bao, y Kalia, en el fraccionamiento Montereal, o Excess en la Prolongación de Montejo, o Vatzya en el Fiesta Americana.
El tiempo transforma todo, para bien o para mal, los cambios son imprescindibles y ocasionalmente perdemos cosas que ya no volverán. De nuestra Mérida, la de ayer, hemos perdido sus colores y aromas: el rojo de sus flamboyanes, el amarillo de aquellas lluvias de oro y el lila de sus jacarandas, que embellecían nuestras calles por los cuatro puntos carinales, hoy sólo los encontramos en algunas en las viejas colonias, y a punto de desaparecer también.
Esa fue nuestra Mérida de ayer, la Mérida que era el imán de nuestros vecinos de los municipios conurbados y de muchos otros que expulsaban a cientos y miles de hombres y mujeres que venían diariamente en busca de empleo, unos de albañiles y las mujeres que se ocupan del servicio doméstico.
La población de nuestra ciudad blanca aumentó de 420,000 en los años 70, a 995.129 en 2020, según cifras del último censo de población (del censo del año pasado aún no hay información oficial), y al día de hoy se maneja una cifra no oficial de 1.250,000 a 1.300 habitantes, incluídos los migrantes que no son pocos y que llegaron de 100 países diferentes y de todos los Estados de la República.
En efecto, según aquella cifra oficial, los migrantes registrados viviendo en Mérida en 2020 procedían de 100 diferentes países y ascendían a 79,076, de los que 58 llegaron de 18 países africanos; 10,029 de 28 países de América; 380, de 20 asiáticos; 1593, de 31 europeos, y 39 de 3 de Oceanía. A los que debemos sumar a nuestros paisanos mexicanos, procedentes de todos los Estados de la República, entre los que sobresalen por su número Ciudad de México, Quintana Roo y Campeche, en ese órden.
En la última década Mérida pasó de tener entre un 14 y 16 por ciento de población foránea a superar el 20 por ciento. Sí, un 20 por ciento con quienes compartimos la ciudad no son nacidos en Yucatán, por lo que, dando por cierto esa cifra, estaríamos hablando de 260,000 personas que convierten a nuestra “ciudad blanca” en una ciudad refugio.
La capital yucateca se ha consolidado como un polo de atracción de migración y esto es innegable, y eso la convierte en una de las ciudades con mayor diversidad y crecimiento demográfico por recepción de habitantes en el Sureste.
Los estudiosos de este tema no se ponen de acuerdo aún sobre el número actual de migrantes en la ciudad y se esperan los resultados del censo de 2025. Algunos calculan unos 10,000 migrantes por año y otros duplican esa cifra. Además la presión aumenta diariamente en la ciudad porque hay una población flotante que fluctúa entre los 150,000 y 200,000 inmigrantes procedentes principalmente de la zona conurbada y los municipios más cercanos.
Esa migración, como es lógico de suponer, ha transformado nuestra ciudad y genera un contraste entre beneficios económicos y retos de infraestructura y cohesión social. Los efectos principales se concentran en el mercado inmobiliario, el crecimiento urbano y la diversidad cultural.
En otras palabras, la alta demanda de vivienda por parte de los nuevos residentes, a menudo con mayor poder adquisitivo, ha elevado el costo de la vivienda y las rentas, provocando el desplazamiento de familias originarias en zonas centrales y tradicionales.
Se observa una mayor demanda de servicios especializados, tenemos comercios al por mayor y una diversificación del mercado laboral.
Mérida es percibida como una ciudad segura, lo que atrae a familias en busca de mejor calidad de vida, aunque la presión poblacional representa un reto. Es verdad que la llegada de personas jóvenes o en edad productiva ayuda a contrarrestar el envejecimiento local, influyendo positivamente en el consumo agregado, pero también ha influído en tensiones culturales pues se han registrado abusos o conflictos entre vecinos locales y algunos extranjeros que se asientan en la ciudad y más aún, en nuestras costas.
La migración también ha acelerado la expansión urbana, lo que presiona, por ejemplo, los sistemas de agua potable, saneamiento y vialidades, deteriorando en algunos casos recursos naturales y servicios. Muestra palpable es nuestro anillo periférico de 52 kilómetros de longitud que en horas pico ya es insuficiente, con colas interminables, prisas, estrés, aceleraciones imprudentes, accidentes y muertes frecuentes.
Además, ese aumento de población exige una mayor demanda y capacitación de respuesta en salud, educación y servicios urbanos, provocando no pocos rezagos. Recientemente impartí un curso de periodismo en una empresa a un grupo de alumnos, todos procedentes de la Universidad Anahuac: tres salvadoreños y un hondureño, cuatro del interior de la República y dos yucatecos.
Esa explosión demográfica está cambiando nuestra manera yucateca de ser, no ha llegado sóla y en ésto debemos de fijar un poco más nuestra atención porque nos afecta a todos como comunidad, como familia y como personas. Desde 1993 las redes sociales impactan nuestras vidas y se han metido en nuestros hogares con algunas de sus ventajas y muchos de sus peligros, a grado que afectan la paz y la tranquilidad.
Las redes sociales transforman a la comunidad facilitando la conexión global, el activismo y el acceso a la información, pero también generan efectos negativos como adicción, problemas de salud mental como ansiedad y depresión, ciberacoso y desinformación.
Coincidentemente Mérida, y Yucatán entero, enfrentan hoy una crisis creciente de salud mental, destacando altas tasas de depresión, ansiedad y, lamentablemente, una de las tasas de suicidio más relevantes: En 2025 alcanzamos en 14.8 por cada cien mil habitantes, cuando la media en el país fue apenas del 8.6.
Los casos de depresión van al alza desde el 2021 y afectan a niños desde los nueve años, a adolescentes y a adultos mayores, y sitúan al Estado en severos retos de atención pública. El consumo de sustancias prohibidas, y obviamente su venta, se han generalizado a grado que han llegado hasta las escuelas primarias.
El Club Rotario Mérida Montejo se ha distinguido a los largo de sus 47 años de vida por el servicio comunitario que presta, en especial a la salud física, educación, desarrollo social y ayuda en desastres naturales, a la que se suma su labor filantrópica de apoyo a grupos vulnerables, entre otros. Se aplaude y agradece su labor, que debe ser promovida a efecto de que sea el trampolín que contagie ese amor al prójimo que cada día se hace más necesario.
Ojalá, y hago votos, porque esa generosidad rotaria continúe, que su luz de esperanza ilumine aún más el camino que nos lleva al prójimo, y que su filantropía pueda replicarla la sociedad civil organizada y la enfoque más hacia la salud mental que a cada paso, a cada minuto, nos pide apoyo con urgencia.

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