De Ser a Ser, por: Santiago Heyser.
Si la idea básica de formar pareja, es que voy a vivir
mejor en comparación a cuando estoy solo, ¿por qué terminamos aceptando lo que
no queremos vivir?
Si el objetivo es ser felices, el sentido de tener pareja es tener mejor
calidad de vida acompañado que solo. A través de la relación, y cuando se da, a
través de la paternidad o maternidad, debiéramos tener una buena vida que sea
base de nuestro crecimiento para alcanzar nuestra propia plenitud. En este
contexto, al margen de esfuerzos y responsabilidades, ni la pareja ni los hijos
son una carga, porque ambos enriquecen nuestra vida, lo que nos permite crecer
y desarrollarnos con alegría.
Desafortunadamente estamos mal educados y desde los núcleos familiar y
social, hasta el adoctrinamiento religioso y mediático, nos han hecho creer que
por estos beneficios o satisfacciones hay que pagar un precio… ¡el precio del
sacrificio! Frases como “el amor es sacrificio” o “hay que sacrificarse por la
persona que amamos”, son un par de ejemplos del nivel de aberración de los
mensajes y lecciones que recibimos. Si somos honestos, nadie inicia una
relación, ni le interesa hacerlo, para sacrificarse. En términos emocionales,
lo que buscamos es sentirnos bien, estar alegres, contentos y sonreír, nuestra
aspiración es ser felices, nadie quiere pasarla mal ni sentirse frustrado
porque vive algo que no quiere. Sin embargo, ya sea por costumbre o
condicionamiento, vivimos una contradicción permanente al aceptar
sacrificarnos, por acción u omisión, mientras que, en reciprocidad, exigimos o
esperamos que nuestra pareja y nuestros hijos se sacrifiquen por nosotros.
La realidad es que actuar de manera contraria a quienes somos,
eventualmente nos termina consumiendo o terminamos rebelándonos, lo que lleva
al rompimiento, al divorcio o a la resignación de vivir el resto de nuestras
vidas de forma miserable. En cualquier caso, vivir una relación de esta manera
es justo lo opuesto de lo que se buscaba en un principio, simplemente no tiene
sentido y es frustrante. En lo cotidiano, es triste ver cómo se mantienen
relaciones disfuncionales por principios religiosos, presión social y familiar
o “por los hijos”… como si estar viviendo en medio de personas resignadas y en
conflicto fuera benéfico para los niños. Por lo descrito es que muchas personas
terminan sacrificándose a sí mismas y sacrificando calidad de vida por
dependencia, ya sea de tipo religioso, familiar, cultural, mental, físico o
económico, o porque no entienden que cada uno somos seres completos e
independientes, y como consecuencia no asumen la responsabilidad de su vida y
la posibilidad de ser felices al continuarla sin pareja.
El derecho a ser feliz es condición indispensable en una relación, no se
trata que la otra persona esté mal y yo bien, como tampoco se vale cuestionar o
querer cambiar al de enfrente. Nadie tiene derecho de imponer su código de
conducta a la pareja, porque además, es un hecho que no hay correcto o
incorrecto, solo hay percepciones o formas de ser y pensar diferentes. Ser
pareja no me obliga a funcionar como mi pareja quiere, lo curioso, cuando se
trata de nosotros y ante la frustración de que no sucede lo que queremos,
forzamos y manipulamos a la persona que decimos amar y con quien aspiramos a
vivir una buena vida, para que actúe como queremos, porque cuando es en nuestro
favor, sí aceptamos que “el amor es sacrificio” y de forma convenenciera terminamos
con el argumento “si me amas, sacrifícate por mí, o haz lo que yo quiero”.
El problema es aceptar lo que no queremos vivir o comprometernos con lo
que no sabemos si vamos a poder cumplir, como la fidelidad o prometer mantener
la relación hasta que la muerte nos separe… ¡Hay que saber decir que no! y
construir el amor día con día y, en un descuido, la relación dura toda la vida,
sin promesas, sin compromisos y sin obligaciones, simplemente, porque al estar
juntos soy feliz.
No existe la pareja perfecta, es natural que tengamos intereses,
perspectivas, pensamientos y opiniones diferentes, como es natural que en algún
momento, por la convivencia, tengamos que adaptarnos, ceder, renunciar, o
negociar ante estas diferencias, la clave está en que nunca sacrifiquemos
quienes somos, nuestra esencia, nuestros principios o nuestros sueños, para
poder vivir bien en pareja, al vivir con libertad y en concordancia con nuestra
propia naturaleza individual… ¡Así de sencillo!
Un saludo, una reflexión.
Twitter: @SantiagoHeyser
Correo: heyser@deseraser.mx


