Por: Cristina Padín.
Aquella última tarde de enero el frío plateaba las hojas de los árboles, las esquinas de los sueños, los bares (qué lugares) y las aceras y las calles. Iba la Valentía a beber un vino tinto con un amigo vestida de blanco-pureza y de azulesperanza. Y recibía afecto y cariño de aquellos que se cruzaban con ella, porque ser valiente no es fácil, y para serlo había que demostrar garra torera, duende flamenco, cultura extensa, generosidad amplia y mil sentimientos unidos en comunión.
La Valentía no derrochaba soberbia, mata la ilusión; no hablaba en tono arrogante, afea la bondad; no se pavoneaba, eso es tontería únicamente reservada al que poco tiene que ofrecer; nunca gritaba ni insultaba, esa conducta es el alimento del odio y nada más es propio de amargados e insolentes. Era, la Valentía, firme cual roca, serena como calma tras tormenta, bella como un beso, sincera como una madre, ética como la verdad, pura y atrevida y fuerte.
Podía la Valentía ser nacida en Madrid, la ciudad que siempre acoge; o ser natural de una aldea gallega diminuta, una de tantas que acuna personas de valía y buen saber; o tal vez pertenecer a la dorada y mágica Sevilla. De donde fuere… era valiente y tenía coraje, era un lance en la arena, una defensa en la conversación, una sonrisa en el sentir. Y el vino lo degustaba con una buena amistad. La Lealtad. Que donde no hay lealtad no hay amistad. Un brindis con ole!
A la valentía y a personas valientes, hoy a JM, F, I y H
A mi amigo JC
A la lealtad, aborrezco la falta de lealtad
Al toreo, y hoy a Tomás Rufo
A mi querido Luis
A Madrid, mi casa y donde siempre he sido feliz, y a M y B
A Galicia. A las aldeas pequeñas, a las grandes, y a
los niños de aldea
A Sevilla, ciudad que amo, y mis A, P, C
A los brindis con ole
Al vino, viva el vino


