Algo más que palabras, por: Víctor Corcoba Herrero.
Escritor / corcoba@telefonica.net
- 385 millones de niños viven en la
pobreza extrema. - 264 millones no están
escolarizados. - 5.6 millones
de niños menores de 5 años murieron en 2016 por causas que podían haberse
prevenido. - 152 millones de niños y niñas aún
son víctimas del trabajo infantil.
No podemos desfallecer en promover
avances y lo prioritario ha de ser la propia especie humana, su continuo
crecimiento en valores, que repercutirá en un sensible crecimiento de bienestar
social. Precisamente, la Convención sobre los Derechos del Niño establece una
serie de obligaciones, englobadas a la vida, a la salud, a la educación y a
jugar, así como el derecho a la vida familiar, a estar protegidos de la ira, a
no ser discriminados y a que se escuchen sus opiniones. Pese a ello, 385
millones de niños viven en la pobreza externa, 264 millones no están escolarizados
y 5,6 millones de niños menores de cinco años murieron el año pasado por causas
que podían haberse prevenido. Además, todavía hay 152 millones de niños y niñas
víctimas del trabajo infantil, es decir, casi uno de cada 10 en el mundo. De
ellos, poco más o menos la mitad realiza trabajos peligrosos. Es preciso, por
tanto, reconocer que el progreso alcanzado es muy desigual en el planeta.
Volvamos a esa célula inherente y
natural que son las familias, patria del alma existencial, que están necesitadas
de auxilio auténtico, demandando un bienestar social más incluyente y global. Quizás
tengamos que activar el corazón y juntos gritar las injusticias que vemos en
cada esquina: Nadie sin techo, ninguno sin dignidad. Esta lucha, sin
resentimiento y con ánimo constructivo, nos vendrá bien a todos. Pensemos en la
cantidad de personas que sufren los mayores de los calvarios, hacinados en
almacenes, hambrientos y sin acceso a los servicios básicos. Su dolor es
nuestro dolor, una ofensa a las entretelas de la humanidad, a lo que somos o
debemos ser: discernimiento. Hoy sabemos que el internet de las cosas, los
macrodatos o la inteligencia artificial, revolucionarán el mundo de los
negocios y las sociedades; sin embargo, hay un proceso paulatino de
desintegración de los hogares, que debiera cuando menos preocuparnos. Indudablemente,
tal y como está la situación mundial, urge a mi juico la reconstrucción de las
relaciones de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor, para que
restaurado el recto orden general, todos los pueblos gocen de ese vínculo recíproco
de prosperidad, de alegría y de paz.
Sin duda, hace falta más coraje para
combatir intereses mezquinos y poder salir de ellos. En consecuencia, tenemos
que invertir mucho más en ser morada, en las oportunidades de futuro para todas
ellas, a la vez que hemos de ser compasivos, si en verdad queremos ocuparnos y
preocuparnos por el tipo de mundo a cimentar para nuestros descendientes. Lo
prioritario a mi manera de ver es dejar de aislarnos, de hacer apuestas sobre
un futuro insostenible que pondrá en riesgo los ahorros y las sociedades.
Llegado a este punto, el mundo debería adoptar una máxima que nos relacionase a
todas las culturas, la de una auténtica estirpe o linaje humanista, sustentada
y sostenida por el respeto y la comprensión mutua. Por eso, tan importante como
dar paso a los grandes proyectos de infraestructuras verdes, es pensar también
en ese refugio de abrigo seguro que es la unidad familiar, con todo lo que esto
conlleva de fortaleza conjunta, para una sociedad que desea ser consuelo y
esperanza de un orbe mundializado.
En efecto, podremos ser lo que juntos
queramos ser. Algo que se aprende en familia, puesto que valores como la
honestidad, la austeridad, la responsabilidad por el bien colectivo, el
espíritu solidario y de sacrificio, la cultura del trabajo como derecho y
deber, sin duda, asegurarán un mejor desarrollo para todos los moradores de la
tierra. Por el contrario, la violencia, el egoísmo personal y colectivo, la
corrupción, nunca han sido guía de progreso ni de dicha alguna. Por desgracia,
hasta que quienes ocupen puestos de liderazgos no acepten cuestionarse, y ser
responsables, difícilmente se va a procurar la complacencia de sus pueblos y la
conjunción de sus ramas. Ya está bien de no hacer, sino de deshacer; de
destruir y no construir, cuando somos esencialmente seres benéficos, y por
ende, individuos que nos crecemos y nos recreamos en genealogía. Abramos los
ojos. Y, si acaso, volvamos al filósofo chino Confucio (551 AC-478 AC):
“Arréglese al Estado como se conduce a la familia, con autoridad, competencia y
buen ejemplo”. Al fin, sabremos cuánto debemos a nuestros progenitores. Ser
agradecido, en todo caso y siempre, es cuestión de sana conciencia. Al menos, dejémonos
interpelar.


