Eduardo Turner
La construcción de ciclovías no es un fenómeno local. En todo el país se están impulsando proyectos similares debido a la disponibilidad de fondos federales e internacionales, con el objetivo de disminuir el uso del automóvil y fomentar la movilidad en bicicleta.
Las ciclovías pueden ser una buena política pública cuando se diseñan con criterios técnicos, climáticos y sociales adecuados. Sin embargo, nunca deben sofocar las vías rápidas ni destruir la movilidad del transporte motorizado. En las ciudades donde han funcionado, generalmente se integran de forma discreta: como líneas definidas en aceras amplias o con carriles de aproximadamente metro y medio en avenidas, sin competir de manera agresiva con el flujo vehicular.
En Yucatán, la implementación de ciclovías no solo careció de un proceso democrático, sino que representa uno de los fracasos políticos más visibles del gobierno anterior, tanto en su forma de autorización como en su instrumentación arbitraria a lo largo de la ciudad.
A continuación, se exponen los argumentos que explican por qué este proyecto estaba destinado al fracaso desde el primer día.
- Decisión unilateral
Durante su campaña, el gobernador Vila prometió que las obras públicas serían consensuadas mediante comités y procesos de consulta. Esto no ocurrió. La planeación fue realizada de manera centralizada desde el gobierno, impulsada principalmente por perfiles sin especialización urbana profunda, como un licenciado en Derecho y un paisajista.
La democracia implica escuchar a la academia, a los especialistas y a la sociedad. En esta ocasión, se ignoró la opinión de urbanistas de la Universidad Autónoma de Yucatán y de organismos empresariales, quienes hoy observan con preocupación una obra que no ha funcionado ni funcionará. - El factor clima
Las ciudades que suelen ponerse como ejemplo —Sevilla, Bogotá o diversas capitales europeas— tienen temperaturas máximas promedio cercanas a los 32 °C. En Yucatán, el termómetro supera fácilmente los 40 °C.
Pretender que la bicicleta sea un medio de transporte cotidiano entre las 10:30 a. m. y las 5:00 p. m. es desconocer la realidad climática. Basta observar el Paseo Dominical de Montejo: incluso los domingos, la gente deja de usar la bicicleta alrededor de las 11 de la mañana por el calor extremo. Este solo hecho demuestra por qué las ciclovías no pueden funcionar como transporte diario en estas condiciones. - El uso de boyas: peligrosas y obsoletas
Las boyas metálicas utilizadas para delimitar ciclovías son peligrosas, antiestéticas y están desaconsejadas por organismos internacionales como NACTO. Ante cualquier desequilibrio, provocan caídas inmediatas para los ciclistas.
Existen alternativas más seguras, como separadores plásticos rectangulares con rampas, que no obstaculizan la movilidad. Las boyas, además de peligrosas, son costosas, lo que despierta serias dudas sobre el uso eficiente de los recursos públicos. - La falsa comparación con Europa
Se ha dicho que Mérida debe parecerse a capitales europeas como París, Londres, España o Ámsterdam. Sin embargo, en esas ciudades las avenidas rápidas no se convierten en maceteros ni se estrangula el tráfico principal.
Además, esas ciudades tienen temperaturas hasta 20 °C menores que Yucatán y cuentan con sistemas de transporte masivo —metro y tren— que permiten combinar bicicleta y transporte público. En Mérida, sin estas condiciones, las ciclovías solo pueden tener un uso recreativo, no funcional. - Paseo de Montejo: de avenida emblemática a caos vial
Se instalaron maceteros a todo lo largo inclusive en calles aledañas, se eliminaron carriles rápidos, se redujo espacio vehicular algo que no se observa en ciudades europeas.
Urbanistas locales habían señalado que el crecimiento comercial de esta avenida requería estacionamientos públicos, como ocurre en Europa y Estados Unidos. En lugar de eso, se eliminaron espacios existentes, afectando a hoteles, restaurantes y comercios, obligando a los usuarios a estacionarse lejos, con riesgos de inseguridad y molestias. - El caos vial y su impacto ambiental
De un día para otro, Mérida comenzó a padecer una saturación vial evidente. Trasladarse al centro por calles como la 62 o la 48 se ha convertido en un castigo cotidiano.
Obligar a la población a usar bicicleta bajo un sol extremo no solo es inviable, sino que genera mayores costos: más tiempo perdido, más consumo de gasolina y más emisiones contaminantes.
Un ejemplo claro: solo cinco minutos adicionales de espera diaria para 3,000 automóviles en Paseo de Montejo, ida y vuelta, representan aproximadamente 234,000 litros extra de gasolina al año y más de 538 toneladas de CO₂ emitidas a la atmósfera. Priorizar bicicletas estrangulando el tráfico también tiene costos ambientales y económicos. - El costo económico oculto
El mantenimiento de los nuevos maceteros en Paseo de Montejo implicará un gasto permanente: riego constante, reposición de plantas que morirán por el clima y consumo elevado de agua.
A esto se suma el gasto familiar por mayor consumo de gasolina, retrasos en transporte público y pérdida de tiempo productivo. ¿Quién asumirá esos costos? ¿Quién compensará a las familias y negocios afectados?
Reflexión final.
Los defensores de las ciclovías solo ven un enfoque, el romántico del uso limpio de las bicicletas, sin embargo, las agrupaciones de ciclistas hacen recorridos en la noche y o en carreteras con espacios seguros, otros defensores visibles viven en países con temperaturas europeas, sin estudios de todos los factores y costos involucrados. La autorización solo obedeció a un solo enfoque, el político.
Apoyar las ciclovías no es el problema. El problema es imponerlas sin planeación, sin considerar clima, movilidad real, evidencia científica ni opinión ciudadana. En ciudades como Sevilla o inclusive CDMX, las bicicletas conviven con sistemas de metro y climas benignos. En Mérida, la realidad es otra.
Las ciclovías, tal como se implementaron, reflejan decisiones unilaterales, más orientadas a gastar recursos y dejar una “medalla inaugural” que a resolver problemas reales de movilidad. Se ignoró a la academia, a los organismos empresariales y al escrutinio público.
La democracia es un bien público que fue seriamente vulnerado en Yucatán. Una buena idea se transformó en un proyecto mal planeado, costoso e ineficiente, cuyos efectos negativos hoy enfrentan tanto la ciudadanía como las finanzas públicas. El gobierno actual ha iniciado un proceso de análisis y revisión que busca subsanar una omisión fundamental del pasado: la falta de diálogo y legitimación social. Habrá que esperar que este proceso, ahora sí abierto y participativo, derive en resultados óptimos y decisiones mejor fundamentadas.


