Por: Fernando Belaunzarán.
No faltó nada del repertorio: acarreo, compra de
votos, exclusión de disidentes, urnas embarazadas, falsificación de boletas,
tacos, carruseles, violencia desbordada, uso de recursos públicos, intervención
gubernamental, coacción a beneficiarios de programas sociales, robo y quema de
material electoral. Reprodujeron todo lo que decían combatir y si algo llamó la
atención es que no hicieron ningún esfuerzo por disimular tan malas mañas.
El fraude generalizado en las asambleas distritales de
Morena quedó profusamente documentado. Infinidad de videos dieron cuenta de los
conflictos, irregularidades, fallas, trampas y delitos durante la jornada.
Abundaron denuncias de militantes avasallados por la maquinaria clientelar y es
un hecho que los resultados se litigarán. A juzgar por la evidencia conocida,
se podría anular el proceso si el tribunal resiste las presiones que vendrán.
En momentos en que el presidente López Obrador habla
de pasar de la austeridad republicana a la pobreza franciscana, en las
elecciones de su partido se derrocharon ingentes recursos para llevar en
flotillas de camiones, microbuses y taxis a miles de gentes a los centros de
votación. Se pudo constatar que en las largas filas abundaban personas que no
sabían a qué los llevaron o necesitaban de un acordeón para sufragar por el
indicado a cambio de despensas, dinero en efectivo o mantener apoyos económicos
del gobierno.
Echaron a andar todo el aparato a favor de candidatos
oficiales. Funcionarios y empleados de dependencias públicas fueron obligados a
asistir, afiliarse a Morena y votar según las instrucciones de sus jefes, lo
mismo que quienes reciben subvenciones del erario. La operación fue descarada e
incluso en no pocas asambleas echaron mano de policías para aplacar a las
disidencias.
Aunque los delitos cometidos ya se consideran graves y
no tienen derecho a fianza, presenciamos la impune jactancia de quienes no ven
fronteras entre partido, gobierno y Estado, tal y como sucedía en el viejo
régimen, pero ahora de manera más cínica y degradada, sin el menor recato ni
preocupación por cuidar las más mínimas formas.
El dinero decidió a los ganadores, pues la cartera
determina el tamaño de las clientelas. La impotencia por no poder competir en
la compra de voto con las estructuras gubernamentales hizo que no pocos
dirigentes locales recurrieran a la violencia para reventar no pocas asambleas
y en otras los competidores recurrieron a toda clase de trampas para tratar de
imponerse en la contienda, sabiendo de antemano que nadie jugaría limpio. Se
conocen bien.
No es que el espectáculo antidemocrático de Morena
vaya a sepultar la reforma electoral del Presidente, pues de por sí no tenía
ninguna posibilidad de ser aprobada; pero sí le moja la pólvora a la estrategia
mediática en curso para acorralar al INE. Después de lo que vimos el pasado fin
de semana, el oficialismo carecerá de autoridad política y moral para
cuestionar al árbitro. Eso no significa que vayan a dejar de insistir, pues la
intimidación y descalificación para elevarle el costo a las autoridades
electorales si deciden sancionarlos por violar la ley, así como acusarlas de
delirantes intenciones de hacer fraude para dejar abierta la posibilidad de
desconocer los resultados, son parte fundamental de su estrategia hacia el
2024.
Las asambleas del partido oficial son presagio de lo
que viene, operarán desde el poder una elección de Estado para definir la
sucesión presidencial. Han ido afinando estructuras para movilizar innumerables
clientelas a las casillas y cuentan con recursos de sobra para hacerlo,
aprovechándose de la pobreza que como gobierno han incrementado. Todavía
tendremos autoridades electorales que cuenten los votos con certeza, pero apenas
podrán atenuar la tremenda inequidad que se vislumbra. Lo estamos viendo con
las campañas anticipadas de las corcholatas desbocadas.
Para equilibrar la contienda será indispensable la
unidad de la oposición y que demuestren que ellos sí pueden elegir
democráticamente a su candidato en una elección ejemplar. El reto es grande:
convencer a abstencionistas, indecisos y arrepentidos para que el voto libre
triunfe sobre el voto comprado.


