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Opiniones

¿Cambiando?

Claroscuro.

Por José Francisco Lopez Vargas · 13/06/2022 00:00
¿Cambiando?

Claroscuro, por: Francisco López Vargas. 

Julio Menchaca Cruz, militante de 30 años del PRI, se salió de su partido para contender por Morena por la gubernatura de Hidalgo; América Villareal Anaya entró a Morena en 2017 y hoy es el candidato de Morena por Tamaulipas, estado que gobernó su padre Américo Villareal Guerra y del que él fue militante.

Mara Lezana apenas entró a Morena en 2015 y quizá sea la única que no tiene pasado priista, pero si en el Verde Ecologista. En Durango, Marina Vitela, la candidata a gobernadora por Morena se salió del PRI en 2017 y la lista pudiera ser infinita. La realidad es que Morena ha recurrido a un 92 por ciento de militantes de otros partidos para nutrir sus cuadros en la elección pasada y en esta la historia se ha repetido.

En 2021 Clara Luz Flores fue alcaldesa priista de Escobedo, Nuevo León y fue la candidata a gobernadora por Morena; Alfonso Durazo fue secretario particular del presidente nacional del PRI, Luis Donaldo Colosio, y contendiente por Sonora para la gubernatura por Morena, pero ya pasó por el PAN y ahora está en Morena.

David Monreal inició su carrera, como su hermano Ricardo, en el PRI, se pasó al PRD, siguió en el PT y más tarde a Morena.

Miguel Ángel Navarro Quintero fue de todo en el PRI de Nayarit de donde salió para ser abanderado por el PRD para gobernador en 2017 y hoy está en Morena.

Quizá la más esquiva de las militantes es Layda Sansores quien después de 30 años en el PRI, se fue al PRD, apoyó a Vicente Fox, en Convergencia, en el PT y ahora en Morena.

Felix Salgado Macedonio empezó su carrera política en el PRI, se fue al PRD y hoy está en Morena.

Lorena Cuéllar, nieta de dos gobernadores priistas de Tlaxcala, pasó 20 años en el PRI, saltó al PRD y terminó en el PRD.

Seis empezaron su carrera en el PRD Índira Vizcaíno, en Colima; Víctor Manuel Castro, en Baja California Sur; Rubén Rocha, en Sinaloa; en Michoacán, Raúl Morón; Celia Maya, en Querétaro y Juan Carlos Loera, en Chihuahua.

Dice Gerson Hernández, académico de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, en la política mexicana hay mucho camaleonismo y en 2018 ganó López Obrador gracias al apoyo de políticos expanistas y experredistas.

El propio López Obrador es una excrecencia del PRI y que en el PRD trató dos veces de ser gobernador de Tabasco sin éxito y tres veces ser presidente de la república, siendo jefe de gobierno capitalino en el camino.

Entonces uno se pregunta, ¿la idea no era dejar de votar por priistas o el PRI es el responsable de las veleidosidades de sus militantes?

En el siglo pasado, ser priista era, para algunos, un orgullo, pero el país se fue adecuando a las tendencias del mundo, sobre todo porque el país había sido llevado a la quiebra por los gobiernos de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo quien recibió un país quebrado por los adeudos internacionales de su antecesor y que él incrementó al dar como garantía la producción petrolera que le hizo prometer que administraríamos la abundancia provocada por el descubrimiento del yacimiento Cantarel y la producción del pozo Ixtoc en Campeche.

El despilfarro cesó cuando las paulatinas y reiteradas crisis se presentaron, pero como el precio del petróleo siempre subía jamás se pensó en que el petróleo se agotaría y que al escasear sería más redituable que la exploración fuera privada y se compartieran los beneficios de la extracción asegurada.

El PRI, ese que decía que las horas eran las que el presidente quisiera, empezó un lento proceso de modernización que culminó con la aceptación de la pérdida de su mayoría parlamentaria y a la decisión de sacrificar con impuestos a los habitantes para poder cumplir los compromisos del país.

Así, el partido que se robó las elecciones de 1988 tuvo que admitir su derrota primero en 1997 y dejar la presidencia en 2000. Dos sexenios panistas no fueron suficientes ni eficientes para la llegada del cambio que la gente urgía y en el tercer proceso terminó por regresar al PRI a Los Pinos que, hay que decirlo, saquearon al país con gobernadores que se suponía fueran el futuro de una nueva clase política, pero que terminaron en prisión ante la falta de control de un presidente que les debía el cargo.

La adecuación del PRI a la realidad y al entorno internacional no fue suficiente para evitar el abuso y ante el temor de la cárcel, Peña Nieto acuerda con López Obrador emprender una persecución contra Ricardo Anaya lo que le abre el paso a quien hoy gobierna el país.

Los 30 millones de votos de López acreditan que la desesperación y el hartazgo de un país con demasiados contrastes eran reales y una exigencia formal para reducir la brecha social y la desigualdad extrema.

Sin embargo, la realidad volvió a jugarnos una mala pasada. El que se creía sería el salvador del país o sacaría de la marginación a millones de mexicanos sólo pronunció más la brecha, vendió un discurso para cada audiencia y, en su gobierno, contradijo todos sus postulados y acreditó que, como se ve, el país cayó en una vorágines de dispendio, de destrucción y de militarización que sólo ha servido para enmascarar el despilfarro ocultando las cifras con la fantasía de seguridad nacional.

El cambio prometido no sólo no se ha traducido en resultados sino que hoy más que nunca los millones de mexicanos, se habla de 15, carecen de toda seguridad social y los que antes contaban con servicios médicos y tratamientos periódicos han sucumbido ante una pandemia que no sólo se desestimó sino que se usó electoralmente para ganar simpatías.

Los comicios de este domingo, sin embargo, reflejan que el costo empieza a cobrarse, lentamente aún mientras Morena se mimetiza con ese PRI que hoy más de uno extraña pero que es tan obsoleto como antidemocrático.

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