Cronicas de la migracion venezolana
Un vuelo internacional desde la capital bolivariana al aeropuerto de Cancún, con disponibilidad todos los lunes y viernes, no dura más de cuatro horas. Es tan simple como cualquier otro viaje, pero nada más que un sueño para los cientos de migrantes que diariamente se ven forzados a abandonar su país por otros fines debido al endurecimiento de políticas migratorias en 2022.
Enfrentándose a un trayecto de semanas o meses, a través de seis países bajo condiciones inhumanas, esta solo podría ser una opción para un individuo al final de su innata desesperación por sobrevivir sus circunstancias, sirviendo como prueba definitiva de la realidad en la que vive la mayoría de la población.
Según la unidad de investigación del diario español Expansión y con datos la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en 2020, el porcentaje de venezolanos viviendo el extranjero había llegado a con 5.5 millones, 19% de la población, una diferencia de casi 17% con el registro de 2015 que no sobrepasaba 2.3%.
Hoy, en el apogeo del episodio migratorio más importante en la historia de Venezuela, las cifras se acercan más a los siete millones de migrantes y refugiados.
México no es ningún extraño a la migración, por su proximidad a Estados Unidos, el corredor entre ambos países es el más transitado del mundo y a pesar de no ser el destino principal, México se encuentra de nuevo entre los 10 países más transitados por venezolanos a nivel mundial.
Según la Secretaría de Gobernación de México (SEGOB), más de medio millón de personas en situación de migración irregular ingresaron a México en 2023, estimando que tres de cada 10 provenían de Venezuela, el número de nacionales venezolanos en México se acerca a los 200 mil, casi el doble que Honduras, el siguiente país de origen más registrado.
El viaje
Edwin salió de su isla natal de Margarita, con su primo Eduardo, el 10 de febrero de este año; ambos, de 24 años, atravesaron Colombia en un día y se encontraron en la frontera de Panamá donde los esperaba su coyote, la esperanza de sobrevivir lo que se avecinaba.
El “tapón” del Darién, una ruta mortal por la selva panameña, una zona hostil y olvidada, controlada por grupos guerrilleros y paramilitares que lucran del narcotráfico, para algunos, hasta seis días a la merced de la naturaleza y el crimen organizado en lo que es considerada la selva más peligrosa del mundo, a pesar de todo, transitada por más de medio millón de personas tan solo en 2023.
“Nos pusieron unos brazaletes… tú lo pagas y ahí nada te puede pasar, ven por ti en todos los sentidos, es la única forma de tener seguridad”.
Sin pago y sin la protección del coyote, no quedas simplemente a la intemperie, sino en las mandíbulas de “la mafia misma”, como la llama Edwin, la red de tráfico de migrantes que se ha establecido desde la popularización de esta ruta. El narcotráfico y el sistema mismo tiene “permiso” de desaparecer a cualquiera que no cuente con el “boleto dorado”, el brazalete mencionado.
Con el amanecer, los primos salieron sumados a cuatro mil personas. El inicio del trayecto reboza de adrenalina, los jóvenes comenzaron su viaje energizados pensando en lo que los espera, por “ríos y más ríos”, trepando por piedras y cerros con la selva en la cara, equipados únicamente con lo que podían cargar.
Víctima de la desesperación por avanzar, mucha gente se queda en el camino, caídas y lesiones que no perdonan ni al más apto, ambos jóvenes se enfrentaron a momentos de tensión que pudieron haber significado el final de su viaje.
“Hay personas que se mueren, ¿sabes? Tú no vas para morirte, pero son cosas que pasan, uno que es muchacho y aguanta lo que venga, pero si no tienes cuidado te quedas”, contaba Edwin al recordar una caída que lo dejó con el brazo derecho decomisionado y abrasado al pecho el resto de su tiempo en la selva. “Gracias a dios había un señor ahí atrás mío que metió la mano, pero si no, me mato ahí”.
En menos de dos días ya habían cruzado su “gran infierno” como le llamaban, dejando atrás otros migrantes que conocieron en el camino, los menos afortunados, extendiendo sus viajes hasta cinco días.
“No es fácil, pero no lo vimos imposible, para uno que es joven y activo, simplemente vas a caminar como nunca has caminado en tu vida”.
Llegando al último campamento, la mafia se desentiende de sus clientes, río arriba a 30 minutos de distancia se encuentra “La bandera”, donde renuncias a tu brazalete y empiezas el siguiente tramo de tu trayecto, sin ayuda y sin protección, fuera de Colombia no hay contrato.
Llegando a Panamá, de nuevo se forman los grupos, nadie viaja con menos de 100 personas, atemorizados por los peligros que siguen acechando, secuestros y robos parte del discurso alarmista que han escuchado hasta este punto.
Con sus pocas pertenencias de valor envueltas en plástico y metidas en sus botas, continuaron a pie hasta el campamento de la guardía en el pánico de la intemperie, con la esperanza de descansar por el día.
Sin embargo, al llegar y pasar la inspección, son redireccionados a un supuesto segundo campamento que solo al llegar la noche reconocieron como una mentira, decidiendo acampar con la comunidad que se había formado en la solidaridad del camino.
Al día siguiente, después de horas cruzando un río por canoa, se encontraron por fin en Bajo Chiquito, su última parada en Panamá, donde los esperaba el camión a Costa Rica. Entre camiones y camionetas se movieron por Centroamérica: 15 horas de pueblo en pueblo evitando La Migra y los sobornos de Costa Rica a Nicaragua, repitiendo el proceso para llegar a Honduras y Guatemala.
“Salimos de Guatemala y viene la pesadilla total: México, para todo el migrante que viene cruzando desde la selva, te va a decir que lo peor de la vida que le ha pasado es México, pa’ todos”, contaba Edwin. “La selva es fácil junto a esto”, agregó su primo.
Desde la frontera tardaron siete días en llegar a Ciudad de México, cada tramo de su camino significaba enfrentamientos con la policía y migración que los dejaban cada vez sin menos dinero con cada amenaza de deportación, corrupción como nunca antes habían visto, afirmaban que en México roban los buenos y los malos.
Entre montes y fincas para evitar casetas, fueron acogidos por una mujer en Tapachula que insistió en que esperaran en su propiedad a que llegaran más personas con quienes seguir su camino. Demasiado tarde se dieron cuenta que era una estafa para venderlos a la policía, perdieron todas sus cosas y pasaron siete horas en la cárcel.
La mañana siguiente al ser liberados, su único consuelo fue no ser deportados y recuperar su dinero.
Así llegaron por fin, incontables extorsiones después, a pasar una noche en un hotel capitalino antes de dar con Casa Tochan, su refugio desde el 3 de marzo, exactamente tres semanas después de dejar Margarita.
Casa Tochan (del náhuatl “Nuestra Casa”) es un refugio para migrantes y refugiados ubicado en la colonia Pino Suárez. Sus huéspedes son hombres de diversas nacionalidades en situaciones irregulares, la gran mayoría busca un hogar temporal en el cual esperar su cita de asilo para continuar su viaje.
Su directora por los últimos 10 años, Gabriela Hernandez, afirma que había un tiempo en el que llegaban dos migrantes por mes; hoy en día no baja de 80, en ocasiones superando los 120, excediendo su capacidad de 46 camas, remitiendo a la mitad de sus huéspedes a dormir en colchonetas en donde sea que el limitado espacio de la enigmática casa les permita. “Desde 2021 no nos damos abasto, pero sabemos que es mejor estar dentro de un lugar como Tochan”.
Casa Tochan se mantiene de donaciones y voluntariado, ofreciendo todos sus recursos e incluso apoyo jurídico, la realidad es que sus huéspedes no buscan quedarse en México, esta es tan solo una parada más. Llegar a México no presenta el fin, sino otro obstáculo; no es más que otro escalón en el extenso viaje hacía su verdadero objetivo: recibir asilo en Estados Unidos.
Un arduo proceso de burocracia por el cual algunos esperan meses, viviendo el día a día en incertidumbre, esperando su oportunidad para reanudar el viaje hacía lo que supone ser su nueva vida.
“La meta es llegar a Chicago, organizarnos allá y empezar a trabajar… ahí dicen que vamos a conseguir la vida que buscamos para mantener a nuestra familia”, agregó Edwin, asegurando que este es simplemente el proceso que les tocó, que si dependiera de ellos estarían en su casa “con su gente”.
Con una sonrisa reafirmó su verdadero sueño: “Yo lo que quiero es trabajar hasta los 30 y tener la plata para regresar a Venezuela. Quiero comprar mi casa en Margarita, poner mi negocio y que nadie me moleste”.
Edwin y Eduardo consiguieron su cita de asilo para mayo, después de dos meses de espera.