Cuando la confianza entra a examen
La polémica por el primer examen de admisión en línea de la UNAM pone en duda la transparencia de los resultados y la igualdad de condiciones entre aspirantes
¿Qué pensarías si este año tuviste 100 aciertos en el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y aun así te quedaste fuera de la carrera que querías? Lo más probable es que pensaras que simplemente no te alcanzó. El problema es que hace apenas un año, con esos mismos 100 aciertos, habrías entrado sin ningún problema. Entonces, ¿qué cambió?
Por primera vez, el examen de ingreso de la UNAM se realizó completamente en línea. Se registraron 191,306 aspirantes y 158,712 presentaron la prueba. De ellos, el 2 % tuvo su examen cancelado por conductas contrarias a la convocatoria, gracias a un sistema de supervisión humana apoyado por inteligencia artificial.
Hasta ahí, todo parecía una buena noticia. La universidad estaba modernizando uno de los procesos más importantes del país y, además, facilitando que miles de jóvenes no tuvieran que viajar para presentar un examen. Sin embargo, la polémica comenzó en cuanto se publicaron los resultados.
Miles de aspirantes empezaron a comparar los puntajes con los de años anteriores y algo simplemente no cuadraba.
Pero antes de seguir hay que aclarar una cosa, porque aquí está la clave de todo este debate. La UNAM no decide cuántos aciertos necesitas para entrar a una carrera. Mucha gente cree que sí, pero no funciona así.
Imaginemos que Derecho tiene 100 lugares disponibles. Los primeros 99 entran por tener las mejores calificaciones y el aspirante número 100 marca el famoso “puntaje mínimo”. Es decir, ese puntaje no lo pone la universidad; lo ponen los propios estudiantes con sus resultados.
Y aquí empieza el verdadero problema.
En Derecho, el puntaje mínimo pasó de 89 aciertos en 2025 a 105 este año. En Arquitectura subió de 96 a 108 y en Medicina llegó a 117 aciertos de un total de 120 preguntas. Sí, para entrar a Medicina prácticamente había que hacer un examen perfecto.
¿Eso significa que esta generación es mucho mejor que la anterior? Puede ser.
¿Significa que el examen fue más sencillo? También puede ser.
¿Significa que algunos aprovecharon que el examen era en línea para hacer trampa? También es una posibilidad.
El problema es que hoy nadie puede responder esa pregunta con certeza.
Y los puntajes mínimos no fueron el único dato extraño. Otro análisis mostró que el promedio de aciertos también se disparó. En Medicina, donde durante años el promedio había permanecido entre 59 y 62 respuestas correctas, este año subió hasta 78. En Actuaría pasó de 67 a 82 aciertos. No estamos hablando de un pequeño incremento. Estamos hablando de un cambio que rompe por completo la tendencia de los últimos años.
Y aquí es donde, en mi opinión, está el verdadero debate.
No me preocupa que los estudiantes obtengan mejores resultados. Al contrario, ojalá cada generación supere a la anterior. Lo que me preocupa es que el mayor incremento de puntajes coincida exactamente con el primer examen aplicado completamente en línea. Esa coincidencia, por sí sola, ya es suficiente para sembrar dudas.
Porque imaginen esto.
Un estudiante presenta el examen de manera completamente honesta y obtiene 100 aciertos. El año pasado habría entrado con once puntos de ventaja sobre el puntaje mínimo para Derecho. Este año quedó cinco puntos por debajo. Su examen fue prácticamente igual. Lo que cambió fue el escenario en el que compitió.
Y eso nos lleva a la pregunta más importante de todas.
¿Realmente una universidad puede garantizar que miles de personas presentaron un examen desde sus casas bajo exactamente las mismas condiciones?
Es prácticamente imposible saber si alguien recibió ayuda de otra persona, consultó otra computadora, utilizó inteligencia artificial o simplemente encontró la manera de burlar el sistema. Y ojo, no estoy diciendo que eso haya ocurrido de forma masiva. Lo que digo es que la duda existe, y cuando hablamos del futuro de miles de jóvenes, la duda ya es un problema.
Precisamente por eso me parece acertado que la UNAM haya suspendido temporalmente las inscripciones e instalado una comisión técnica para revisar todo el proceso. Una institución fuerte no es la que presume que nunca se equivoca, es la que está dispuesta a revisar sus decisiones cuando existen razones para hacerlo.
Porque al final esta discusión nunca se trató de tecnología, se trata de confianza.
Una universidad puede modernizar sus procesos, puede utilizar inteligencia artificial y puede adaptar sus exámenes a los nuevos tiempos. Lo que no puede hacer es poner en duda el principio más importante de cualquier proceso de admisión: que todos compitan bajo las mismas reglas.
Porque la igualdad de oportunidades no significa que todos entren, significa que todos tengan la misma oportunidad de hacerlo.