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Ego

Claroscuro.

Por José Francisco Lopez Vargas · 15/03/2022 00:00
Ego

Claroscuro, por. Francisco López Vargas. 

Los presidentes que hemos tenido en México no han entendido lo que la gente considera importante. Díaz Ordaz jamás se dio cuenta lo que se gestaba con el movimiento estudiantil de 1968; Luis Echeverría tampoco pudo magnificar lo que terminó en la matanza del Jueves de Corpus y menos el nacimiento de la guerrilla.

López Portillo vivió la presidencia para gozarla y a pesar de que la recibió quebrada, la euforia del boom petrolero lo terminó de distanciar de la realidad al grado de presumir su nepotismo y dejó a Miguel de la Madrid un país sumido en una crisis que de la política había contagiado a la económica.

A De la Madrid lo dejó perplejo el país que recibía: estaba en quiebra. No pudo con el desastre de dos sexenios populistas y egocéntricos y para colmo se presentó el terremoto de 1985 y un año antes la desgracia de San Juanico –donde explotó una planta de almacenamiento y distribución de gas de Pemex-, en el Estado de México.

De la Madrid tomó decisiones controvertidas. Entró México al Gatt, Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles y con ello dio el primer paso para liberar la economía de las decisiones del Estado y de los hijos de la revolución.

Carlos Salinas concretó el ingreso a la Organización Mundial de Comercio y luego de tres sexenios de vaivenes económicos y políticos, nos vendió la idea de que estábamos listos para el primer mundo. Revirtió la euforia estatista de Echeverría y López Portillo, pero a él también le estalló Chiapas y el movimiento zapatista. Salinas se mantuvo y al elegir a su candidato presidencial, todo parecía indicar que su proyecto continuaría, más cuando Manuel Camacho se reconcilió con Colosio lo que derivó en dos asesinatos: Colosio y Ruiz Massieu.

En medio de esa crisis política, Zedillo recibe un país que se le desquebraja en una crisis provocada por un error en diciembre de 1994 provocada por la falta de reservas internacionales.

La recesión, que ocasionó una devaluación del peso de más de 100 por ciento, la erosión de las reservas internacionales, una caída del Producto Interno Bruto (PIB) de 6.2 por ciento, la quiebra de los bancos y cientos de miles de desempleados, ocurrió a los pocos días de que el expresidente Salinas de Gortari dejara el poder y al inicio del sexenio de Zedillo, quienes se acusaron mutuamente del acontecimiento.

El ego llevó a Echeverría a decir que la economía se manejaba en los Pinos y no en Hacienda; a López Portillo a reconocer su banalidad y despilfarro lamentando que nos hayan saqueado al tener que anunciar una devaluación y la nacionalización bancaria.

De la Madrid fue un presidente de bajo perfil y Salinas pretendió no sólo desaparecer al PRI para crear el partido Solidaridad sino convertirse en el presidente de la OCDE y desde ahí acrecentar su proyecto.

Zedillo se convirtió, quizá sin quererlo, en el héroe nacional al terminar su sexenio y recuperar buena parte de lo que en esos tres sexenios se había perdido afectando el propio. Zedillo abrió la puerta a la alternancia y en ella los principales actores, Vicente Fox y Felipe Calderón, dejaron al país operando con el mismo sistema económico ideado desde fuera.

Fox prefirió voltear la cara antes de ponerla al frente de los problemas que se encontró y Calderón trató de convertirse en el presidente del empleo pero le estalló la crisis internacional de 2008 y la epidemia del virus H1N1.

La guerra contra el narcortráfico le costó el PAN regresar por tercer sexenio a la presidencia además de que su candidata , Josefina Vázquez Mota, nunca levantó y su campaña estuvo carente de emoción y de propuestas. Ella no era era el Plan A de Calderón, cambiado por la muerte de su verdadero proyecto, Juan Camilo Mouriño Terrazo.

Hoy nos gobierna un presidente que llegó al país por el hartazgo de la indiferencia del gobierno de Peña Nieto, por su incapacidad de ser ciudadano presidente, pero sí presidente onmipotente. Peña inició su gestión con demasiadas expectativas y en el camino pensó que esas le permitirían los conflictos de intereses y la corrupción que caracterizó a su gobierno.

El hartazgo de tantos años de esperar ese “ya merito nos desarrollamos” y la ofensiva corrupción, le permitieron a López Obrador llegar a la presidencia con una legitimidad irrevocable.

Sin embargo, a 15 meses de su gestión, el presidente acredita que él es quien todo debe encabezar, todo debe de informar y que su opinión y criterio es el único que vale en su gobierno y que sus quejas y protestas son las únicas que vale escuchar.

El lunes pasado el presidente debió sentirse “moralmente derrotado”: una marcha sin patrocinadores, que no era contra él, le dejó claro que son más quienes le reclaman su falta de resultados y eso sabe que no puede revertirlo. Apoyemos a las mujeres que acreditaron ser mucho mejores que los hombres en eso de organizarse. Bueno, hasta que la oposición.

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