El día siguiente
No me voy a cansar de decirlo: qué buen día para ser mexicano.
No me voy a cansar de decirlo: qué buen día para ser mexicano.
En tiempos en los que las noticias suelen hablar de inseguridad, miedo, incertidumbre y divisiones, hoy todo eso parece haber quedado en pausa. Hoy, hermanos mexicanos, solo existe una cosa: la fe.
Pero hoy no quiero hablarles únicamente de fútbol. Quiero hablarles de lo que el fútbol provoca en nosotros.
He sido futbolista toda mi vida y recuerdo que muchas veces me preguntaban: “¿Por qué lloras? ¿Por qué ríes tanto?”. Nunca entendían que el fútbol no se vive únicamente en una cancha. Para quienes lo amamos, nunca ha sido solo un deporte.
Hoy, gracias a Dios, muchos de los que antes hacían esas preguntas finalmente lo entienden.
Porque el fútbol no es solamente un balón rodando. Es una nación entera empujando para que ese balón cruce la línea. Es el abrazo con un desconocido después de un gol. Es el silencio compartido tras una derrota. Es la esperanza de millones depositada en once personas que, durante noventa minutos, dejan de jugar por ellas mismas para representar a todo un país.
Eso es el fútbol.
El Mundial nos lo recuerda con una fuerza especial. Durante unas semanas dejamos de preguntar por quién votó el de al lado, cuánto dinero tiene o de qué parte del país viene. Nos basta con saber que lleva la misma camiseta y que, como nosotros, quiere ver ganar a México.
Y ahí está la verdadera lección.
Ojalá esa solidaridad no termine cuando se apague el televisor. Ojalá la hermandad que sentimos durante un partido se quede con nosotros cuando volvamos a la rutina.
Hoy nos une una camiseta, una bandera y el deseo de demostrarle al mundo lo que significa representar a México. Pero hay algo todavía más importante: hoy nos representan once, mañana nos representamos millones.
Porque sí, el Mundial terminará. Llegará el día siguiente. ¿Y entonces qué nos quedará?
Yo espero que algo cambie.
Que cuando veamos a alguien caer, decidamos levantarlo. Que cuando tengamos la oportunidad de aprovecharnos de otro, recordemos que también es parte de nuestro equipo. Que entendamos que, si hoy somos capaces de empujar a once jugadores para que den la mejor versión de sí mismos, también podemos ayudar a una persona más a sacar la mejor versión de la suya.
Hoy, más que nunca, doy gracias a Dios por haber nacido mexicano. Porque solo siendo mexicano puedo vivir noches como esta: abrazar a mis amigos, celebrar con personas que jamás había visto, emocionarme al ver al Ángel de la Independencia lleno de gente o soñar con estar ahí algún día.
En medio de tantos problemas, de tanta incertidumbre y de tantas razones para desconfiar, hoy yo decido creer.
Porque si once jugadores son capaces de unir a todo un país durante noventa minutos, entonces millones de mexicanos también somos capaces de construir un mejor país el resto del tiempo.