El éxito de Yucatán puede convertirse en su mayor reto
Un día el problema fue atraer inversión. Hoy, el verdadero reto es administrarla
Estaba platicando tranquilamente con mi abuela cuando me dijo: “Es que tú no entiendes, la Mérida que yo conocí es muy distinta a la que tú conoces”. Me quedé pensando. ¿Qué tanto habrá cambiado? Decidí investigar y encontré un dato que me sorprendió: entre 1999 y 2024, Yucatán captó 4 mil 443 millones de dólares de inversión extranjera directa.
Entonces entendí que tenía razón.
Con cada cifra que encontraba, el cambio era más evidente. En los últimos 25 años, Yucatán ha incrementado su población en cerca de un 40%, el número de viviendas particulares ha crecido un 76% y la mancha urbana de Mérida prácticamente se duplicó. Basta con salir a la calle para notarlo: más personas, más vehículos, más edificios, más desarrollos inmobiliarios y una ciudad que parece transformarse todos los días.
Y entonces surge una pregunta: ¿cómo algo tan positivo como la inversión puede terminar afectando a un estado?
La respuesta es sencilla: la inversión no hiere a Yucatán. Lo que puede hacerlo es la falta de planeación.
A mayor inversión llegan nuevas empresas, más empleos y también más personas. Eso incrementa la demanda de vivienda, de servicios públicos, de vialidades, de transporte y de infraestructura. Si la ciudad no crece al mismo ritmo, comienzan a aparecer los problemas: el tráfico empeora, las rentas aumentan, comprar una casa se vuelve más complicado y la calidad de vida empieza a resentirse.
Hoy ya no enfrentamos el reto de atraer inversión. Hoy todos quieren formar parte de Yucatán. Y no solo se refleja en la llegada de empresas. También ocurre con el turismo. En 2025, el estado hospedó a más de 2.1 millones de visitantes, alrededor de un 65% más que en 2008.
Y quiero ser muy claro: eso no es una mala noticia. Al contrario. Muchas familias yucatecas viven hoy de sus negocios, del turismo y de las nuevas oportunidades que genera el crecimiento económico. El problema aparece cuando el costo de vivir aumenta más rápido que la capacidad de las familias para sostener ese ritmo.
Porque mientras sube la inversión, aumenta el turismo y continúan llegando nuevos habitantes, también crece el precio de la vivienda, la demanda de servicios y la presión sobre una infraestructura que no siempre avanza a la misma velocidad. No se trata únicamente del salario. De hecho, en los últimos años este ha recuperado parte de su poder adquisitivo. El verdadero desafío es evitar que vivir en Yucatán se vuelva cada vez más costoso para quienes han construido este estado durante generaciones.
Es cierto que administrar un crecimiento de esta magnitud no es sencillo. Pocas ciudades lo han logrado sin enfrentar problemas. Pero precisamente por eso debemos empezar a hablar del tema antes de que nos rebase. Basta recorrer Mérida para notar que el tráfico ya no es el mismo, que trasladarse toma más tiempo, que encontrar una vivienda accesible resulta cada vez más difícil y que la infraestructura comienza a mostrar señales de saturación.
No se trata de frenar el crecimiento. Se trata de dirigirlo. De planearlo. De asegurarnos de que las inversiones vengan acompañadas de mejores vialidades, transporte, servicios públicos, vivienda y desarrollo urbano.
Hace veinticinco años el desafío era convencer al mundo de mirar hacia Yucatán. Hoy el mundo ya nos está mirando. La pregunta es si nosotros estamos preparados para administrar ese éxito.
Porque al final no se trata solamente de que crezca la ciudad. Se trata de que también crezcan quienes viven en ella. Que el desarrollo beneficie a los yucatecos, que la calidad de vida siga siendo nuestro mayor orgullo y que dentro de veinte años podamos seguir diciendo que Yucatán creció sin perder aquello que lo hizo diferente.
Un día el problema fue atraer inversión. Hoy, el verdadero reto es administrarla.