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El poder del centro

Elecciones en Brasil, Israel y Estados Unidos marcan el rumbo político global; México evalúa su posición ante el nuevo mapa de Occidente

Por Eduardo Tuner · 27/10/2026 09:21
El poder del centro

En tres semanas, tres votaciones —Brasil, Israel y Estados Unidos— están redibujando el mapa político de Occidente. Para México, la lección no es elegir bando, sino aprender a combinar lo mejor de cada uno. El 25 de octubre votó Brasil. Hoy, 27 de octubre, se votó en Israel. El 3 de noviembre, Estados Unidos renueva su Congreso. Pocas veces el calendario había concentrado tanto en tan poco tiempo. Y aunque ninguna de estas elecciones se decide en México, todas van a pesar en el ánimo de nuestros liderazgos políticos, en nuestra economía y en el debate sobre qué tipo de país queremos ser. Brasil: el freno a la ola. Lula da Silva ganó la segunda vuelta con cerca del 51.8% de los votos, frente al 48.2% de Flávio Bolsonaro, una diferencia de unos 4.4 millones de sufragios. Es la primera vez en la historia brasileña que un candidato que perdió la primera ronda gana el balotaje. El resultado importa más allá de Brasil. Flávio llegó como heredero del bolsonarismo y como favorito, con el respaldo explícito de Donald Trump. Su derrota frena, al menos por ahora, la ola de ultraderecha que venía ganando terreno en América Latina. Que su primera reacción haya sido cuestionar el resultado confirma un patrón: para ese proyecto político, las instituciones valen cuando le dan la razón. El eco también cruzará el Atlántico. En España, el gobierno socialista de Pedro Sánchez enfrentará elecciones generales a más tardar en el verano de 2027, y la remontada de Lula le da a la izquierda democrática un relato que necesitaba: la derecha radical no es invencible. Israel: el referéndum sobre la guerra. La elección israelí es en los hechos, un plebiscito sobre Benjamin Netanyahu. Es el primer ministro que más tiempo ha gobernado el país, enfrenta un juicio por corrupción desde hace más de cinco años y, desde 2023, ha llevado a Israel a tres frentes de guerra: Gaza, Líbano e Irán. Las encuestas sugerían que su coalición nacionalista y religiosa perdería, aunque la oposición tampoco tiene un camino claro hacia la mayoría. El costo humano de esa estrategia ha sido devastador. Una comisión independiente de la ONU concluyó en 2025 que Israel cometió genocidio en Gaza, mientras la expansión de asentamientos en Cisjordania sigue cerrando la puerta a un Estado palestino viable. La comunidad internacional tiene la obligación de detener esa destrucción. Si Netanyahu cae, el mensaje será claro: la guerra permanente como forma de gobierno tiene límite. Estados Unidos: la guerra llega al bolsillo. En Estados Unidos, la guerra con Irán se volvió un asunto de supermercado y gasolinera. El crudo Brent volvió a superar los 100 dólares por barril en septiembre, y Moody's Analytics estima que el conflicto le cuesta unos 2,000 dólares adicionales a cada hogar promedio. Sumada a los aranceles, la presión sobre los precios llevó a que la inflación de septiembre saliera peor de lo esperado. El propio Trump ha dicho que los precios del petróleo no bajarán sino hasta después de las elecciones intermedias del 3 de noviembre, y que la guerra terminará justo después. Los demócratas apuestan a capitalizar ese cansancio: frente a la economía de guerra, ofrecen la promesa de tiempos de paz y de alivio al costo de vida. Para México, que vende más del 80% de sus exportaciones a ese mercado, lo que pase en el Congreso estadounidense no es un asunto ajeno. Dos modelos, dos cuentas pendientes. Detrás de estas elecciones hay una discusión de fondo. Los gobiernos de derecha suelen prometer orden, nacionalismo económico y un Estado pequeño. Pero en la práctica tienden a imponer ese orden por la fuerza, a favorecer la concentración económica en pocas manos, a relativizar los derechos humanos y a mostrar poca empatía con quienes menos tienen. Los gobiernos de izquierda, por su parte, han llevado apoyos reales a las clases más necesitadas y han puesto la desigualdad en el centro de la agenda. Su punto débil es conocido: son más proclives al desorden en las finanzas públicas y, con frecuencia, a una mayor tolerancia frente al crimen. Ninguno de los dos modelos tiene el monopolio de las virtudes ni de los defectos. Por eso el debate útil no es quién gana, sino qué conservamos de cada uno. México y Yucatán: el poder del centro. En México, el reto es tomar las cualidades de ambos modelos y dejar atrás sus defectos. Yucatán es un buen lugar para verlo. El gobierno estatal de Joaquín Díaz Mena, de Morena, rompió el bipartidismo histórico en 2024, y aquí la estrategia de seguridad sobrevivió a la alternancia, con el mismo secretario, Luis Felipe Saidén, al frente. Esa continuidad ayuda a explicar por qué Yucatán sigue entre los estados más seguros del país, y es la prueba de que lo que funciona no tiene por qué tener color partidista. La coyuntura internacional pesa en ese equilibrio. El 6 de junio de 2027, Yucatán renovará sus 106 ayuntamientos y sus 35 diputaciones locales, y elegirá seis diputaciones federales. Con Bolsonaro derrotado y la posibilidad de que Trump pierda el Congreso y Netanyahu el gobierno, muchos liderazgos locales podrían leer que el viento sopla en una sola dirección. Sería un error: las virtudes y los defectos de ambos modelos siguen ahí, y el voto dividido de 2024 mostró que los yucatecos premian resultados más que etiquetas. El centro no es tibieza ni ausencia de convicciones. Es la decisión de sostener al mismo tiempo dos compromisos que suelen presentarse como opuestos. El mejor ejemplo está en el norte de Europa: Dinamarca, Suecia, Noruega o Finlandia combinan un Estado de bienestar amplio con economías abiertas, respeto al libre mercado, disciplina fiscal y Estado de derecho. Traducido a México y a Yucatán, un proyecto de centro significaría: • Programas sociales permanentes, pero financiados con responsabilidad, sin hipotecar las finanzas públicas. • Seguridad con firmeza y con derechos humanos, sin tolerancia al crimen ni abusos de la autoridad. • Mercados abiertos y competencia real, que impidan la concentración económica en pocas manos. • Instituciones sólidas y reglas claras, que den confianza a la inversión y certeza a los ciudadanos. La transición que viene Las próximas semanas pueden marcar un cambio de ciclo: el fin de la ola radical que confundió fuerza con orden y aislamiento con soberanía. Pero un cambio de viento no es un programa de gobierno. Si México se limita a celebrar la derrota de otros, repetirá los errores del modelo contrario. La oportunidad está en el centro: un país que cuide a los más pobres sin quebrar sus finanzas, que imponga la ley sin pisotear derechos y que crea en el mercado sin entregarlo a unos cuantos. Ese es el verdadero poder del centro.

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