La prisa por tenerlo todo
La verdadera pregunta ya no sea qué tan rápido puede responder una inteligencia artificial, sino qué tan pacientes seguimos siendo nosotros para construir algo que realmente valga la pena.
Justo estaba pensando en qué escribir hoy. Me puse a pensar y a pensar. Pasó poco tiempo y empecé a desesperarme porque, genuinamente, no encontraba un tema. Entonces dije: “No puede ser mi desesperación por no encontrar un tema en un ratito”. Y es que es verdad. Tenía todo el día para pensarlo, pero yo lo quería en ese momento. Fue entonces cuando me puse a reflexionar sobre la cultura de la inmediatez.
Hoy vivimos en una cultura en la que todo debe ser inmediato. De hecho, el desarrollo tecnológico nos ha llevado a poder tener las cosas prácticamente al instante. En su momento fue Google, hoy es la inteligencia artificial y mañana, ¿qué será? No crean que estoy criticando hacia dónde va el desarrollo tecnológico, ni mucho menos. Lo que pongo en duda es cómo nos estamos comportando frente a él.
Desde la llegada de la inteligencia artificial, cada vez es más común dejar en sus manos tareas como la redacción. Y todo parte de una pregunta muy sencilla: ¿por qué voy a esperar quince minutos para hacer algo si puedo tenerlo listo ahora?
Y el problema no viene solo porque ya no escribiste tú el ensayo que te dejaron en la escuela. El problema está en lo que eso provoca. Poco a poco aprendemos a esforzarnos menos y nos acostumbramos a que, cuando queremos algo, debe estar disponible de inmediato, sin tener que dedicarle tiempo ni trabajo.
Ese “aprendizaje” también se refleja en nuestra vida diaria. Hoy la gente maneja con prisa porque quiere llegar ya; esperamos respuestas inmediatas a los mensajes; cada vez tenemos menos paciencia con quienes nos rodean y, muchas veces, creemos que las demás personas deben estar disponibles justo cuando las necesitamos. No lo digo porque me lo imagine. Lo digo porque son actitudes que he visto. Más de una vez un amigo me ha pedido algo, le respondo: “En cinco minutos te lo paso”, y su reacción es de molestia porque lo quería en ese momento. Son pequeños ejemplos que parecen insignificantes, pero que hablan de una forma distinta de entender el tiempo.
El problema tampoco se queda ahí. Llega a la oficina, a los proyectos y a los negocios. Dejamos de valorar el trabajo de una persona porque toma tiempo y preferimos conformarnos con un resultado general generado por una herramienta digital. Existe la idea de que hoy cualquiera puede tener un negocio exitoso con solo dar un par de clics, cuando la realidad es muy distinta. Detrás siguen existiendo horas de programación, estrategia, marketing, análisis y trabajo. La inteligencia artificial puede acelerar muchos procesos, pero no reemplaza el esfuerzo necesario para construir algo realmente valioso.
Una vez más, no digo que el desarrollo tecnológico esté mal. Al contrario, nos ha traído beneficios enormes. Lo que creo es que también nos está llevando, poco a poco, a desarrollar una mentalidad equivocada. Y si eso ya ocurre en los adultos, el impacto que puede tener en niños que están creciendo rodeados de estas herramientas es todavía mayor.
El problema no es que la tecnología nos dé ideas rápidas, sino que estamos perdiendo la paciencia para construirlas. Al final, ideas sobran. Se puede emprender, crear, escribir o desarrollar prácticamente cualquier cosa. Pero cuando el camino se complica, muchos abandonan porque ya no obtienen resultados inmediatos. Nos estamos acostumbrando a creer que todo debe ser fácil, rápido y automático, cuando las cosas que realmente valen la pena casi nunca funcionan así.
Hoy nos enfrentamos a una decisión personal: participar en la cultura de la inmediatez o hacer el esfuerzo por salir de ella. No es algo que pueda resolver un gobierno, una empresa o una aplicación. Depende de cada uno de nosotros. Depende de nuestra convicción para seguir aprendiendo, para seguir esforzándonos y para entender que no todo lo valioso llega de inmediato.
Porque quizá la verdadera pregunta ya no sea qué tan rápido puede responder una inteligencia artificial, sino qué tan pacientes seguimos siendo nosotros para construir algo que realmente valga la pena.