LAREVISTA PENINSULAR
Yucatán

Laguna rosada, un paseo por el eden

Por Manuel Triay Penichre Río Lagartos es otro cantar: Comparte ría con San Felipe, a diez kilómetros de distancia, pero tiene una esencia diferente.

Por LaRevistaP · 08/04/2024 00:00
Laguna rosada, un paseo por el eden

Por Manuel Triay Penichre
Río Lagartos es otro cantar: Comparte ría con San Felipe, a diez kilómetros de distancia, pero tiene una esencia diferente. Su nombre original fue Holkobén hasta que Bernal Díaz del Castillo en uno de sus viajes de exploración por la zona tuvo necesidad de proveerse de agua dulce, confundió esa ría con un río y se topó con gran cantidad de lagartos: de ahí la nueva denominación.
A diferencia de su vecino, Río Lagartos tiene una economía muy estable debido a la explotación de sal de Las Coloradas que deja muy buenos impuestos a su Ayuntamiento. La salinera posee un clima semiseco y el color de sus aguas varía de rosa pálido al rosa intenso o rojizo debido a unos microorganismos que se activan con la luz solar. Se dice que es la única laguna rosada de todo el país.
A diferencia del vecino, este puerto ofrece variados servicios al turismo, tiene unos 15 hoteles que van desde “un lucero” hasta cinco estrellas, su arquitectura es variada, su cocina también; su gente perdió su identidad lugareña y hoy se mueve al ritmo que marcan los billetes. Educados y atentos sí, pero ya conocieron el valor del dinero y van tras él.
Una buena cantidad de lanchas se mueve por su amplia ría. Chaleco al pecho, decenas de visitantes se extasían inhalando el característico aroma que esparcen las aguas y los manglares, admirando gran diversidad de aves: garzas blancas y negras, flamencos rosas, cormoranes, gaviotas y pelícanos, o atisban como quien no quiere mirar, pero se muere por hacerlo, los lagartos que custodian en silencio y con ojos saltones su propiedad, su territorio.
Un viaje de dos horas por aquel edén produce el milagro de cambiar tu rutina, de cambiar tu estado de ánimo. En los embarcadores quedan atracados tu día a día, tus dolencias o pesares, y te acompañan en la barca la admiración, el placer, tu propio egoísmo que no te permite pensar más que en ti, en tu disfrute, y vas sumando al placer visual la mezcla polícroma del verde esmeralda de aquellas aguas con el azul del cielo y el blanco arenal que coquetea por algunas zonas.
Los lancheros narran la leyenda del baño maya y la explotan bien. Difícilmente alguna mujer, y algún hombre también, supera la tentación de pintarse el rostro (algunas todo el cuerpo) con un barro blanco que se extrae de amplio arenal a un costado de la ría: es un lodo que funciona como exfoliante, que contiene azufre y otros minerales que pueden limpiar la piel de impurezas. Las barcas quedan repletas de rostros pintados, semejantes a los del Paseo de la Animas en el día de difuntos por La Ermita.
El final del recorrido es una exclamación colectiva: las charcas de sal se abren a la vista y forman una extraordinaria laguna rosada, que obtiene su color de la alta concentración de salinidad que, como señalamos, permiten la existencia de unos microorganismos que se activan con la luz solar y se traducen en aquellos tonos rosas de diversas intensidades y matices, y como en el antiguo Egipto, se divisan a lo lejos pirámides, éstas blancas y cristalinas, que forman los cerros de sal en grano.
Río Lagartos es, como la canción de Pedro Infante, un rincón cerca del cielo.

Ver en La Revista Peninsular →
© 2026 La Revista Peninsular