Mérida, un reflejo de nosotros
(Fotografía: Adriana Martínez)
Hace muchos años, en Mérida las casas solían tener rejas abiertas, donde a cierta hora de la tarde, cuando los niños salían a jugar, la gente se sentaba afuera de las casas, en las banquetas a observar. Estas personas, como vigilantes, eran los mayores protectores de nuestra ciudad.
Sin embargo, poco a poco, sin medida y de manera descontrolada, la ciudad fue creciendo, se fue expandiendo y las casas ya no se construían como antes, cambiaron nuestras costumbres y nos fuimos desconectando.
Esta desconexión nos hizo antipáticos, insensibles e indiferentes.
Cuando sucede algo en la calle, todos ven pero nadie ayuda, esperan que alguien más haga algo, evitamos la responsabilidad y evitamos ayudar.
Hoy en día, las casas están cerradas. Fraccionamientos con bardas de hasta 3 metros con la intención de cerrarse completamente a la ciudad. Caminar de noche en una zona residencial se volvió un gran riesgo, si te asaltan o roban, lo más probable es que nadie se entere.
Pero cerrarse no es lo único que nos está pasando. Mientras las colonias se encierran tras sus bardas, el centro, el lugar que antes reunía a todos, se abre cada vez más, pero ya no para quienes viven aquí. Del encierro pasamos al paso fugaz: de un lado nadie sale a la calle, del otro nadie se queda.
Tomamos la revitalización del centro con orgullo, y es cierto que hoy luce más vivo que nunca. Pero muchos de esos locales y casas restauradas se piensan como Airbnbs: espacios que se ocupan dos o tres días y vuelven a cambiar de manos, expulsando indirectamente a quienes vivían ahí. Sin vecinos que se conozcan, y con cada vez más gente pasajera, ya nada busca permanencia. Un centro revitalizado, sí, pero cada vez con menos comunidad.
Por eso me pregunto, ¿Es mejor la Mérida actual que tanto se ve en redes, y todos quieren visitar, o hemos sacrificado la esencia de la misma, perdiendo en ella el sentido de comunidad y pertenencia? ¿Para quien se está pensando Mérida?