Pergamino limpio
Arquímedes sobrevivió borrado 700 años: lo que el palimpsesto revela sobre la identidad humana
Toda identidad es un palimpsesto que se niega a sí mismo en el acto de su sedimentación. El sujeto no es sino una hermenéutica del cuerpo que se lee hacia atrás mientras se escribe hacia adelante. Lo que fue no ha sido, pero tampoco ha dejado de ser: persiste como ausencia presente, como huella de un trazo que todavía no termina de trazarse.
El 14 de abril de 1229, un escriba en Jerusalén terminó un libro de oraciones. El pergamino nuevo era caro y difícil de conseguir, así que hizo lo que se hacía entonces: tomó un libro viejo, raspó la tinta de sus páginas, las cortó por la mitad, las giró noventa grados y escribió encima sus rezos. El libro viejo era una copia hecha en Constantinopla en el siglo X de varios tratados de Arquímedes. Entre ellos estaba el único ejemplar que existe del Método de los teoremas mecánicos, el texto donde Arquímedes se acercó, más que nadie en su tiempo, a pensar el infinito.
Durante casi setecientos años, el libro fue lo que decía su superficie. Se rezó con él, se guardó en monasterios, sobrevivió guerras. En 1906 un filólogo danés, Johan Ludvig Heiberg, notó rastros de escritura debajo de las oraciones y alcanzó a leer una parte. Después el libro desapareció casi un siglo, reapareció en una subasta en 1998, y terminó en un museo de Baltimore, donde un equipo pasó años fotografiándolo con luz ultravioleta, con infrarrojo y, al final, donde la luz ya no podía llegar, llegaron los rayos X.
Los rayos X encontraron lo que la luz no podía. La tinta antigua tenía hierro, y el raspado había quitado el color pero no el metal. El hierro seguía metido en el pergamino con la forma exacta de cada letra que alguien había querido borrar. Arquímedes no estaba debajo del libro de oraciones. Estaba dentro de él, en el mismo material que lo sostenía.
A eso se le llama palimpsesto, del griego palímpsestos, raspado otra vez. Y es la descripción más precisa que conozco de lo que es una persona. No somos el texto de arriba ni el de abajo. Somos el pergamino, la superficie donde lo que fuimos y lo que decimos ser están escritos uno sobre el otro, y donde ninguno de los dos se lee del todo.
Conviene detenerse en el escriba, porque no odiaba a Arquímedes. Probablemente no sabía quién era, o no le importaba. No raspó esas páginas para destruir nada, sino porque necesitaba en qué escribir y eso era lo que tenía a la mano. Casi nunca nos borramos por rechazo. Nos borramos por necesidad, porque para escribir lo que queremos ser hace falta una superficie, y la única que tenemos es la que ya está escrita. Nadie empieza en un pergamino limpio. Toda versión nueva de uno mismo se escribe sobre lo único disponible, que es la anterior.
Y no se escribe en la misma dirección. El escriba no siguió las líneas de Arquímedes, las cruzó en perpendicular: las oraciones corren hacia un lado y las matemáticas hacia otro. Así cambiamos. No cubrimos lo que fuimos ni seguimos su línea; lo atravesamos.
Durante siete siglos, la gente que rezó con ese libro pasó las páginas sin saber lo que tenía en las manos. Leían sus oraciones de izquierda a derecha, y dentro, de lado, seguía Arquímedes, legible solo con una luz que todavía no se había inventado.
Hay un tipo de hombre que todos conocemos. Creció con un padre que gritaba, o que bebía, o que nunca estaba, y en algún momento de la adolescencia se hizo una promesa: yo no voy a ser así. Y la cumple. No grita, no bebe, llega a todas las cenas. Organiza su vida entera alrededor de no parecerse a ese hombre, y lo logra con una disciplina que los demás admiran.
Pero si uno mira de cerca, el padre está en todas partes. Está en la forma en que el hijo baja la voz justo cuando más ganas tiene de subirla, en la copa que rechaza con demasiada prisa, en una puntualidad que ya no es virtud sino vigilancia. Cada decisión que toma tiene la forma del padre, solo que al revés. No se liberó de él. Lo convirtió en el centro de gravedad de su vida, y ahora gira a su alrededor en dirección contraria.
Cualquiera que haya trabajado con yeso conoce este problema. Para copiar una figura se hace un molde, y el molde es su opuesto exacto: donde la figura tiene volumen, el molde tiene hueco; donde ella sobresale, él se hunde. Nadie diría que son la misma cosa. Y sin embargo el molde guarda cada detalle del original con una fidelidad que ninguna otra cosa tiene. Lo opuesto de algo no es su ausencia. Es su forma, conservada en negativo.
Cada vez que rechazamos lo que fuimos, creemos que estamos raspando el pergamino, pero el rechazo también se asienta. Se vuelve otra capa, endurecida sobre la anterior, y esa capa tiene la forma exacta de aquello contra lo que se escribió. A eso se refiere un palimpsesto que se niega a sí mismo en el acto de su sedimentación. El que abandona la religión de su infancia y pasa las tardes discutiendo contra ella sigue rezando, solo que en otra dirección. El que se fue de su pueblo jurando no volver mide cada ciudad nueva contra la que dejó.
Para rechazar algo hay que mirarlo, y para mirarlo hay que cargarlo. El hombre que se juró no ser su padre no puede olvidarlo, porque olvidarlo sería romper la promesa; sin el padre, la promesa no significa nada. Tal vez la salida no sea olvidar ni oponerse, sino algo más discreto: el día en que sea paciente con sus propios hijos sin acordarse de por qué, porque la paciencia ya es suya y no una respuesta. Ese día puede llegar. El problema es que nadie puede saber desde adentro si ya llegó. Para comprobar que ya no actúa contra su padre, tendría que preguntarse si está actuando contra su padre, y en cuanto se lo pregunta, el padre vuelve a sentarse a la mesa.
Una noche, su hijo tira un vaso de leche sobre la mesa. Él siente subir el grito desde un lugar que conoce bien, lo detiene a medio camino y le dice que no pasa nada, con una voz tan calmada que le tiembla un poco.
Hay cosas que el cuerpo aprende una vez y no vuelve a discutir. La letra, por ejemplo. La aprendimos a los seis o siete años, apretando el lápiz con más fuerza de la necesaria, y desde entonces ha cambiado poco, aunque nosotros hayamos cambiado casi todo. O el acento. Alguien se va de Mérida a los dieciocho, pasa quince años en la Ciudad de México, aprende a decir las cosas como allá, y un día contesta una llamada de su mamá y a la tercera frase ya está hablando como cuando tenía doce años. Nadie decidió eso. El cuerpo no opina sobre lo que le pasó ni lo pone en orden. Lo guarda tal como llegó, y cuando algo lo toca, lo devuelve.
La mente hace exactamente lo contrario. El 28 de enero de 1986, el transbordador Challenger se desintegró setenta y tres segundos después del despegue. A la mañana siguiente, el psicólogo Ulric Neisser y su asistente, Nicole Harsch, les pidieron a sus alumnos de primer año en la Universidad Emory que escribieran cómo se habían enterado: dónde estaban, con quién, qué estaban haciendo. Dos años y medio después buscaron a los mismos alumnos y les hicieron las mismas preguntas. De los cuarenta y cuatro que respondieron, once no coincidieron en ninguno de los siete detalles que ellos mismos habían escrito. Y aun así, cuando les preguntaron qué tan seguros estaban, en una escala del uno al cinco, el promedio pasó de cuatro.
Lo inquietante no es que se equivocaran, sino hacia dónde se equivocaron. La mañana después, uno de cada cinco dijo haberse enterado por televisión. Dos años y medio más tarde, la cifra casi se había duplicado. Los recuerdos no se deformaron al azar: se fueron acercando a la versión que todos habían visto repetida en las pantallas. La memoria no guarda lo que pasó. Guarda la versión más contada, y cada vez que la contamos la reescribimos un poco más cerca de lo que necesitamos que haya sido.
Hermenéutica es una palabra pretenciosa para algo sencillo: el oficio de interpretar un texto. Y un sujeto que se lee hacia atrás mientras se escribe hacia adelante es alguien partido en dos movimientos que van en sentidos opuestos. El cuerpo lee hacia atrás. Reacciona a lo que ya pasó con una fidelidad que nadie le pidió y que no se puede corregir. La mente escribe hacia adelante. Toma lo que pasó y lo reescribe según quien uno es ahora, según lo que le conviene, según lo que ha oído tantas veces que ya parece propio. El cuerpo no sabe mentir y la mente no sabe dejar de hacerlo. Vivimos convencidos de que somos la segunda, cuando casi todo lo que hacemos lo decide la primera.
Neisser y Harsch hicieron una cosa más. Meses después entrevistaron a los alumnos y les enseñaron las hojas originales, escritas por ellos mismos la mañana siguiente al accidente. La mayoría no recuperó el recuerdo. Muchos prefirieron su versión nueva y concluyeron que quien se había equivocado era el que escribió la primera. Uno de ellos miró la hoja y dijo: "Es mi letra, pero eso no fue lo que pasó".
En la primaria nos enseñaron que el pasado viene en dos versiones. Está el pretérito, fui, comí, viví, que es el pasado que terminó, el que tiene fecha y se puede señalar con el dedo. Y está el antepresente, he sido, he comido, he vivido, que la maestra explicaba como un pasado que todavía tiene que ver con ahora. Lo memorizamos para el examen y lo olvidamos, pero lo seguimos usando todos los días con una precisión que nadie nos tuvo que volver a explicar.
Un hombre que dice "fui fumador" está diciendo que ya no lo es. La frase se cierra como una puerta. Si dice "he sido fumador toda mi vida", la puerta sigue abierta y la cajetilla, probablemente, sigue en la bolsa de la camisa. Nadie confunde una frase con la otra. El idioma nos obliga a decidir, cada vez que hablamos del pasado, si se acabó o si sigue.
Lo que fue no ha sido. Leída despacio, la frase deja de sonar a trabalenguas: lo que ocurrió no continúa siendo lo que era. El hombre que se fumaba dos cajetillas al día ya no existe, al menos no como era. Dejó de comprarlas, dejó de toser en las mañanas, dejó de oler a eso. Si le preguntas, te dirá con razón que fue fumador, en pretérito, con la puerta cerrada.
Pero diez años después, cuando termina de comer y le traen el café, su mano derecha va sola a la bolsa de la camisa. No busca nada, porque no hay nada que buscar. Es un movimiento que nadie decidió, un pedazo de pasado que no cabe en ninguna de las dos conjugaciones, porque no terminó del todo y tampoco sigue siendo lo que era. No es el fumador. Tampoco es otra cosa. Es lo que quedó de él en un hombre que ya no lo es.
Eso es lo que intenta nombrar la segunda mitad de la frase: pero tampoco ha dejado de ser. El pasado no se queda en el pretérito, donde lo guardamos con fecha y etiqueta, ni se conserva intacto en el antepresente, donde seguiríamos siendo los mismos. Se va a un tercer lugar, uno para el que el español, con todos sus tiempos verbales, no tiene nombre.
Si el fumador nunca termina de dejar de serlo, nadie sale del todo de lo que fue. Pero si lo que queda ya no es el fumador, sino el gesto de una mano que no encuentra nada, entonces algo sí cambió, aunque el cuerpo todavía no se haya enterado.
El hombre se queda mirando su mano un momento, y se toma el café.
Queda el final de aquel párrafo, la parte que más suena a nada: persiste como ausencia presente. Es un oxímoron, y los oxímoros suelen ser trampas para que una frase parezca profunda. Este no. Hay gente que lo vive todos los días en el cuerpo.
A muchas de las personas a quienes les amputan un brazo o una pierna, el miembro les sigue doliendo. Sienten comezón en un pie que ya no existe, calambres en una mano que se quedó en un quirófano. No es imaginación en el sentido en que solemos usar la palabra. El cerebro conserva un mapa del cuerpo, y en ese mapa el brazo sigue ahí, con su lugar asignado, mandando señales desde una región donde no hay nada. La ausencia no es un hueco. Ocupa espacio, pesa, duele. Eso hace el pasado cuando por fin lo perdemos: no se va, se vuelve un miembro fantasma, y lo seguimos sintiendo justo en el lugar donde ya no está.
En 1843, Søren Kierkegaard anotó en su diario una idea que se ha citado tanto que perdió los dientes: la vida se entiende hacia atrás, pero se vive hacia adelante. Casi siempre se repite como consuelo, como si prometiera que tarde o temprano todo cobra sentido. Pero la anotación sigue, y lo que sigue es lo contrario de un consuelo. Kierkegaard escribe que, precisamente por eso, la vida nunca puede entenderse del todo en el tiempo, porque en ningún momento encontramos el punto de reposo desde el cual mirarla hacia atrás. Para entender una vida habría que estar fuera de ella, y mientras se vive no hay afuera. Es la misma fractura que llevamos entre el cuerpo y la mente: uno lee hacia atrás, la otra escribe hacia adelante, y nunca coinciden en el mismo instante.
Un trazo no significa nada mientras se está haciendo. Una línea que empieza a curvarse puede terminar siendo una o, una c, una firma o un rayón, y solo cuando la pluma se levanta se sabe qué fue. Nosotros somos la mano a mitad del movimiento. La tinta que ya dejamos no se puede retirar, y el punto donde está la pluma ahora lo decidió todo lo anterior. Pero la dirección del siguiente milímetro todavía no está escrita. Eso no es la libertad que nos vendieron, la de empezar de cero. Es algo más estrecho y más incómodo: poder torcer la línea un poco, con la misma mano y la misma presión, sin borrar nada de lo que la trajo hasta aquí.
Y queda lo peor. Si el sentido de un trazo solo se conoce cuando la pluma se levanta, nadie alcanza a leer el suyo. La pregunta con la que empezó este texto, si uno puede dejar atrás su propia historia, no tiene respuesta mientras uno sigue vivo para hacérsela. La contestarán otros, después, con una luz que nosotros no tuvimos, como los que encontraron a Arquímedes debajo de las oraciones. Y lo harán sobre un pergamino que ya no podremos corregir.