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Opiniones

Un resultado lógico

Por: Uuc-kib Espadas Ancona

Por Uuc-kib Espadas Ancona · 15/11/2016 00:00
Un resultado lógico

Como muchos, llegué a creer que Hillary Clinton ganaría la presidencia de los EE.UU. La ingenuidad del optimismo. ¿Podía ganar la elección una mujer tímidamente liberal y apoyada por negros, mexicanos, musulmanes, homosexuales y otra minorías, frente a un energúmeno machista, racista, xenófobo y supremacista norteamericano, apoyado por la Asociación Nacional del Rifle y el Ku Klux Klan? Hoy, azotado contra la realidad, no puedo sino notar que el triunfo de Trump era lógico.

Como muchos mexicanos, consumo regularmente productos culturales norteamericanos: televisión, cine, literatura diversa, caricaturas, noticias, música y hasta deportes. ¡Son buenos estos gringos para plasmarse en sus obras! Así, mirando hacia atrás, como al final de ciertos juegos, podemos ver las grandes claves ideológicas, que ahora parecen obvias, del resultado electoral. Basta poner atención a lo que ellos dicen de sí mismos.

La gran premisa de su ética social es que de ninguna manera todos los seres humanos valen lo mismo. La vida de un norteamericano, en cualquier circunstancia, es un valor superior al de cualquier otra vida. Si en la venganza por los atentados de las torres gemelas de Nueva York murieron cien veces más personas que en el ataque mismo, no hay nada que reprocharse; si los cazadores de mexicanos asesinan a indocumentados que cruzan la frontera no hay culpa en ellos, pues defendían su territorio; y si a la silla eléctrica van a parar más personas cafés que rosadas, no hay motivo de preocupación en ello, pues se les tiene como delincuentes por naturaleza.

Con esta premisa, la idea de deportar masivamente mexicanos y cerrar la frontera, amén de la alevosía de obligar a nuestro país a pagar el muro, lejos de producir indignación genera consenso, especialmente entre las masas de blancos maltratados por el modelo económico, y que encuentran en los inmigrantes un foco propicio para el resentimiento. Su diferencia nacional y racial, aunque parezcan blancos, los hace despreciables, con la ventaja añadida de que en general se encuentran en condiciones de infinita debilidad, siendo particularmente aptos para el abuso y el escarnio, características debidas de la euforia triunfal.

El machismo se desprende como corolario ineludible de esa premisa. El ejercicio de la debida violencia, fuente última y argumento final de los derechos de los EE. UU. sobre el mundo, sólo puede depositarse con confianza en hombres, considerados por naturaleza libres de las debilidades atribuidas al carácter femenino, como la resistencia a torturar o matar. No es casual que en la particular reivindicación norteamericana de la igualdad de género se promuevan heroínas capaces de hacerlo con más soltura que cualquier cowboy de antaño. Caminos semejantes siguen las ideas sobre los debidos derechos a excluir, a sojuzgar, a ignorar los derechos humanos y las leyes internacionales. La igualdad de derechos, de personas o naciones, es una trampa, una argucia para escamotear la supremacía de la Norteamérica blanca, de los Estados Unidos, el número uno.

La opción de Hillary, por no hablar de Jill Stein, no ofrecía un combate épico para acabar a un enemigo tangible y concreto, como los mexicanos que quitan el empleo a los blancos. Trump, por el contrario, con su actitud soez y prepotente, con su misoginia y su racismo, con su xenofobia y su supremacismo, amén de su megalomanía, abría para el electorado blanco un camino fácil, rápido... y equivocado.

A nosotros, por lo pronto, no nos queda más opción sensata que la de iniciar desde ya el largo camino de deconstruir la dependencia general que hoy tenemos del vecino del norte.

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