Por Marco Antonio Cortez Navarrete
Durante siglos, el sacerdote católico fue una figura central en la vida de las comunidades: consejero espiritual, guía moral, mediador entre lo sagrado y lo humano. Hoy, sin embargo, muchos presbíteros viven en el margen. Son vistos con desconfianza por una parte de la sociedad y, paradójicamente, con exigencia sobrehumana por otra. Se espera que sean modelos de virtud intachable, pero rara vez se les concede el derecho a mostrarse vulnerables, cansados o simplemente humanos.
La paradoja es evidente: se les venera como si fueran santos, pero se les trata como si fueran sombras. Se piensa que su vocación es una especie de contrato divino inquebrantable, y se olvida que su labor se realiza entre soledades, enfermedades, frustraciones y, muchas veces, indiferencia institucional.
¿Por qué este abandono silencioso?
- Una fe que se desdibuja:
En gran parte del mundo, la secularización ha cambiado la forma en que se vive la religión. Ya no es el centro de la vida social ni familiar. La Iglesia, antaño punto de encuentro, ha perdido terreno frente a nuevas formas de comunidad y sentido. En muchas parroquias, los bancos están vacíos. La fe se ha vuelto una cuestión privada, ocasional, o simplemente decorativa. - Escándalos que han dejado heridas profundas:
Los abusos cometidos por algunos miembros del clero —y el manejo institucional de esos casos— han generado desconfianza, dolor e incluso rabia. Muchos creyentes han optado por el alejamiento como forma de protesta o autoprotección. En este contexto, también los sacerdotes honestos y entregados han sufrido el estigma y el aislamiento. - Falta de acompañamiento eclesial:
A menudo, la Iglesia institucional exige a sus sacerdotes entrega total, pero les ofrece poco respaldo humano. El presbítero vive presionado por la falta de vocaciones, sobrecargado de tareas, sin tiempo para sí mismo, ni espacios adecuados para compartir con otros su experiencia. Se les forma para servir, pero no siempre para sostenerse emocional y espiritualmente a largo plazo. - Cambio generacional y crisis vocacional:
Las nuevas generaciones viven en un mundo más crítico, más informado, más conectado. La idea de una vida consagrada, celibataria, sin “éxitos” tangibles, parece lejana o incluso absurda para muchos jóvenes. La escasez de vocaciones no es solo un problema numérico, es el reflejo de una búsqueda distinta del sentido de vida. - Una humanidad negada:
El presbítero no es un ángel ni un mártir perpetuo. Es un hombre con dudas, luchas internas, esperanzas y temores. Pero en muchos casos no se le permite mostrar esa humanidad. Se le exige perfección moral, servicio incansable, y se le juzga con dureza cuando falla. Esta presión constante lleva a algunos al agotamiento, la amargura o incluso al abandono de la vocación.
Hoy más que nunca, la Iglesia debe volver la mirada hacia sus sacerdotes. Escucharlos. Acompañarlos. Comprender que su vocación no los exime del sufrimiento ni de la necesidad de afecto, descanso y comunidad. Pero también los fieles deben comprender que el presbítero no es Dios, sino su servidor. Y como tal, merece no solo respeto, sino compasión, cercanía y apoyo real.
En esta época donde escasean las vocaciones y los templos se vacían, tal vez el camino para reconstruir la Iglesia no sea solo atraer más feligreses, sino primero cuidar a quienes —a pesar de todo— aún se mantienen firmes, sosteniendo con sus manos temblorosas la antorcha del Evangelio.


