Por: Cristina Padín.
Algunas veces, relataba la bisabuela, tenía tanto miedo que olvidaba que sentía tanta hambre que su frágil cuerpo amenazaba con partirse por la mitad… y a la hermana mayor le ocurría lo mismo: también olvidaba el sueño, la sed… El miedo era en aquellos días fríos alguien que vivía dentro de ellas, apretaba con furia sus corazones, era raro, humedecía con dolor sus pestañas, era cruel, impedía que pudieran jugar, sonreír, leer… La bisabuela olvidó a menudo cambiar los vestidos a su muñeca… y la hermana mayor ya no miraba con picardía a aquel niño que le gustaba… Todo era oscuro, silencioso, amenazante, opresivo..
Y de repente todo cambió. Les contaron que ellas ayudarían. No eran judías. Eran gallegas y eran hermanas. Sabían que el padecimiento que estaban sufriendo los judíos era horrible, horrendo, horroroso. Y ayudaban. No eran esparcidoras de odio, eran ángeles de bondad. La bisabuela las recordó con cariño hasta el último segundo que tuvo de vida. Ellas le regalaron la vida, con su desinteresada ayuda. La hermana mayor se enamoró de un torero, la bisabuela de un electricista. Vivieron felices en Nueva York. Siempre tendiendo la mano, siempre ofreciendo, jamás haciendo el mal..
Otra de mis historias dedicada a la valentía
A la valentía de las hermanas Touza
El Holocausto es eso tan aborrecible que jamás tiene que olvidarse
A los valientes
A mi amiga Demelza
A mi querido Luis
A los M
A los toreros
A los electricistas
A Nueva York
Y a la gente que ayuda a otra gente


