La Revista

Siete décadas del elepé y sigue sonando

Aída López Sosa
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Cultura, por: Aida López Sosa

Las redondeces en la civilización siempre son
augurios de nuevos tiempos que han cambiado la realidad. Las grandes
transformaciones se dieron en la antigüedad a partir de la invención de esta
forma mágica de la cual se desprendieron descubrimientos que revolucionaron la
ciencia y la cultura. La forma circular ya era del conocimiento de los griegos
en el período clásico cuando Mirón de
Eléuteras esculpió el “Discóbolo” (siglo V a.C.), figura icónica donde se
advierte el posicionamiento simétrico, proporcionando y equilibrado del cuerpo
atlético concentrado en el momento preciso que se prepara para lanzar con toda
su fuerza el disco que sostiene con la mano derecha, disciplina olímpica hasta la
fecha. Asimismo también durante el mismo siglo en Mesopotamia -hoy Irak- se
inventó la rueda, otro círculo que cambió la forma de transportarse y las
máquinas; hoy no concebimos la vida sin ella. El origen del cero aún no es
claro, se cree que fue en Alejandría y de ahí se propagó a la India. La forma
redonda es posible que provenga de la letra griega oudén o vacío, dato aún no confirmado.

El siglo XIX de nuestra era estaba a punto de
inventar otra redondez que alegraría nuestras vidas y cuerpos. Thomas Alva
Edison -inventor de la bombilla- ya tenía en la mente un fonógrafo que pronto
materializó. Grabó con su voz: María
tenía un corderito,
en un cilindro de hoja de estaño utilizando una aguja
que se movía por un tornillo a lo largo, por supuesto no había posibilidad de
reproducir tal grabación. Años después se creó el grafófono también con cilindros
por el inventor del teléfono, Alexander Graham Bell. Continuaron otros intentos
hasta desplazar a los cilindros por un disco que se fue fabricando con
distintos materiales. El 31 de agosto de 1951 Deutsche Grammphon Records presentó
el primer Long Play (vinilo) en la
Feria Alemana de la Música en Dusseldorf, ciudad a la orilla del río Rin donde
año con año se celebraban, hasta antes de la pandemia, exposiciones de la
industria y la moda. Icónica por su música electrónica hace más de cinco
décadas y trayectoria punk.

El elepé
de material vinílico (30.5 cm de diámetro) fue consecuencia de la Segunda
Guerra Mundial, los discos anteriormente se elaboraban con goma laca, pero esta
se necesitaba para la fabricación de herramientas bélicas. A partir de la
segunda mitad del siglo XX, hace apenas 70 años, la música alegró los hogares
de la clase media y alta que podían adquirir un mueble con tocadiscos integrado
para escuchar en la sala de su casa las grabaciones de sus artistas favoritos
de todos los géneros musicales. Los demás se conformaban con la radio en donde
tocaban canciones de acuerdo a la programación. Para los niños, Cri-Cri el
grillito cantor. El gusto de los adultos era variado, iba de las rancheras a
los boleros hasta la música clásica. También estaban las cumbias para bailar y
amenizar los festejos domésticos.

Pocos años después el disco ya no solo estaba en los
hogares, sino que dio paso a las discoteques
y a todo un género ochentero: la música disco. El ritmo acompañado de
cambios de luces que se refractaban en una esfera de espejos, hacía olvidar el
tiempo, transportándonos a dimensiones excitantes. Al ritmo de “I Will Survive” olvidábamos los dislates
del amor porque así nos lo hacía sentir Gloria Gaynor. El poder de la música hacia efecto y en catarsis
colectiva cantábamos a todo pulmón: “Go
on now go, walk out the door, just turn around now, because you´re not welcome
anymore”.
¡NEXT!

Entre nuestra prioridades estaba la de comprar el
último vinilo de bandas extranjeras. Había expectación por el diseño de la
portada. El disco era objeto del deseo
de niños y adultos, todos querían tener su música favorita en casa para escucharla
una y otra vez a riesgo de que se rayara, pero bien valía la pena por el gozo
inmediato. Las amigas nos reunimos en la casa de alguna para montar coreografías.
Y.M.C.A. de Village People era ideal para ensayar los movimientos de los
brazos, Tavares para pasos grupales que requerían coordinación y ritmo. John
Travolta impuso moda con “Vaselina”, a pesar del calor meridano todos los
jóvenes querían una chamarra de cuero. Olivia Newton-John nos regresó a las
melenas rizadas y a las coletas; a las faldas con crinolinas y a los pantalones
entubados brillosos que desplazaron las amplias campanas setenteras de terlenca
a cuadros.

Con los casetes la música se volvió compañera de
andanzas, bastaba una grabadora con pilas para colocarla en cualquier sitio.
Así fuimos transitando hasta la adultez cuando el vinilo y el casete pasaron a
la historia. Los discos compactos prometían portabilidad, ahorro de espacio y
mayor fidelidad. La irrupción del internet en la década de los noventa nos dio
la posibilidad de oír gratuitamente la música y ver los videos, fue cuando
conocimos muchos de los rostros de nuestros ídolos.

Actualmente existen servicios multimedia que por una
cantidad simbólica han sustituido la compra física del disco-objeto. El vinilo
vive su segunda juventud desde el 2005, grupos emblemáticos han conmemorado sus
aniversarios grabando en este formato para los nostálgicos que invierten
cuantiosas sumas para tener entre sus manos ese círculo de plástico negro que
los devuelve a su juventud a 33 revoluciones por minuto cuando en el tocadiscos
suena.

Freddie Mercury murió
justo cuando iniciaba la revolución discográfica, no alcanzó a cumplir el prometido
espectáculo stripper cuando se dejaran de vender sus discos. No imaginó que en
el nuevo milenio ya no sería necesario pagar por escuchar su música y más aún, verlo,
aunque no como Dios lo trajo al mundo

Aída López Sosa
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