En el reciente episodio de South Park, titulado Conflict of Interest, los creadores Trey Parker y Matt Stone no se contienen: ponen al presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, Brendan Carr, como blanco favorito de una sátira despiadada. La caricatura no se limita a burlarse de su imagen pública, sino que construye una narrativa en la que Carr sufre graves percances físicos y simbólicos que reflejan las tensiones políticas actuales.
La trama se enreda desde el comienzo con escenas grotescas: Carr cae por escaleras engrasadas, consume una sopa contaminada con Plan B y acaba hospitalizado tras infectarse de toxoplasmosis. En medio de su convalecencia, un médico advierte: “Si el parásito de la toxoplasmosis llega a su cerebro, me temo que puede perder su libertad de expresión”. Esa frase sintetiza el corazón simbólico del episodio: la sátira no solo exagera el cuerpo del funcionario, sino su facultad de actuar en el espacio público. Más tarde, el vicepresidente caricaturesco J. D. Vance le dirá a Carr: “We can do this the easy way or we can do it the hard way” — una réplica directa de lo que Carr había expresado públicamente sobre la presión para que ABC castigara a Jimmy Kimmel.
La crítica de South Park se inserta en un contexto real: Brendan Carr había instado a Disney y ABC para que tomaran acciones contra Kimmel después de unas declaraciones del presentador sobre el asesinato del activista Charlie Kirk, lo que generó suspensión temporal del programa Jimmy Kimmel Live!. Aunque la cadena levantó la sanción, varias emisoras de ABC controladas por Nexstar y Sinclair no reanudaron la transmisión. Esa situación encendió alertas sobre la concentración mediática y los condicionamientos que pueden imponer los poderes fácticos sobre la libertad del discurso.
Pero South Park no se queda en este ataque concreto: las subtramas satirizan las apuestas políticas y los mercados predictivos. En una escena, los estudiantes del colegio apuestan si la madre de Kyle bombardeará un hospital en Gaza mediante una app de predicción. Kyle, horrorizado, exige intervenir al presidente Trump: “Call the FCC, they’re dealing with all the offensive stuff now”. La serie enlaza así la crítica al regulador con debates globales de censura, especulación política y conflicto armado. Hacia el cierre, la madre de Kyle viaja hasta la oficina de Benjamin Netanyahu y desafía con furor su responsabilidad en la guerra: “Just who do you think you are, killing thousands and flattening neighbourhoods …?” Ese giro deja claro que la ambición del episodio va más allá del escándalo mediático: apunta a estructuras de poder, imperialismo, complicidad internacional.
El tono de la sátira es extremo, irreverente, visceral: Carr es humillado, atacado, usado como chivo expiatorio en escenarios de humor negro y sobreexposición política. Pero esa exageración le sirve para evidenciar contradicciones: cómo un regulador afirma defender el interés público mientras amenaza con sanciones, cómo los medios pueden responder bajo presión, cómo el humor puede ser vehículo para poner en tela de juicio quienes ejercen autoridad sobre la palabra.
El episodio también recuerda la forma de trabajo veloz y reactiva de los creadores: habían retrasado su emisión una semana para incorporar los eventos recientes alrededor de Kimmel. Con ello, South Park se reafirma como serie que no aparta la mirada ante controversias inmediatas, arriesgando denunciar cuando pocos lo harán — y hacerlo con la irreverencia característica que la define.
Este capítulo reafirma algo que los seguidores de la serie ya conocen: el humor, en manos de creadores capaces de articular crítica y provocación, puede convertirse en un espejo incómodo del poder. Al someter a Brendan Carr a una versión grotesca de su rol, la serie invita a reflexionar sobre los mecanismos de control mediático, la libertad de expresión y la responsabilidad de quienes regulan la comunicación pública en una era saturada de polémicas y conspiraciones.


