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Tigres Voladores: los mercenarios estadounidenses que marcaron la historia militar de China

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En 1941, un grupo de ciudadanos estadounidenses aceptó una oferta inusual: un contrato de un año para vivir y trabajar en China, pilotando, reparando y fabricando aviones, con una remuneración de hasta 16.725 dólares mensuales, 30 días de descanso al año, alojamiento cubierto, 700 dólares para alimentación mensual, y un pago adicional de 11.000 dólares por cada avión japonés destruido, sin límite.

Esta propuesta, ajustada al valor del dólar en 2025, fue aceptada por cientos de estadounidenses que posteriormente se convertirían en miembros del Grupo de Voluntarios Estadounidenses (AVG, por sus siglas en inglés), conocidos mundialmente como los Tigres Voladores.

La iniciativa surgió en medio de la Segunda Guerra Mundial, cuando China enfrentaba una dura ofensiva del Japón Imperial. Ante la superioridad aérea japonesa, el líder chino Chiang Kai-shek contrató al estadounidense Claire Chennault, un capitán retirado del ejército, para formar una fuerza aérea que pudiera defender al país. Con contactos en la administración del entonces presidente Franklin D. Roosevelt, Chennault logró reunir pilotos y adquirir 100 cazas Curtiss P-40B destinados originalmente al Reino Unido.

Aunque los aviones no contaban con miras modernas, Chennault desarrolló tácticas efectivas: los pilotos debían atacar en picada desde una posición elevada, aprovechando la robustez de los P-40 frente a los más ágiles pero vulnerables aviones japoneses. Según escribió Chennault en sus memorias, sus pilotos “apuntaban sus armas a través de una mira de anillo y poste, rudimentaria y casera”.

El grupo estaba conformado por pilotos de perfiles diversos. Algunos recién graduados, otros con experiencia en hidroaviones o bombarderos pesados, y varios motivados por razones económicas o personales. Uno de los más conocidos fue Greg Boyington, exinfante de marina, quien, según la historia del Departamento de Defensa de EE. UU., “había arruinado su crédito y contraído deudas considerables” antes de enlistarse.

El entrenamiento fue exigente y peligroso. Tres pilotos murieron antes del combate. El 20 de diciembre de 1941, en su primera misión en Kunming, los Tigres Voladores derribaron tres bombarderos japoneses, perdiendo un solo caza por falta de combustible.

Su fama se consolidó durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo, al repeler 11 días de ataques japoneses en Rangún, capital de la Birmania colonial. En solo 10 semanas, derribaron 217 aviones enemigos en 31 enfrentamientos, con la pérdida de seis pilotos y 16 cazas. En total, al AVG se le atribuye la destrucción de hasta 497 aviones japoneses, perdiendo solo 73.

El grupo fue bautizado como “Tigres Voladores” tras la difusión de imágenes de sus cazas con una icónica boca de tiburón en el morro. Aunque este símbolo no fue ideado por ellos, sino inspirado en los cazas británicos y alemanes, quedó ligado para siempre a su identidad.

La cultura popular también contribuyó a su leyenda. En 1942, John Wayne protagonizó la película “Flying Tigers”, y Walt Disney diseñó un logotipo especial para el escuadrón: “un tigre de Bengala alado saltando a través de un símbolo estilizado de la ‘V de la Victoria’”.

Con la entrada oficial de Estados Unidos en la guerra, el 4 de julio de 1942, el grupo fue integrado al Cuerpo Aéreo del Ejército estadounidense. Su última misión ese mismo día concluyó con el derribo de seis cazas japoneses sin pérdidas estadounidenses.

A pesar de su corta existencia, los Tigres Voladores dejaron un legado duradero. En palabras de la página conmemorativa del diario estatal chino People’s Daily Online, “China siempre recuerda la contribución y el sacrificio que le hicieron Estados Unidos y el pueblo estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial”.

Hoy, los Tigres Voladores continúan siendo venerados en China. Existen varios museos dedicados a su memoria y su historia es parte de exposiciones, películas y dibujos animados. Su legado también se mantiene vivo en Estados Unidos, donde el sitio web del museo Chennault Aviation and Military Museum cita las palabras finales del general: “Espero con ansias que el símbolo del Tigre Volador permanezca en alto mientras sea necesario y que siempre sea recordado en ambas orillas del Pacífico como el símbolo de dos grandes pueblos que trabajan por un objetivo común en la guerra y la paz”.

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