Por: Cristina Padín.
Caería la noche del frío enero entre hielo y las gotas de plata que bañan los campos de esa frialdad que hiela las pestañas. Y anima los cafés y las mañanas. Caminarían en su bello caminar algunos caminantes. Y todos serían distintos y todos compartirían lo que es importante: respeto, tradición, verdad.
E sería casi adolescente y con alma torera, ser anhelante de emular los gestos y las gestas de Joselito el Gallo y de Belmonte. M sería lo que siempre quiso ser: madre tardía, estupenda en sus consejos y en su madura serenidad. T sería hermano de torero, alegre y lector, culto y amable.
J sería sevillano y andaluz, andaluz y español, español y zalamero, todo arte y duende. I sería única e irrepetible, sensata y defensora de lo nuestro, elegante y fuerte como roca. D era pasión y sensualidad, salvaje y de tez bronceada, amante del mar y del amor. A era la valentía, la lealtad.
Y así habían caminado aquella jornada, entre paisajes de ensueño y entre el sueño de un día perezoso con sol y viento. Descansaban ya, cada uno sobre sus sábanas, unos leían y otros besaban, unos soñaban y otros dormían. Y caminar seguía siendo lo que importa en la vida. Vivir sin camino es no vivir.
Muchos de estos personajes
están en mi nueva novela
A ellos
A mi amiga Pau
A mis amigos sevillanos y a mi
Sevilla
A Galicia: fin, principio y Camino
A las personas valientes
A mi Luis
A Elías: futuro torero
A enero
Al toreo
A la cultura y los libros


