Algo más que palabras, Por Víctor Corcoba Herrero
Hoy, cuando tanto prolifera la exaltación del yo agresivo, dispuesto a
todo con tal de proyectar una cultura competitiva, nada solidaria, que nos
empobrece como jamás, pues lo importante es trabajar juntos y hacerlo para
lograr un compromiso más humanístico, respetuoso con todas las culturas, nos
hace falta pararnos y recapacitar. Por cierto, hemos de repensar sobre aquellas
labores que han de estar enfocadas en las cosas que importan, haciéndolas de
manera más eficiente. Sirva como ejemplo la actuación enérgica de cambio,
propiciada por el primer ministro de la India, Narendra Modi, dispuesto a
reducir el uso del plástico y de promover la energía solar, importante tarea distinguida
por la ONU recientemente con el premio “Campeones de la Tierra”. Confiemos en
que proliferen estas invencibles acciones. Es muy triste pasar por la vida sin
dejar rastro. Desde luego, hay estampas
que nos vivifican.
Ciertamente, en ocasiones, nos perdemos en temas sin importancia, y
omitimos lo que realmente es fundamental para nuestra supervivencia como
especie. Desde luego, si el saneamiento universal y la energía renovable, son
vitales para el desarrollo de la humanidad, aminorar los conflictos en el mundo
es trascendente. En este sentido, nos alegra que la filosofía de rechazo a la
violencia que inspiró al inolvidable Mahatma Gandhi sea uno de los faros que
guía la labor de las Naciones Unidas, frente a esta incertidumbre permanente
que soportamos, en parte por carencia de diálogo y entendimiento, por la
ausencia de compromiso con la verdad y también con el bienestar de sus moradores,
habiten donde habiten en la faz de la tierra.
Por eso, hace falta un corazón de mano tendida, cooperante siempre con
la diversidad, de respeto que ha de compartirse entre unos y otros, evitando
contiendas inútiles que a todos nos perjudican. Para empezar, a mi juicio hay
que acabar con las sanciones relacionadas con necesidades humanitarias. No
podemos agravar las situaciones o extender la disputa. Sin duda, es bueno
superar la desconfianza, las actitudes defensivas para ir al encuentro más allá
del propio entorno, si cabe con una conciencia poética que nos conduzca a
estilos de vida más auténticos, al menos para poder practicar el arte del
acompañamiento con aquellas gentes abandonadas e incomprendidas. Caminar solo,
aparte de ser muy aburrido, es desalentador por propia naturaleza humana.
Acompañar, pues, ya sean momentos de alegría o de dolor, nos gratifica y es de
agradecer siempre.
Dicho lo cual, pienso que nos faltan hojas de rutas mancomunadas, pues
más pronto que tarde podemos lograr aquello que nos propongamos, a poco que
corrijamos actitudes corruptas que socavan el crecimiento inclusivo. En
consecuencia, hemos de reflexionar sobre el modo y manera de construir un
futuro compartido en un mundo tan fracturado como el presente, en el que abunda
la opulencia insostenible de algunos, mientras hay otro orbe circundante cada
día más empobrecido. Por tanto, la brújula de la justicia social debe
orientarnos hacia otros vínculos más justos, empezando por los modelos
económicos que han de respetar una ética de desarrollo integral basada en principios que pongan en el centro
a la ciudadanía, sus derechos y obligaciones, sin obviar que una distribución
justa y equitativa de los beneficios contribuye a armonizarnos.
Precisamente, desde este espíritu de concordia es como se construyen
puentes que nos forjan a reencontrarnos hasta consigo mismo. La mano extendida
hacia uno y hacia todos es un signo vivo de hermanamiento, tan necesario como el aire
que respiramos. Nuestra respuesta a este mundo dividido tiene un nombre, se
llama hacer familia, que es lo que pide la continuidad de nuestro personal
linaje como tal. No es cuestión de vencernos en venganzas. Tampoco nos
interesan las políticas del ojo por ojo, porque al final acabamos todos
enfrentados, y lo fundamental no son las luchas, sino las vidas salvadas del sufrimiento,
de nuestras miserias, que lo único que hacen es arruinarnos hasta la dignidad
que todos nos merecemos como seres vivos. Dignifiquémonos con nuestra libertad.
Que nadie nos la robe.


