Por: Cristina Padín
Una mano se quedaba en una de las orillas.. y era muy
blanca.. y la otra permanecía en la otra orilla… y era oscura y bronceada.. y
todo estaba bien… porque no hay problema alguno con el color de piel ni lo hubo
nunca ni lo habrá.
Y sonó el cuento bajo un cielo azul agosteño..
Érase el cuento de las dos manos… la que se marcha porque se
tiene que marchar (como decimos en Galicia, junto a otras grandes y bellas
verdades) y la que se queda. Y las manos jamás dejan de apretarse. Aún en la
distancia. Y en ese apretón va el amor… que pasea con temple entre cada dedo.
Érase el cuento de la mano que abandona la tierra por
necesidad y de la que llega a otra parte para empezar; la mano que jamás suelta
a la que ya no recuerda o padece cáncer o ha perdido la vista; la mano que reza
y pone flores a la mano que reposa en una tumba; la mano del torero retirado
que apoya al nuevo…
Érase el cuento de la mano del padre y la madre que cuidan a
su hijo enfermo; la mano que desde Galicia (por ejemplo) acaricia la mano que
se tuvo que ir por valentía y con humildad y entrega; la mano de niños pequeños
que no olvidan la vida que llevaban y tuvieron que cambiar…
Es el cuento de las manos. Faros, guía del sentir y el saber
estar. Un cuento de latidos y de alma.
Hay otras manos.. pero no forman parte de esta historia. Sueltan, o son
racistas, o no son valientes, o mienten..
Y por tanto no interesan.
Este cuento lo escribí por la hija de Elena. Y a ella se lo
dedico. Y a su madre. Y su padre. Por la valentía
A cada niño en mudanza o cambio
A Galicia
A valientes gallegos que son excelentes
A padres y madres que aferran la mano de sus hijos
A los hijos que se ocupan de sus padres y abuelos
A Luis. Y padres y hermanos
Al toreo
A El Juli. Grande entre los grandes
A la familia de Juli
A las manos que no sueltan


