Por: Cristina Padín.
No volvería Z a clase aquella mañana. Su silla no se ocuparía nunca. Cuando la vida se orquestaba en al azul y plata de la Navidad y la ilusión Z perdería para siempre la suya. Su corta vida de quince años. Cuando el turrón y los villancicos condujeran pueblos y ciudades a la nostalgia y la tradición el tremendo hueco de Z llenaría de frío y de oscuridad los días más cortos del año y el corazón de su madre y su padre y su familia y amigos.. Descansaría Z para siempre en la eternidad, y lágrimas de desconsuelo y rabia y dolor y tanta impotencia arrancarían heridas que no cicatrizarían en todos los que amaron a Z. La adolescente que amaba el deporte, pasear, su hogar.
Tal vez aquellos que en esa mañana de lunes contaran con la difícil tarea de contar a tan jóvenes adolescentes del colegio que Z no regresaría, que no volvería a hacer deporte, que no compraría el regalo del amigo invisible.. tal vez… hablarían de la Virgen de Guadalupe o de santa Lucía. La Reina de América que nos protege con su manto. La santa de la luz que aleja la oscuridad y da inicio al crecer de las tardes. Tal vez… muy duro no pensar en Dios para soportar tanto dolor. Le faltaron los besos a Z, la universidad, el desamor, el amor, las locuras.. queda pensar que santa Lucía le regale su claridad perpetua…
Descansa en paz, Z… únicamente te veíamos pasar cuando salías a caminar y nos dejas una huella de tristeza
A cada Z. Muertes inexplicables que rompen corazones
A la Virgen de Guadalupe
A mi México
A santa Lucía
A mi Luis
A mi abuela, que adoraba a santa Lucía
A la luz. Es la verdad


