Daniela Torre Medina
Caminamos con miedo
como si fuera una segunda piel.
No se ve,
pero pesa.
Arrastramos el pasado
como una herida que ya cerró
pero sigue doliendo cuando llueve.
Traumas disfrazados de recuerdos,
errores que aprendieron a hablarnos
con nuestra propia voz.Nos decimos que no somos suficientes
antes de que alguien más lo haga.
Nos fallamos a tiempo,
por si acaso.
Eso también es miedo:
el miedo a querer y perder,
el miedo a intentar y confirmar
lo que ya creemos de nosotros.
La inseguridad no grita,
susurra.
Te dice que te escondas,
que no brilles tanto,
que no confíes en la calma
porque algo malo siempre viene después.
Caminamos dudando incluso de lo bueno,
como si la seguridad fuera una trampa
y la paz solo un descanso temporal.
Nos saboteamos con cuidado,
convencidos de que duele menos
si somos nosotros quienes destruimos
antes de ser destruidos.
Y aun así seguimos.
Rotos, temblando, inseguros,
pero vivos.
Con miedo, sí,
pero caminando.
Tal vez no somos personas seguras.
Tal vez somos personas
aprendiendo a no huir de sí mismas.
Aprendiendo que existir
también es un acto de valentía.
Soltar la ansiedad
y escuchar al instinto
también es un acto de fe.
El presente, cuando por fin lo habitamos,
no nos destruye como temíamos.
Nos sostiene.
Nos muestra que aquello
a lo que tanto miedo le teníamos
sí pasó…
y seguimos aquí.
El ahora no promete ausencia de dolor,pero nos enseña algo más honesto:
que sobrevivimos,
que no estábamos rotos,
que el miedo no tenía razón en todo.
El presente no susurra ni amenaza.
Nos mira de frente y nos dice:
mira, pasó,
y no estamos destruidos.
Y tal vez eso
sea la forma más simple
y más valiente
de seguir viviendo.
Con miedo pero en el presente.


