Por: Cristina Padín.
Ella era un día de mayo, un brindis y una de las más bellas faenas de Pablo Aguado, la sonrisa más dulce, tres copas de vino en una terraza coqueta, mil palabras cultas y sabias, un libro en el bolso, la valentía de alguna de las hermanas de Mujercitas, un beso salvaje, un volante rojo, zapatillas y un paseo por el parque, siempre una caricia, jamás un insulto.
Él era tímido. Mirada clara de agua de lago. Una mañana soleada y pura de septiembre. Mil novelas con millones de historias y un vocabulario complejo, una botella de Mencía, gran conversación de gran cultura, la serenidad en la voz, el saber estar, esa cadencia que otorga el lugar de nacimiento y un hola generoso, un ser peculiar, la lealtad y el coraje..
Se observaban. A distancia..
Tantos “no pudo ser” en la vida
A ella y a él
A la cultura
A la gente que entiende lo que lee
A Pablo Aguado
Al toreo
A mi querido Luis
A mi amigo Jm
A Manuel
A la lealtad y a la valebtía