Cada mañana Pablo salía temprano de casa y se dirigía al pueblo. Era verano, tendría que ser siempre verano, con la sandía y la siesta y el calor perezoso. Los lunes iba a un curso de toreo, los martes a la piscina, los miércoles a la biblioteca, los jueves a montar a caballo y los viernes a jugar al tenis.
Adoraba torear, nadar, leer, cabalgar y hacer deporte…
Pasaba el mes de julio con su abuelo. Por la tarde iban a la playa. El niño iba con su bicicleta y a diario se pasaba media hora en la plazoleta parado, mientras no abrían el paso Largo hacia la aldea. Podría ir muy bien por el bosque, se tardaba nada, pero su abuelo no se lo permitía. Era peligroso. Y Pablo no iba nunca: jamás faltaba a la verdad…
Dedicado a varios Pablo’s
A la gente que dice la verdad
A Albriux
Al toreo
A Luis
A la gente que engrandece el toreo
Y a los que leen


