Yucatán

A 24 años de Isidoro: el huracán que marcó para siempre a Yucatán

Por La Revista Peninsular · 22/9/2026 10:19
A 24 años de Isidoro: el huracán que marcó para siempre a Yucatán

Este 22 de septiembre se cumplen 24 años del impacto del huracán Isidoro en Yucatán, uno de los fenómenos meteorológicos más destructivos que ha enfrentado el estado en su historia reciente y cuyo recuerdo permanece entre miles de familias que vivieron sus fuertes vientos, inundaciones y daños materiales.

El 22 de septiembre de 2002, Isidoro llegó a territorio yucateco convertido en un huracán categoría 3. De acuerdo con los registros del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), el ojo del ciclón tocó tierra en Telchac Puerto, aproximadamente 45 kilómetros al este de Progreso, con vientos máximos sostenidos de 205 kilómetros por hora y rachas que alcanzaron los 250 kilómetros por hora.

La lentitud con la que avanzó el sistema agravó sus consecuencias. Después de ingresar a tierra, Isidoro permaneció alrededor de 35 horas afectando Yucatán y Campeche. Durante cerca de 14 horas mantuvo intensidad de huracán y posteriormente continuó como tormenta tropical, provocando lluvias, inundaciones, caída de árboles, interrupciones en los servicios básicos y daños en viviendas e infraestructura.

La magnitud de la emergencia se hizo evidente durante las horas posteriores. Más de medio millón de personas resultaron damnificadas en diferentes puntos del estado y alrededor de 68 mil tuvieron que ser evacuadas ante el avance del ciclón y el peligro que representaba para las comunidades, particularmente aquellas ubicadas en zonas costeras.

Para proteger a la población fueron habilitados 861 albergues en diversos municipios de Yucatán. Escuelas, templos y edificios públicos funcionaron como refugios temporales mientras miles de personas esperaban que las condiciones permitieran regresar a sus comunidades. Más de 7 mil 700 habitantes permanecieron en estos espacios durante la emergencia.

Las consecuencias económicas también fueron considerables. Las pérdidas ocasionadas por Isidoro fueron estimadas en más de 5 mil millones de pesos. El sector agropecuario acumuló afectaciones cercanas a mil 670 millones de pesos, mientras que la industria y el comercio registraron daños por aproximadamente 3 mil 143 millones. El sistema eléctrico también sufrió pérdidas estimadas en 400 millones de pesos.

El campo yucateco fue uno de los sectores más golpeados. La trayectoria y permanencia del huracán causaron pérdidas importantes en la producción agrícola y ganadera, mientras numerosas comunidades enfrentaron durante días las consecuencias de las inundaciones. El SMN señala que la extensión del ciclón y las características del terreno de la Península favorecieron la acumulación de agua incluso después de que el fenómeno comenzó a alejarse.

La educación tampoco quedó al margen de la emergencia. Cerca de mil 500 edificios escolares sufrieron algún tipo de afectación, lo que obligó a suspender las clases en todos los niveles. Aunque la mayoría de los planteles pudo reanudar actividades posteriormente, algunos permanecieron cerrados durante más tiempo debido a los daños o porque continuaban siendo utilizados como refugios.

En medio de la devastación también se produjo una amplia movilización de ayuda. Autoridades, organizaciones civiles y ciudadanos participaron en la distribución de alimentos y productos básicos para atender a las familias afectadas. En los días posteriores fueron entregadas más de un millón de despensas como parte de las labores de asistencia y recuperación.

Isidoro dejó además una importante referencia para la cultura de prevención ante huracanes en Yucatán. Las evacuaciones, la habilitación de refugios y la coordinación entre autoridades y población adquirieron todavía mayor relevancia después de una emergencia que evidenció la capacidad destructiva que puede alcanzar un ciclón sobre la Península.

A 24 años de aquel 22 de septiembre de 2002, Isidoro continúa presente en la memoria colectiva de Yucatán. Para quienes vivieron su paso, el nombre sigue asociado con horas de incertidumbre, viviendas dañadas, comunidades inundadas y pérdidas económicas, pero también con las labores de auxilio y la organización de una sociedad que tuvo que comenzar a reconstruirse una vez que el viento y la lluvia finalmente cedieron.

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