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Bepensa: 80 años de visión, familia y confianza en Yucatán

Hay inversiones que se miden en millones de pesos, empleos generados, metros cuadrados construidos o capacidad de producción. Y hay otras que, además de todo eso, cuentan una historia.

Por Rodrigo Menéndez Cámara · 7/9/2026 21:15
Bepensa: 80 años de visión, familia y confianza en Yucatán

Hay inversiones que se miden en millones de pesos, empleos generados, metros cuadrados construidos o capacidad de producción. Y hay otras que, además de todo eso, cuentan una historia.

La inauguración de la Planta Centenario de Bepensa en Valladolid, con una inversión superior a los 1,200 millones de pesos, más de 200 empleos directos y tecnología de última generación, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de esos números existen más de 80 años de trabajo, decisiones, riesgos, disciplina empresarial y, sobre todo, una visión familiar que ha sabido trascender generaciones.

Bepensa no se construyó ayer.

Lo que hoy vemos cristalizado en Valladolid es resultado de décadas de trabajo de una familia profundamente vinculada con Yucatán y con el desarrollo económico del sureste mexicano. Y hablar de esa historia obliga a hablar de los Ponce García: Fernando, Alberto y José Luis. Una generación que entendió algo fundamental: las empresas verdaderamente grandes no se construyen pensando únicamente en el siguiente trimestre, sino en la siguiente generación.

Ellos ayudaron a consolidar un proyecto empresarial que con el paso del tiempo dejó de ser solamente una compañía yucateca para convertirse en uno de los grupos empresariales más importantes surgidos del sureste de México. Pero quizá el mayor mérito de una familia empresaria no sea crear riqueza. Es conseguir que esa riqueza productiva sobreviva al paso de las generaciones. Ahí está una parte esencial de la historia de Bepensa.

Los hijos, es decir, las familias Ponce Díaz, Ponce Gutiérrez y Ponce Manzanilla han sabido recoger ese legado, profesionalizarlo, modernizarlo y proyectarlo hacia nuevas etapas. Porque heredar una empresa es relativamente sencillo.

Heredar una visión es mucho más difícil. Y hacerla crecer todavía más. Eso es precisamente lo que representa la nueva Planta Centenario de Valladolid. No estamos hablando únicamente de una nueva fábrica.

Estamos hablando de una inversión superior a 1,200 millones de pesos realizada cuando muchas empresas analizan con enorme cautela dónde colocar su capital.

Estamos hablando de una planta desarrollada bajo estándares de Industria 4.0, con procesos automatizados, inteligencia artificial, sistemas avanzados para el aprovechamiento del agua y una capacidad superior a 30 mil botellas por hora.

Pero, sobre todo, estamos hablando de confianza. Confianza en México, confianza en Yucatán y confianza en el futuro del sureste. Y eso merece reconocerse.

Durante demasiado tiempo hemos hablado del desarrollo económico mexicano como si prácticamente todo tuviera que ocurrir en Monterrey, Guadalajara, la Ciudad de México o el corredor industrial del Bajío.

Bepensa demuestra desde hace décadas que desde Yucatán también se pueden construir empresas de enorme dimensión.

Empresas capaces de competir. De institucionalizarse. De profesionalizarse. De cruzar fronteras. De generar miles de empleos. Y, al mismo tiempo, conservar sus raíces. Eso último me parece particularmente importante. Porque existen empresas que conforme crecen se alejan del lugar donde nacieron.

Bepensa ha hecho exactamente lo contrario. Ha crecido fuera de Yucatán sin dejar de invertir en Yucatán.

Hoy el grupo tiene operaciones que trascienden ampliamente nuestras fronteras y alrededor de 15 mil colaboradores, pero decide celebrar sus primeros 80 años haciendo algo profundamente simbólico: inaugurando una nueva planta en Valladolid. No en Mérida. En Valladolid. Y eso también tiene un enorme significado.

Uno de los grandes retos históricos de Yucatán ha sido llevar inversión, industria, empleos y oportunidades al interior del estado. Durante décadas, Mérida concentró buena parte del crecimiento económico y de las oportunidades laborales. La Planta Centenario demuestra que esa realidad puede cambiar.

Una inversión industrial de esta dimensión en Valladolid manda un mensaje a otros empresarios: el interior de Yucatán también puede ser tierra de grandes inversiones.

Ahí también debe reconocerse la coincidencia entre la iniciativa privada y el gobierno de Joaquín Díaz Mena. El desarrollo económico no debería tener colores partidistas.

Cuando un empresario invierte, genera empleos y apuesta su capital por Yucatán, el gobierno debe facilitar las condiciones para que pueda hacerlo.

Y cuando un gobierno genera confianza para que una empresa comprometa más de mil millones de pesos en el estado, también debe reconocerse. Así debería funcionar siempre la relación entre gobierno e iniciativa privada.

No como adversarios. Como actores distintos, con responsabilidades diferentes, pero indispensables para generar desarrollo.

Los gobiernos no sustituyen a los empresarios. Y los empresarios no sustituyen al Estado. Unos deben crear las condiciones y los otros convertirlas en inversión, empleo y crecimiento.

La nueva planta de Bepensa es un buen ejemplo de esa fórmula. Sin embargo, hay algo que me parece todavía más valioso detrás de esta inauguración. La continuidad.

En México conocemos demasiadas historias de grandes empresas familiares que desaparecieron después de la primera o segunda generación.

Conflictos familiares (sé de lo que hablo), malas decisiones, falta de institucionalización o simplemente incapacidad para adaptarse terminaron destruyendo lo que había tomado décadas construir. 

Bepensa ha logrado algo mucho más difícil: crecer sin romper su continuidad.

Los Ponce García construyeron. Las siguientes generaciones continuaron.

Los Ponce Díaz, Ponce Gutiérrez y Ponce Manzanilla han participado en la consolidación de un legado empresarial que hoy tiene una dimensión muy superior a la que seguramente imaginaron quienes comenzaron esta historia hace ocho décadas. Y eso habla de visión. Pero también habla de responsabilidad.

Porque cuando una empresa alcanza el tamaño de Bepensa deja de pertenecer solamente a sus accionistas en términos de impacto social. De ella dependen miles de trabajadores. Miles de familias. Proveedores. Transportistas. Pequeños comercios. Clientes. Comunidades enteras vinculadas directa o indirectamente con su actividad económica.

Por eso el éxito de una empresa de esta dimensión también termina convirtiéndose en parte del éxito económico de una región. Y por eso la inauguración de Valladolid merece ser vista más allá del tradicional corte de listón.

Es la fotografía de 80 años de trabajo. Es el resultado de quienes comenzaron, de quienes consolidaron y de quienes recibieron la responsabilidad de continuar. Fernando, Alberto y José Luis Ponce García forman parte fundamental de esa historia.

También Margarita, Juan Manuel, Fernando y Roberto Ponce Díaz, Ricardo y Alberto Ponce Gutiérrez así como José Luis, Ignacio y Esther Ponce Manzanilla, que han contribuido a cristalizar y proyectar ese esfuerzo hacia esta nueva generación.

Naturalmente, ninguna empresa alcanza esta dimensión únicamente por una familia. También están los directivos, ejecutivos, trabajadores y colaboradores que durante décadas han construido Bepensa todos los días. Desde quien toma las grandes decisiones de inversión hasta quien conduce un camión, opera una línea de producción, visita un cliente o administra una oficina.

Todos forman parte de la misma historia.

Pero detrás de una empresa siempre debe existir una visión. Y la de Bepensa ha sido extraordinariamente consistente: crecer, diversificarse, profesionalizarse y permanecer.

Ochenta años después, aquella empresa nacida en Yucatán es hoy un grupo con presencia internacional y uno de los grandes referentes empresariales del sureste mexicano. Y cuando una compañía llega a sus ocho décadas y decide celebrarlas invirtiendo otros 1,200 millones de pesos en la tierra donde comenzó su historia, el mensaje es contundente.

No está celebrando solamente su pasado. Está apostando por su futuro. Y también por el nuestro.

Por Yucatán.

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