Cuando la percepción también gobierna
Hoy los gobernantes administran dos mundos al mismo tiempo: el real y el digital.
Hoy los gobernantes administran dos mundos al mismo tiempo: el real y el digital. En uno construyen carreteras, hospitales, escuelas y leyes; en el otro compiten por la atención de millones de personas que forman su opinión a partir de una publicación, una fotografía o un video de apenas treinta segundos. La pregunta es: ¿en qué momento comenzamos a juzgar más la narrativa que los resultados?
Es bien sabido que en la política la forma de hablarle a la gente siempre ha sido importante, especialmente cuando se ocupa un cargo que está bajo el ojo permanente de la ciudadanía. Sin embargo, las redes sociales cambiaron por completo las reglas del juego. Ya no basta con gobernar; ahora también hay que saber explicar, responder y comunicar cada decisión.
Hoy vivimos en un mundo donde las redes sociales lo son prácticamente todo. Han transformado nuestra forma de vivir, de trabajar y, sobre todo, de informarnos. Con ello, la política también cambió. Es común que una persona vea en su feed un video de treinta segundos donde una figura pública critica a otra y, sin buscar mayor contexto, forme una opinión definitiva. Esa es la realidad de nuestra época: muchas veces pesa más la fotografía o el título que la información completa.
Pero sería un error pensar que esto es completamente negativo. Gracias a las redes sociales, muchas administraciones han encontrado nuevas formas de acercarse a la ciudadanía, escuchar propuestas, informar sobre sus acciones e incluso recibir críticas de manera directa. Del otro lado, los ciudadanos también tienen una oportunidad que antes no existía: expresar lo que ocurre en su comunidad y exigir resultados de manera inmediata.
Sin embargo, esa cercanía también abre una problemática mucho más grande: ¿importa más hacer las cosas bien o hacer que la gente crea que se hicieron bien?
La respuesta debería ser que ambas cosas son importantes. Un gobierno que no comunica difícilmente logrará que la ciudadanía conozca sus resultados. Pero un gobierno que solo comunica y descuida los hechos terminará sosteniéndose únicamente sobre la percepción.
La política siempre ha tenido algo de espectáculo. Los funcionarios no solo deben defender las ideas que proponen, sino también transmitirlas de una manera que conecte con la población. La diferencia es que nunca había sido como hoy. Ahora deben librar una batalla en dos frentes: el mundo real, donde se toman decisiones, se construyen obras y se elaboran políticas públicas; y el mundo digital, donde cada declaración compite por unos segundos de atención.
Y esa realidad no solo alcanza a quien gobierna. Para la oposición también resulta más sencillo construir una narrativa mediante videos virales, publicaciones o foros digitales. Hoy una percepción mal manejada puede hacer tanto daño como una mala decisión. Si quien gobierna no logra explicar los hechos con claridad y oportunidad, alguien más lo hará por él.
A esto se suma otra arma de doble filo: la velocidad. El internet nos ha dado acceso inmediato a casi cualquier tipo de información, pero también ha generado una competencia permanente por ser el primero en responder, informar o fijar una postura. El problema no es la rapidez; el problema es que, muchas veces, esa rapidez deja de lado el análisis.
Al final, comunicar también forma parte de gobernar. El verdadero reto es no confundir una herramienta con el objetivo. Las redes sociales pueden acercar a los gobiernos con la ciudadanía, fortalecer la rendición de cuentas e incluso enriquecer el debate público. Pero nunca deberían convertirse en el sustituto de los resultados. Porque un video viral puede ganar una conversación durante unos días, pero las obras, las decisiones y las políticas públicas son las que terminan definiendo la historia de un gobierno.