El dinero también construye.
La inversión de Bank of America en infraestructura digital y energética marca un estándar que México y América Latina no pueden ignorar
A pesar de que esos recursos no necesariamente cruzarán el muro fronterizo, creo que tendrán un impacto en México y en América Latina ya que una inversión de esta magnitud puede acelerar la demanda estadounidense de tecnología, manufactura, componentes, minerales y servicios especializados, reconfigurando cadenas de suministro y generando oportunidades para países integrados a ellas. Pero, sobre todo, puede elevar el estándar de lo que significa preparar una economía para competir en la nueva era industrial.
La lección para nuestra región es todavía más importante. Necesitamos movilizar mucho más capital hacia infraestructura y hacerlo con visión estratégica.

No se trata simplemente de construir más. Se trata de decidir qué infraestructura necesitamos para ser más productivos, resilientes y sostenibles. Redes eléctricas capaces de soportar una economía cada vez más digital. Generación y almacenamiento de energía. Agua. Conectividad. Centros de datos. Transporte. Infraestructura logística. Y sistemas capaces de integrar nuevas tecnologías sin quedar obsoletos antes de recuperar su inversión.
También importa qué proyectos reciben el financiamiento. La infraestructura debe evaluarse por su capacidad para crear valor económico y social en el largo plazo. Debemos favorecer la innovación, la eficiencia energética, la reducción de emisiones, la resiliencia climática y la inclusión, sin convertir la sostenibilidad en un simple adjetivo.
México no parte de cero. El gobierno ha anunciado un programa de inversión en infraestructura de 5.6 billones de pesos adicionales hacia 2030, que incluye proyectos de energía, agua, carreteras, trenes, puertos y aeropuertos. El reto es convertir esas intenciones en proyectos ejecutables, con planeación de largo plazo, estudios técnicos, reglas claras, permisos oportunos, estructuras financieras viables y certidumbre jurídica y regulatoria.
Mientras tanto, los apagones que siguen apareciendo en distintas regiones del país nos recuerdan que la infraestructura no puede esperar. No son solamente una molestia para los usuarios, sino que son una señal de vulnerabilidad que puede traducirse en pérdida de productividad, retraso o incluso cancelación de inversiones, y oportunidades que se desplazan hacia otros territorios.
Es necesario evolucionar desde el anuncio que contiene cifras espectaculares, hacia la cifra real de capital que somos capaces de movilizar y convertir en infraestructura que funcione.
Gobierno, empresas, instituciones financieras y academia tienen aquí una responsabilidad compartida. El sector público debe generar certidumbre y visión; el privado, invertir e innovar; el financiero, diseñar instrumentos que hagan viables proyectos de largo plazo; y la academia, aportar conocimiento, talento y capacidad de evaluación.
Los 250 mil millones de dólares anunciados en Estados Unidos son, en realidad, una llamada de atención para todos. En el siglo XXI, la infraestructura no será solamente el soporte de la economía, será una de sus principales ventajas competitivas.
Tenemos que estar preparados para construirla, ¡Y lo estaremos!
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Mérida, Yucatán a 15 de agosto de 2026
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