Opiniones

Fragmento de elegancia

Por Carlos Bojórquez Urzaiz · 18/7/2026 14:58
Fragmento de elegancia

(Ilustración Paloma Milla)

Por Carlos E Bojórquez Urzaiz

La elegancia es una suerte de flor que abre sus pétalos sin prisa, refresca el alma, la prepara para la sencillez, sobre todo si la abrazamos sin afeites ni mascarillas. Se mira transparente cuando su color presagia el alivio de

llevarse a los ojos una festividad que nos abraza como agua fresca, sin

sofocarnos tanto y remojando la sensatez hasta la orilla de las mares. La he visto llegar portando alpargatas, vistiendo manta cruda o ropa de gala, sin hacer ruido, luminosa y sin perder la calma. Su imperio está en la palma real, erguida como mirando el cielo, pero entona su melodía en el balconcillo más alto y se ciñe al raigón de la casa, a la raíz que nos sujeta a la morada que nos vio nacer. A veces se presenta ante todos pálida, incluso algo deslucida, pero en un instante supera su reparo porque el brillo, el resplandor que la caracteriza, le brota de las entrañas y no de la finura del vestido o los encajes.

Es arbolada, verde y húmeda como las tardes de mayo que acumulan lluvias para regar la tierra seca. Y cuando la elegancia deviene palabra, acuarela o canto, en ella se eterniza la esencia de los ojos que acarician el hilo liviano que advierte la belleza.

Quizás alguna vez habitó el pórtico de los poemas de Leopoldo Lugones, el poeta argentino heredero de Rubén Darío que supo exceder las

fronteras impuestas al Modernismo por el gran nicaragüense, o por su fundador José Martí. De Lugones recuerdo este fragmento que resume su tributo a la elegancia:

Deja caer las rosas y los días una vez más, segura de mi huerto.

Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto, mejor perfuman cuando son tardías…

La elegancia, vista de esta mamera, deja de ser un asunto de etiquetas,

modas pasajeras o superficialidades, y se convierte en una postura ética y estética ante la vida. Es el reconocimiento de nuestra propia dignidad y del valor que otorgamos al entorno y a los demás. Es, como alguna vez insinuó Pablo Neruda: un enrome tributo del ser, la manifestación exterior de un respeto interior por lo humano. Cuando la entendemos como asunto de todos, se transforma en la responsabilidad compartida de habitar el mundo con gracia, pulcritud de espíritu y consideración, buscando la belleza no solo en lo que vestimos o miramos, sino en la manera en que nos conducimos y nos relacionamos.


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