Opiniones

Hipocresía

No tiene la culpa Andrés

Por Jorge Valladares Sánchez · 29/05/2023 00:00
Hipocresía

Por: Jorge Valladares Sánchez.*

En Facebook y en Youtube: Dr. Jorge Valladares. 

Hipocresía
No tiene la culpa Andrés

Hace ya un par de años compartí, en este amable espacio que nos brinda La Revista, que al fin caí en cuenta de la veracidad de aquella frase: “Estaríamos Mejor con López Obrador”, que a modo de consuelo propio y promesa (en su segundo intento del sueño de ser Presidente) repetían con ahínco sus agentes promotores, luego de haber perdido por menos del 1%.

Resultó muy efectiva; por lo que la volvieron a usar en la siguiente campaña, como hacen los súper creativos de ese quehacer, que nos refríen el naranja “na-na-na-na-ra” o las tres falaces, recurrentes y únicas propuestas verdes para el congreso, al ver que “pegan”. Sólo que para ese refrito, ya López y otros luchadores del momento habían logrado que la ley electoral prohibiera ciertas prácticas abusivas y anticipatorias, lo cual en ese momento sí importaba y se les revirtió, así que tuvieron que ajustar a “Estaríamos Mejor… con Ya Sabes Quién”; y, en efecto, todos sabíamos quién.

En mi caso no fue lentitud, ni falta de atención, lo que me dilató creerle; sino que tuve que ver cumplirse su deseo de ser electo Presidente y suceder su realidad de no tener la menor intención de ejercerlo, a la par que la desaparición de cualquier forma sensata de oposición, para entender que, efectivamente, desde hace más de cuatro años México estaría mejor con López Obrador, si aún fuera opositor.

Cualquier otro/a aspirante o candidato estaría en mejores condiciones de capacidad para gobernar para todo México y más deseoso de servir en ese rol dentro de lo legal y lo moral para nuestra nación. Y no es que haya habido alguna gran opción en esas contiendas, ni que la historia de México nos alcance para aspirar a algo “mejor” (que significa más bueno que lo bueno); sino que el nivel de ensimismamiento de Andrés rebasa todo pronóstico, toda sensatez y todo intento de poder llamarle con propiedad Presidente de México por algo distinto a usar la silla principal (significado literal de la palabra) y haber recibido de las autoridades electorales y el Congreso papelitos que indican que en efecto, millones lo querían allí y creyeron (y miles aún creen) que algo podría cambiar para bien.

Para lo que sí ha resultado excelente es para consolidar lo que ya desde el siglo pasado hacía bastante bien, y en estos años, con todos nuestros recursos a su capricho y disposición, puede ejecutar a “nivel Dios”, como se dice ahora. ¡No!, aunque también lo haga magistralmente, no me refiero a vivir bien sin trabajar o producir nada; ni a usar los recursos de otros o de muchos a su gusto sin rendir cuentas; ni a despedazar con palabras a quien sea; ni a negar realidades por demás evidentes; ni a hacer creer que lo que se le ocurra decir es verdad, sin presentar prueba alguna; ni a hablar solo, tenga a quien tenga enfrente; ni a denigrar la labor de quien sea y señalar que no se necesita ciencia para hacerlo, pues él con una ocurrencia lo resolvería; ni siquiera a disponer de las estructuras, traicionar y apartar a cualquier persona o grupo cuando no le den lo que pida.

A lo que me refiero es a su indudable, permanente y asfixiante capacidad para imponer la agenda, jerga y “narrativa” de lo político, social y mediático. Lo hacía como candidato desde sus inicios, lo controla a cabalidad en este sexenio. Con solo un par de horas de programa de lunes a viernes tiene a todos los medios, opinantes y comentaristas enfocados en sus ocurrencias; sean aparentes decisiones o simples alabanzas o acosos a quien sea. De hecho muchos programas abiertos o en internet y publicaciones diversas giran exclusivamente en torno a tales contenidos.

Tiene a académicos, investigadores, especialistas e intelectuales listos a explicar, corregir, suavizar, contextualizar o demostrar a favor o en contra cualquier ocurrencia; sea sobre algo que realmente tiene continuidad en el hacer de las instituciones o algo que se mencione de manera aislada, por su estado de ánimo.

Tiene a la generalidad de la “opinión pública” dispuesta a publicar o responder a diario comentarios en las diversas redes electrónicas a lo que sea que se diga de la ocurrencia del día; con una pasión y certeza, en ambos sentidos, que ya quisieran lograr de vez en cuando muchos publicistas y mercadólogos.

Tiene a prácticamente todos los políticos perennes, a funcionarios de los distintos ámbitos y localidades, a autoridades (excepto las que deberían resolver los temas), a asociaciones civiles y destacados integrantes de diversos sectores pegados a los temas, frases, insultos, disimulos, amenazas y promesas que repite o juguetea según su estado de ánimo o la barbaridad ocurrida el día anterior en algún lugar del país.

Que 30 millones (o 21 o 15 o los que sean) de compatriotas, que le creen o simpatizan o se sienten efectivamente mejor que en cualquier otro sexenio por la causa que sea, le consideren Presidente o valoren positivo sus haceres y decires, o le justifiquen sus desatinos, o le sigan sus arengas, es perfectamente entendible, respetable y lamentable.

Pero que cualquier persona que no, o que con toda claridad piensa exactamente lo contrario y desearía que esto jamás hubiera pasado, le dedique su tiempo y emociones a alguien como él, sí requiere una explicación científica, social o al menos consoladora o catártica, más allá de que “es el Presidente o es nuestro México el que está destruyendo”.

Y es que no es el primero que falla, traiciona, miente, infringe, dilapida, evita, ignora, ofende, encubre, persigue, destruye, humilla o manipula. Decenas lo han hecho en el pasado y podemos, con dificultades pero podemos, hallar ejemplos de alguien que lo haya superado en esta o aquella de esas acciones indeseables. Efectivamente no es como los anteriores, ha resultado, en global, ser el peor de todos.

¿Cómo puede tener tanto adepto entre la gente, tanto inepto sostenido a su servicio; tanto efecto en la cotidianidad y tan perfecto dominio sobre cualquier otro agente de la vida pública, a pesar de tanto defecto en el cumplimiento de la función para la que fue electo?

Se han ensayado, entre tanta atención que le brindamos, incipientes explicaciones culturales, sociológicas, psicológicas, políticas y hasta musicales. Pero ni avanzan a un punto de tener la base científica que las haga técnicamente correctas, ni cumplen con la empírica predictibilidad para utilizarlas y entender a cabalidad el espectro de ocurrencias a las que nos mantiene atentos.

Se ha hablado de nuestra cultura o sociología, su mesianismo, su perfil, su eco en la conciencia de nuestra gente frente a nuestra historia, su lenguaje, la esperanza ofrecida, el hartazgo y el desamparo aprendido a nivel social.

Políticamente ya cansa escuchar de su populismo, tiranía, modelos dictatoriales y exitoso uso de la polarización, pasando por el real, pero acostumbrado, desapego de la gente hacia cualquier opción política alternativa y la corrupción y torpeza habitual de los partidos políticos y sus actores.

Psicológicamente se han usado desde la torpe etiqueta de locura (en la personalidad) o la idiotez (tanto en su sentido intelectual, como en su etimología griega y romana), hasta categorías más evidentemente descriptivas como megalomanía, narcisismo, agresividad, delirio, paranoia, autoritarismo y bipolaridad, Y moralmente… soberbia, oportunismo, mentira compulsiva, perversión, rencor…

Pero ninguna explicación alcanza a cubrir un desempeño tan persistente, consistente, estridente, inescrupuloso, inteligente, carismático, onmipresente y carente de empatía o conciencia. Bueno, Chico Ché, sirve bastante, pero sigue faltando.

Hay quien ha dicho con una obviedad que en otros terrenos es funcional: “deja de ponerle atención, ya se le acabará el periodo, como a todos, y ocúpate de tus temas para no estar haciendo bilis”. Hay quienes desde una postura más propositiva han pedido que nos enfoquemos en señalar los temas relevantes y exigir se atiendan; pero sus ocurrencias priman sobre cualquier llamado a cumplir o exigencia de derechos o respuestas; y por supuesto, sobre cualquier intento de poner un tema adicional en la agenda o llamar a una concordia entre mexicanos/as para dejar de ser objeto de su “a favor o en contra” de “MI” transformación, nombre con el que cree articular sus ocurrencias.

Tenemos contados ejemplos de excepciones de periodistas que hayan insistido en preguntarle y repreguntarle lo que no responde, de políticos que sepan capitalizar socialmente sus fallos y mentiras, de funcionarios que hayan logrado contener su forma de ignorar el derecho y los derechos, de grupos que hayan protestado ante sus excesos, de afectados que le hayan enfrentado. Pero solo eso, esporádicos casos, cuando ya empezábamos a creer en sexenios previos que podíamos tener periodistas sagaces, defensores de derechos humanos, ecologistas activos, políticos que rompían las formas, leyes que contralaran algunas casos extremos de abusos y corruptelas, órganos autónomos y organizaciones de la sociedad civil que avanzaban en sus causas.

Nos sobran ejemplos semanales de funcionarios y poderes que se someten, de corruptelas sin consecuencias, de gastos y desvíos grotescos, abusos dejados pasar, de insultos tomados con timidez, respeto y/o tolerancia, de incumplimientos que solo se convierten en memes, de violaciones al derecho que quedan impunes… Y seguimos hablando de entenderle, de que escuche o reflexione, de predecir lo que es capaz de hacer, de reclamar a “la oposición” sus limitaciones y de esperar que “la ciudadanía” le juzgue, le contenga o le cobre.

Aporto, como punto de corte, sin pretender explicar ni resolver, la variable principal que me sirve para organizar hoy todo esto y me da luz sobre la forma disponible de reaccionar o accionar ante tanto: la Hipocresía. Característica central del funcionamiento psicosocial de Andrés, del actuar del séquito que a su alrededor ocupa una importante fracción de los puestos de gobierno y de una cantidad considerable de agentes sociales.

Conceptualmente, la hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Algo que alguna vez o frecuentemente puede haber realizado quien lee, quien escribe y cualquier persona. Característica que, cuando se establece como un rasgo del funcionamiento de una persona, pasa del engaño que logra en momentos iniciales a la identificación de patrones por parte de la persona con funcionamiento hipócrita.

La falsedad de actitudes es el núcleo. Es decir una inconsistencia reiterada entre lo que se piensa, dice, siente y hace. Se asienta sobre la rutina de resaltar valores, acciones e ideas deseables y positivas, que se contrapone a conductas que sólo están encaminadas a sus objetivos y se acompaña, hasta donde sea posible, del intento de mantener convencidas de sus buenas intenciones a todas las personas que no han descubierto su naturaleza hipócrita.

En general, quien actúa con hipocresía sabe lo que está falseando, pero considera que el fin justifica ese actuar y decir. En casos extremos, como el que nos ocupa, puede llegar a establecerse como un auténtico rasgo de personalidad, en el que se mantiene el equilibrio psicológico mediante la anulación de la conciencia de esa ruptura entre las acciones, ideas, emociones y palabras. El hipócrita patológico: se llega a creer a sí mismo, llega a pensar que es congruente e íntegro, haga lo que haga. Otros mecanismos de defensa como la departamentalización, la proyección, la negación o la racionalización ya no bastan, y dejan de ser necesarios, la estructura psíquica declara que haga lo que haga hay integridad y honestidad, y por supuesto bondad y grandeza.

Y entonces, Andrés pudo protestar cumplir la Constitución y dedicarse a ignorarla y pasar sobre ella. Puede afirmar que está transformando algo que sigue igual en muchos aspectos o peor en otros varios. Puede celebrar que ya no hay corrupción, ¡je! Puede reírse de las masacres. Puede decir que le “da mucho gusto” no lograr imponer a un funcionario, o que alguna autoridad revierta alguno de sus abusos o errores, o que no se levante a hacerle reverencia, y explicar eso como un éxito propio. Puede declarar a su gobierno feminista y descalificar, contener con lujo de fuerza y menospreciar a mujeres. Puede insistir en que “primero los pobres”, mientras aumenta en millones su proporción social. Puede decir que gobierna bien, mientras solo regala dinero y ejerce caprichos. Puede hablar de separación de poderes cuando el Congreso le pasa en minutos una iniciativa sin cambiarle una coma. Puede hablar de “corruptazos” en el poder judicial que le corrige un acto autoritario o ilegal. Puede absolver a quien él diga, aunque sea evidente su falta, y juzgar y condenar de inmediato a quien se le oponga. Puede llamar transparencia a su soliloquio mañanero y asegurar el mundo ideal impidiendo que funcione el INAI. Puede seguir llamándose demócrata mientras controla abiertamente lo electoral y va aniquilando las garantías democráticas. En fin, ya saben, para qué llenar esta hoja de lo que vemos a diario. Puede eliminar lo que sea en nombre de la corrupción reinante, no perseguir a nadie, no demostrarla, y tampoco explicar el nuevo destino de los recursos que recaba en esos actos.

Cuando nos toca observar en vez de actuar hipócritamente, tendemos a creer al principio. La repetición, las señales incongruentes, los daños o el descubrimiento de las traiciones nos hacen descubrir el engaño. Incluso podemos justificarlo, porque “todos lo han hecho alguna vez”.

Pero ante una personalidad dominada por este rasgo es difícil escapar entre dos formas de reacción. Ambas están relacionadas con una forma psicológica de funcionar que tenemos los seres humanos: evitar la disonancia cognoscitiva. Usamos una parte importante de nuestra energía para que tenga sentido, o francamente coincida, lo que vemos con lo que entendemos y sentimos de otros, y lo que hacemos con lo que pensamos y sentimos nosotros mismos.

Si es una persona que nos provoca afecto positivo o con la que tenemos una relación de conveniencia tendemos a mirar sin ver o justificar y creer que es positivo su actuar. En especial si es tan consistente y sus palabras suenan justo a lo que queremos tener. Mantenemos la esperanza, la confianza y le atribuimos a la realidad, a otras personas a nuestras expectativas la incongruencia entre lo que vemos y lo que entendemos.

Si es una persona por la que no tenemos afecto positivo o cuyas acciones nos dañan, tendemos a visualizar o predecir el fin de su actuar dañino o el castigo que recibirá; si llega, eso nos devuelve la tranquilidad y pasamos la página; el problema es cuando ese actuar continua y se incrementa ante nuestra impotencia. Buscamos entonces con las palabras y las reacciones emocionales o conductas repetitivas controlar el efecto de tal amenaza, agravada por lo horrible de la sensación de impotencia. Incluso podemos llegar al punto de valorar positivamente un día de inacción o en el que el daño no sea dirigido a uno; empezamos a alucinar con que va a entender, que va a cambiar, y a actuar para ello en vez de contraatacar o apartarnos.

No tiene la culpa Andrés, él sólo es como es. Bueno, desde una moral social sí, pero en su moralidad personal “él está actuando bien”, tan bien como Juárez o Madero y no es capaz de sentir culpa, ni otras cosas que muchas personas sentimos ante lo que hacemos y daña. Él sólo está siendo él, en cada mañana, por las horas que dure su soliloquio y en alguna otra ocurrencia del día.

Su séquito sí tiene culpa, pues esa hipocresía personal de él, se ve complementada por actuar hipócrita recurrente, al que estábamos acostumbrados en la generalidad de los/as políticos, pero que ahora se ha hecho permanente e incluso más descarado.

La “oposición” sí tiene culpa, pero ¿en qué sexenio eso le ha importado a político de oposición alguno/a? O ¿cuántos opositores poderosos podemos identificar en nuestra historia? Algunas de las personas más identificables como opositores son francos hipócritas habituales, aún si no llegan a los niveles de Andrés, y es bien poco lo positivo que la ciudadanía puede esperar. Y muchos son ineptos. Valiente caballada.

E insisto, la ciudadanía no, no tiene la culpa. No se nos puede culpar de funcionar como cultural y socialmente hemos funcionado por décadas, pues nuestra capacidad de involucración y organización se encuentran en niveles bajos para la cuestión política, a pesar de destacados ejemplos de organizaciones ciudadanas que trabajan bien por sus causas particulares. La ciudadanía ya pagó y paga cada día porque el Presidente, todos los funcionarios/as e instituciones hagan bien lo que cobran (y muy caro) por hacer; es deshonesto e inútil exigir a la ciudadanía que además tenga que dejar de hacer lo necesario para vivir y se ocupe de ir a hacer que funcionarios y políticos dejen de fallarnos.

Termino parafraseando un dicho de esos que hemos ido superando: no tiene la culpa Andrés, sino lo que estás viendo y no ves. Él sólo actúa como es y ejerce su trabajo tan mal como miles de otros funcionarios; el problema es evidente: lo dejamos ser Presidente. Y no hay en la ley, ni entre quienes cobran por ser oposición, forma de controlar los efectos de su forma de ser, que se magnifican por tener a su disposición todos nuestros recursos.

Así que tenemos, como ciudadanía, sólo dos caminos:

- aguantar a que se renueve el juego en el siguiente sexenio y pensarle un poco más al emitir nuestro voto; o

- ejercer o apoyar liderazgos que vean con claridad y sean capaces de integrar ley, presión y colaboración para activar, contener o enderezar algún punto que nos afecte personal, familiar o comunitariamente.

---------------------------------
*Jorge Valladares Sánchez
Papá, Ciudadano, Consultor.
Representante de Nosotrxs en Yucatán.
Doctor en Derechos Humanos.
Doctor en Ciencias Sociales.
Psicólogo y Abogado.

Ver en La Revista Peninsular →
© 2026 La Revista Peninsular