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Jorge Carlos Zoreda Novelo ¡Yucateco universal!

Arquitecto, maestro y autor del Centro Cultural Olimpo, Zoreda Novelo marcó para siempre la arquitectura yucateca contemporánea

Por Tomás Zapata Bosch · 14/10/2026 13:30
Jorge Carlos Zoreda Novelo ¡Yucateco universal!

Yo no tuve la fortuna de conocer personalmente al arquitecto Jorge Carlos Zoreda Novelo, pero le guardaré siempre un agradecimiento profundo y permanente. Fue amigo, maestro y mentor de mi hijo Roberto, y eso, para un padre, tiene un valor difícil de explicar. Roberto mantiene además una entrañable amistad con Gabriel, hijo del arquitecto, de manera que la figura de don Jorge nunca me fue distante. Lo conocí, de algún modo, a través de aquello que dejó sembrado en quienes estuvieron cerca de él: enseñanza, generosidad, afecto, disciplina y respeto por una profesión que ejerció con enorme dignidad. Su muerte representa mucho más que la desaparición de un profesionista destacado. Con Jorge Carlos Zoreda se va uno de los hombres que ayudaron a construir una etapa fundamental de la arquitectura yucateca contemporánea. Formó parte de la primera generación de arquitectos egresados de la Universidad Autónoma de Yucatán, en 1978, y desde entonces su trayectoria quedó ligada tanto a la enseñanza como al ejercicio profesional y a la vida gremial. Llegó a presidir el Colegio Yucateco de Arquitectos y durante décadas fue referencia obligada para varias generaciones de estudiantes y profesionistas. Pero quizá lo más interesante de su legado es que nunca entendió la arquitectura como una actividad encerrada entre planos, muros y materiales. Para él, construir significaba intervenir en la ciudad, dialogar con la historia, respetar el entorno y asumir una responsabilidad social. Esa visión explica por qué muchas de sus obras trascendieron el valor meramente funcional y se convirtieron en parte del paisaje cotidiano de Yucatán y de otras regiones del país. Ahí está, por ejemplo, el Centro Cultural Olimpo, en pleno corazón de Mérida, una obra particularmente compleja por el sitio en el que fue concebida. El reto era enorme: intervenir en uno de los espacios históricos más representativos de la ciudad sin falsificar el pasado ni imponer una arquitectura ajena al entorno. El resultado fue una obra que dialoga con la Plaza Grande y con el Palacio Municipal y que, con el paso de los años, terminó formando parte natural de la memoria urbana de Mérida. Su huella también quedó en el campus de la Universidad Marista de Mérida, desarrollado junto con Mario Peniche López y Javier Muñoz Menéndez, y reconocido por su calidad arquitectónica. Participó igualmente en obras como el Teatro del Bicentenario de León, Guanajuato, la Escuela de las Artes de esa misma ciudad, espacios educativos, culturales, hoteleros y corporativos, además de numerosos concursos y proyectos nacionales. Su trabajo alcanzó reconocimiento dentro y fuera de Yucatán, pero nunca perdió el vínculo con la identidad peninsular. Jorge Carlos Zoreda perteneció a una generación que supo entender algo esencial: que la arquitectura yucateca no podía quedarse atrapada en la nostalgia. La tradición debía respetarse, sí, pero también reinterpretarse. La piedra, la luz, la sombra, los volúmenes, la herencia maya, la escala y el clima podían convivir con un lenguaje contemporáneo sin caer en la copia ni en el folclorismo. Esa manera de pensar explica buena parte de la fuerza y permanencia de su obra. Sin embargo, la arquitectura construida no es necesariamente la parte más importante de su legado. Hay otra obra, menos visible pero quizá más profunda: la que dejó en sus alumnos. Durante años, muchos jóvenes arquitectos encontraron en él no solamente a un profesor, sino a un verdadero maestro. Un hombre capaz de corregir, orientar, exigir, explicar y compartir. Javier Muñoz Menéndez, hoy uno de los arquitectos yucatecos de mayor reconocimiento, inició parte de su formación profesional trabajando a su lado. Mi hijo Roberto también recibió de Jorge Carlos Zoreda consejo, amistad y enseñanza. Eso dice mucho de la dimensión humana de un hombre que entendió que el conocimiento no sirve de mucho si no se transmite. Ahí está quizá la razón por la cual hoy tantas personas hablan de él con afecto y respeto. No solamente por lo que construyó, sino por la manera en que trató a quienes lo rodearon. Quienes lo conocieron coinciden en describirlo como un hombre generoso, amable, sencillo, educado y dispuesto a compartir lo que sabía. Y esas cualidades, que pudieran parecer secundarias frente a una trayectoria profesional tan amplia, son precisamente las que terminan definiendo la verdadera estatura de una persona. En 2024 recibió la Presea Oro de la Federación de Colegios de Arquitectos de la República Mexicana. Era un reconocimiento importante para una carrera que ya había dejado huella, pero sospecho que para él debía tener más valor entrar a un edificio construido años atrás y comprobar que seguía vivo, funcionando, siendo utilizado por la gente. Porque ése es finalmente el examen más duro para cualquier arquitecto: el paso del tiempo. Jorge Carlos Zoreda dejó escrita una reflexión que hoy parece adquirir un sentido casi premonitorio: “A la gente la vas a conocer por sus obras, por lo que deja”. Y después agregó que si las obras permanecen en el tiempo, la gente recuerda. Tenía razón. La obra de un arquitecto permanece en los edificios, pero también en las ciudades que ayudó a transformar, en los espacios que miles de personas hacen suyos todos los días y en los estudiantes que aprendieron a mirar de otra manera después de escuchar a un maestro. En ese sentido, Jorge Carlos Zoreda dejó mucho. Yo no pude conocerlo personalmente, pero conozco parte de lo que significó a través de mi hijo. Y eso me basta para sentir hacia él una gratitud sincera. Un padre nunca olvida a quien ayudó a formar, orientar y acompañar profesionalmente a uno de sus hijos. Por eso hoy mi reconocimiento no nace solamente del respeto a su trayectoria, sino también de una deuda profundamente personal. Yucatán pierde a uno de sus grandes arquitectos, pero también a uno de esos maestros cuya influencia termina siendo mucho más grande que cualquier edificio. Porque los edificios pueden cambiar, restaurarse, transformarse o incluso desaparecer. Pero lo que un verdadero maestro deja en los demás, eso suele durar mucho más. Descanse en paz, arquitecto Jorge Carlos Zoreda Novelo.

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