Opiniones

Las costuras del retablo azul

Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz

Por Carlos Bojórquez Urzaiz · 28/8/2026 16:24
Las costuras del retablo azul

En la blanca Mérida, la fe política suele vestirse de almidón al doblar las campanas de domingo, pero los retablos del PAN yucateco crujen hoy bajo el peso de sus propias contradicciones.

La derrota 2024 no fue un vendaval ajeno, sino un incendio interno alimentado por la vanidad de sus patriarcas terrenales. Para un partido que hizo del moralismo su bandera y dogma, el recuento de sus daños expone una paradoja bíblica: la soberbia con la que dilapidaron su hegemonía.

El colapso de esta catedral de poder tiene rostros y nombres trazados en el retablo de las traiciones: un gobernador que imaginó Yucatán como el trampolín perfecto para su coronación nacional, que prefirió la gloria de los aplausos antes que asegurarse que en el templo local las cosas marcharan bien.

Su estilo de gestión- si alguna- dejó huérfana la estructura territorial. En la acera de enfrente, un personaje que encarnó la ambición del heredero impaciente. Su candidatura a la gubernatura, pretendido broche de oro tras tres alcaldías capitalinas chocó de frente contra la frialdad de los feudos y la fatiga de un electorado agotada por la larga noche neoliberal. Entre ambos se fracturó el espejo: donde debía haber comunión, brotó el cálculo; donde se prometía fraternidad, reinó la desconfianza entre facciones que fragmentaron al panismo en feudos inexpugnables.

Para amortiguar la caída o acaso tratar de maquillar la brecha, la cúpula apeló a la estirpe y al linaje tradicional. Ahí emergió una figura sonriente, enviada a salvar el bastión meridano en ruinas. Sin embargo, su sombra familiar devolvió al escenario a un fantasma que los yucatecos creían enterrado.

La reaparición de un exgobernador de ingrata memoria entre los yucatecos despolvó viejas rencillas y revivió el fantasma de aquel panismo soberbio, de mano dura y tufo patrimonialista que el estado padeció en los albores del siglo.

El regreso de los apellidos dinásticos demostró que, en horas de catástrofe, el partido prefirió la casta política antes que la renovación. ¿Cómo explicar este carnaval de enconos a la luz de las moralinas que tanto dicen profesar? El credo político del PAN yucateco se reveló como una fachada de cal, como una escenografía moral que se derrumba al primer contacto con la tentación del poder terrenal.

Olvidaron el principio fundamental de la humildad y la entrega al prójimo para entregarse al culto del ego y la parcela. La compasión predicada en los púlpitos no encontró espacio en las mesas de negociación, donde los puñales se velaron en silencio. El PAN en Yucatán enfrenta hoy el ajuste de cuentas con su propia historia. Sus líderes, cegados por la ilusión de la eternidad en el poder, cayeron en la prueba del desierto. Sin el control del estado y con la capital bajo constante asedio, la feligresía azul descubre con amargura que sus pastores no peleaban por la salvación de la grey, sino por el reparto de los panes.

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