Se puede dudar sin profanar
Un ataque contra el santuario de Medjugorje reabre el debate sobre los límites de la libertad, la intolerancia religiosa y el respeto a las creencias ajenas.
Hay quienes verán el ataque contra el santuario de Medjugorje como una agresión contra el catolicismo. Yo creo que fue algo todavía más grave: un ataque contra la libertad de creer.
En la madrugada de hoy, 28 de julio de 2026, el santuario mariano ubicado en Bosnia y Herzegovina fue escenario de un acto vandálico. El altar exterior de la iglesia fue incendiado y la imagen de la Virgen apareció cubierta con pintura negra junto a la frase “Devil in a skirt” (Diablo en falda). Además, fueron colocados mensajes en los que se acusaba de fraude a los videntes de la Virgen de Medjugorje.
Hasta ahora, los reportes apuntan a que un ciudadano polaco, identificado como Bartłomiej W., que fue detenido como principal sospechoso. Lo curioso es que, según diversos medios europeos, el hombre había visitado ese mismo santuario como peregrino en 2017. En aquel entonces buscaba paz, compartía mensajes positivos sobre su experiencia e incluso hablaba de cómo ese viaje había marcado su vida. Nueve años después, es señalado por atacar el mismo lugar al que alguna vez acudió buscando consuelo.
Sin embargo, más allá de quién sea el responsable, lo verdaderamente importante es lo que este hecho representa.
Medjugorje ha sido objeto de debate desde hace más de cuatro décadas. Hay creyentes convencidos de las apariciones, hay escépticos y también existe la postura prudente de la propia Iglesia, que permitió oficialmente las peregrinaciones por los frutos espirituales del lugar sin pronunciarse sobre el carácter sobrenatural de las apariciones.
Y eso está bien.
Porque el problema nunca ha sido dudar. Cualquier persona tiene derecho a investigar, cuestionar o incluso negar aquello en lo que otros creen. Esa es precisamente una de las bases de una sociedad libre.
El problema comienza cuando el desacuerdo deja de expresarse con argumentos y se transforma en violencia.
Nuestra libertad termina donde comienza el derecho de los demás a vivir la suya.
Profanar una imagen religiosa no demuestra que una creencia sea falsa. Incendiar un altar no convierte una idea en equivocada. Esos actos únicamente evidencian la incapacidad de defender una postura mediante el diálogo y el respeto.
Y este problema trasciende cualquier religión. Hoy puede tratarse de una imagen mariana; mañana puede ser una mezquita, una sinagoga, un templo budista o incluso un monumento histórico. Cuando una sociedad empieza a justificar la agresión, esta deja de defender la libertad y comienza a normalizar la intolerancia.
Se puede cuestionar una religión. Se puede debatir una aparición. Incluso se puede negar una creencia. Lo que nunca podrá justificarse es responder a una idea con fuego, pintura y odio.
Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que todos creen lo mismo. Es aquella en la que nadie necesita destruir algo para defender sus propias ideas.