LAREVISTA PENINSULAR
Opiniones

¡Uy, Qué Miedo!

Temblar, Accionar o Bailar

Por Jorge Valladares Sánchez · 28/07/2022 00:00
¡Uy, Qué Miedo!

Por: Jorge Valladares Sánchez.*

En Facebook y en Youtube: Dr. Jorge Valladares.

¡Uy, Qué Miedo!
Temblar, Accionar o Bailar

Ni los extranjeros, ni la inflación, ni el cambio climático le dan miedo, nos dice en su “!Uy, Qué Miedo!” con todo sarcasmo, y hasta le imagino bailando, aunque la canción diga que casi no puede; entreteniendo a toda la concurrencia, con esa alegría y simpatía tan común en nuestros queridos hermanos/as tabasqueños.

A ese ritmo, pareciera que no hay cosa que suceda en el país, e incluso el mundo a lo cual le tema. Pudiera ser un buen mensaje para aquellas personas que ante algunas situaciones aún sentimos inquietud, temor, preocupación, miedo, horror, terror o pánico, que nos anime a enfrentarlas, o al menos nos dé un momento de esparcimiento entre los problemas de ese y otros géneros que enfrentamos.

Igual habrá quien piense que se trata sólo de algo que tenía que decir para justificar sus buenos ingresos, recibidos por su labor de entretenimiento. Quizá no era sarcasmo, sino una simulación consciente para que otras personas a las que quería cuidar no se dejen llevar por el mismo temor; cómo en el caso de papá o mamá cuando nos decía “no va a pasar nada”, pero por dentro imaginaban todo lo que podía suceder por un error cometido, e incluso temblaban visiblemente y decían: “es que hace frío”. Por algo la expresión “Uy” se puede referir tanto a asombro como a vergüenza.

El miedo, como la tristeza, nos dicen, son emociones tan válidas como las otras que procuramos más, por ser más agradables, como la alegría y el agrado o confianza. De las emociones la ciencia ha planteado que son naturales, necesarias y cotidianas, parte fundamental de nuestro vivir. Se identifican como positivas y negativas, lo cual es una polaridad, no una evaluación, pues todas son parte de lo que somos y nos sirven. Y tienen un ciclo y duración que se repite y en esencia generan una disposición a actuar de un modo determinado según el grado en que las dejemos correr solas, sin manejarlas.

Las reacciones que se pueden tener frente al miedo incluyen la huida, el ataque, la inmovilidad y la sumisión. Resignarse al miedo parece en ocasiones una posibilidad, como acompañante de la condición humana, que se ve confirmada por la insistencia personal, familiar y social de liberarnos de nuestros miedos. Incluso se asume que en formas de asociación tan importantes como el estado y la iglesia, el miedo cumple una función central, así lo planteaban tanto Hobbes como Maquiavelo, considerándola “la emoción política más potente y necesaria”.

Plutchik, uno de los grandes investigadores del tema, propuso un esquema que considera ocho emociones básicas, alegría, tristeza, confianza, asco, sorpresa, anticipación, miedo e ira. Que pueden combinarse en diadas, en ese orden, y que se presentan en diversos grados de intensidad, además de que pueden combinarse dando lugar a emociones compuestas. O sea que, por ejemplo, la alegría más intensa es éxtasis y menos intensa serenidad; la tristeza más intensa es aflicción y menos intensa melancolía; la ira más intensa se vuelve furia y si baja es enfado, mientras que el miedo extremo es terror y leve es temor. Alegría se opone a tristeza, pero si el miedo se une a la primera da lugar a culpa y si lo hace con la segunda produce desesperación. El miedo con sorpresa da alarma, con la opuesta (confianza) da sumisión.

Muchos animales experimentan el miedo frente a lo que les representa peligro inmediato, en el presente. Es un recurso útil para la sobrevivencia. Los seres humanos tenemos (como especie, para no ser estrictos) además una capacidad extraordinaria para prever situaciones, de las que una cantidad importante pueden ser peligrosas o dañinas, con lo cual nuestro espectro de peligro se amplía considerablemente. Por ello la preocupación es una de las variantes del miedo, generada por un evento futuro, y cuando él se combina con la anticipación da lugar a la ansiedad.

Escuchar recientemente ese popular tema de nuestro querido Francisco José Hernández Mandujano (Chico Che) me dio pie a reflexionar en la evolución de algunos miedos y reacciones que he observado en mí y alrededor. Creo que hay ejemplos claros en ámbitos muy diversos; ejemplifico algunos de décadas recientes.

Antes muchos hijos/as le temían a su papá. Algunos/as porque era lo que otros familiares les decían que correspondía, siendo que en pocos casos reducía ligeramente con los años y en otros pocos llegaban a saber que no era justificado temer. En otros casos sí había buena base para ese miedo y la reacción era lo que hacía la diferencia; pues la violencia cotidiana acababa minando la reacción que se podía tener, generalmente por no cambiar la situación; también podía pasar que se aprendiera a enfrentar con la madurez o simplemente se empezara a ignorar y escapar de ello. Ahora muchos padres le temen a sus hijos, o por lo menos a los efectos que puede tener su actuar formativo o a las formas de poder que esos pequeños/as ahora tienen.

Antes mucha gente le temía al actuar arbitrario de las autoridades, porque asumía que contaban con el poder de hacer su voluntad y no sentían contar con respaldo que pudiera protegerles, incluso de las consecuencias de protestar. Eso cada vez pasa menos, y hasta pasa que muchas personas que ocupan cargos de autoridad le tienen miedo a la gente, al grado de dejarse insultar o permitir tropelías o intimidaciones, sin aplicar los recursos que “les otorga la ley”, con tal de no enfrentar consecuencias mayores.

Antes muchos gobernantes temían a ser descubiertos en violaciones a la ley, abusos a los derechos humanos y desviaciones o franco robo del erario público. No creo que fuera por las consecuencias, pues la impunidad ha sido estable o creciente en las décadas que me ha tocado vivir. Creo que se debía más al temor de perder potencial para ocupar cargos públicos posteriores; y no, tampoco era porque la gente no fuera a votar por ellos/as, sino porque generando una mala impresión o inconveniencias a sus superiores podrían dejar de ser considerados para una siguiente candidatura. Ahora tenemos un desfile de actos cínicamente delincuenciales, despóticamente traidores a la protesta constitucional y jocosamente accesibles a memes y noticias que elevan la popularidad.

Incluso antes quien presidía el País parecía interesado en generar una impresión de estar capacitado para el puesto y dispuesto a respetar y valorar a los mexicanos/as; había un temor, si no miedo, a ser percibidos de otra manera. Los protocolos, formas y recursos públicos destinados a mantener esa imagen nos costaron millones. Todavía importaba tener preparación académica, capacidad de negociación, magnanimidad con la gente y prestancia como mandatario.

La historia los acaba metiendo a todos en un cajón similar, pero hasta Zedillo parecía que en efecto algo había en la persona, que ayudaba a tal fin. Con Fox fueron evidentes las carencias, pero el presupuesto para cubrirlas a veces daba algún fruto. Calderón volvió a elevar el nivel, parecía haber Presidente. No sé si Peña realmente lo intentó, pero no hubo presupuesto que alcanzara para que durante su sexenio su incapacidad y corrupción fueran evidentes a la ciudadanía; si bien aún procuraba parecer mandatario y tener un lugar en la diplomacia e imagen social. Hoy, no hay temor alguno, nada de la imagen es tema de preocupación; 18 años de luchar por el puesto y 30 millones de votos firmaron la patente de corso para quien hoy recluta, timonea, comercializa, ordena, comunica, da galardones, declara enemigos y hace caminar a quien lo merezca por la plancha de nuestro barco.

Se dice ahora normalizar a esa manera que tenemos de dejar de reaccionar a eventos que antes nos parecían notorios. Cuando el miedo era la razón de nuestra atención podemos cuestionar si de tanto pasar hemos perdido impacto o entendido que era insensato temer y entonces es un miedo que reduce o desaparece por perder sentido. Podemos también reaccionar menos, sin perder el miedo, ya sea por adaptación, valentía o insensibilidad, pero hay grandes diferencias en esas tres opciones. De tanto estar en la situación podemos haber madurado una reacción más funcional, en el primer caso; seguir sintiendo el miedo y con él atrevernos a hacer lo que corresponde, lo cual es lo segundo; o no percibir que efectivamente estamos ante algo peligroso por discapacidad o falta de atención, en el tercer caso.

Los mencionados y muchos ejemplos más caben en la normalización incontrolada que hoy nos permitimos como sociedad. Los hijos son las “bendis” y aunque detectemos que requerimos devolver un poco de la efectividad educativa, es más divertido el memé vacilador. La autoridad antes todopoderosa, la policía, sigue contando con autoridad y funciones, así como puede ser sometida a procesos administrativos y de derechos humanos, pero basta con exhibirlos en videos donde, de vez en cuando, reciben “una sopa de su propio chocolate”.

De los funcionarios/as ya ni que decir… estamos en la época donde un partido puede ganar una elección hasta sin candidato; donde la hija puede ganar con los votos que el padre generó y no pudo usar por una minucia técnica (y no por acusaciones serias de haber violado a las hijas de otras personas); donde ser corcholata vale entre más veces te mencionen, y no por lo que seas o propongas; las leyes siguen vigentes, las sanciones disponibles, la información al alcance para enjuiciarles… Pero ya ni ciudadanos ni reporteros tienen que buscar la evidencia de actos indebidos, solitos nos las regalan en episodios semanales o diarios, lo que hizo el corrupto/a exhibido por medio de un acto ilegal y que no se pretende sancionar.

Y de la persona a la que le pagamos para ser Presidente del País… Ser mencionado/a en la mañanera es el lujo de hoy. Lo que se diga da nota y comentarlo basta. Listos/as para empezar de nuevo en el 24, ahorita estamos en campaña, la más larga de la historia, 6 años… Acostumbrados a sus ocurrencias y desfiguros ya nadie se acuerda que hubo quien anunció que sería “un peligro para México” y mejor le seguimos broma por broma, pelea por pelea, quienes no sabemos; mientras que quienes saben le corrigen la plana a cada idea sin sentido y se alivian si le baja una rayita al mal ya generado.

Algunos apuntes científicos. En los Setentas hubo muchos estudios importantes sobre la forma en que las personas enfrentamos los circunstancias y retos de nuestra vida. Surgieron entonces diversas explicaciones que siguen teniendo utilidad en la ciencia y profesión de la psicología y otras áreas sociales. Entre ellas se hablaba del miedo al fracaso y la expectativa de éxito como una manera de entender la dedicación y condición emocional de personas que podían desarrollarse en distintas actividades. El temor a fracasar sería claramente un inhibidor de las acciones necesarias y una baja expectativa de éxito confirmaría la adecuación de evitar situaciones que nos impusieron retos desde el inicio percibidos como insuperables.

Incluso se llegó a plantear el miedo al éxito, esto para explicar que pueda ocurrir que teniendo circunstancias y medios propicios algunas personas no realizan actividades que son percibidas como socialmente deseables, esto frente al escenario de las consecuencias que representarían logros como terminar una carrera, acceder a un puesto o lograr una posición laboral o deportiva.

La psicología ha encontrado algunos procesos en los que la forma natural de sentir y reaccionar al miedo se ve afectada gravemente a lo largo de circunstancias, como en el desamparo aprendido, o del desarrollo en su conjunto, como en el apego desorganizado. Sin entrar a minucias técnicas, parece que las personas pueden aprender a resignarse al miedo, por encontrar que no hay manera de enfrentarlo, y entonces ya ni pelean, ni huyen, y casi parece que ni sienten, o llegan a un estado de desorganización tal que muestran habituales conductas erráticas frente a las personas y situaciones, pues no lograron adquirir una forma diferenciada de actuar, ya que crecieron viviendo el miedo y el alivio a partir de una misma fuente.

Circunstancias extremas llegan a producir eso, y nos dejan a la vista la importancia de cuidar nuestras formas de adaptarnos y la certeza en las personas que nos rodean; como nación también podemos sacar algo ilustrador en ello; ya que normalizar todo proceso atemorizante o mantener la confianza en personas que usan el poder de manera errática puede generar un deterioro creciente en nuestra capacidad de actuar frente a lo que debe ser eliminado o mejorado, así como nuestra prudencia en la decisión de darle el poder a personas que no ven en ello una oportunidad de avanzar hacia un mejor estatus de vida a nuestra gente.

Así que el buen Chico Che, el apreciado tabasqueño a quien me referí en los primeros párrafos, tal vez sin querer, nos dejó un alegre instrumento para reaccionar al miedo. Y caso a caso, sugiero, podemos evaluar si conviene.
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