Visita de Ariadna Montiel a Yucatán
Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz
La noche yucateca, denso manto de flor del naranjo y polvo calcáreo,
suele esconder el rumor de las antiguas inercias. Durante décadas, la derecha local confió en la ilusión de su propia permanencia, atribuyendo su agonía política a la deserción de sus cuadros, o a la transmigración de nombres que alguna vez poblaron las listas del privilegio. Se equivocan en el diagnóstico. La parálisis de esa vieja casta no nace de las fugas ni del desgaste de un modelo que intentó borrarse con sangre desde aquél amanecer trágico en que las balas trataron de silenciar a Felipe Carrillo
Puerto, ni tampoco es el simple eco de la larga y árida noche neoliberal.
La raíz de su ahogo es más honda y simple: la inmensa mayoría de los
paisanos, los de piel tostada y el extinto sosquil que sostuvieron esta
tierra, ha vuelto a mirar al horizonte.
Morena no inventó la herida, pero le devolvió el aliento a la esperanza.
En un territorio donde la pobreza y la explotación fue por siglos tratada
como un adorno de estampa folclórica, el despertar de los desposeídos quebró el monólogo del poder. La dignidad, ese río subterráneo que la selva guardaba en silencio, emergió para reclamar su sitio en la historia contemporánea. Ya no se trata de concesiones piadosas ni de caridad patronal; se trata de la irrupción fuerte y luminosa del sentido común popular.
Quienes hoy se duelen del declive deberían abandonar la retórica del
agravio y ensayar la sinceridad como credo. El desasosiego que recorre
sus salones no lo causa la teoría, sino la gente descalza que ha caminado
durante siglos las calles sin pavimento. Hay un pavor indisimulable ante la constatación del músculo vivo. Así fue vista la reciente presencia de la presidenta de Morena, Ariadna Montiel en Yucatán, cuya esencia no fue
un mero trámite de la administración, sino una marejada humana. Mil almas o acaso más—entre militantes, simpatizantes, hombres y mujeres, muchos con la piel curtida por el sol del Mayab congregadas en un solo abrazo colectivo que presagia el rumbo ineludible de las cosas. Ese acto
no fue una reunión partidista más-léase bien- fue el anticipo de un destino que ya toca las puertas de la capital yucateca.
Mérida, la ciudad blanca que edificó su elegancia sobre el muro invisible
pero feroz de la exclusión, se encuentra ante su propia encrucijada. La urbe que se ufanaba de sus avenidas arboladas mientras da la espalda a sus barrios y comisarías tendrá que desmontar, pieza por pieza, el artefacto del clasismo y el racismo soterrado. No hay sutileza posible cuando se trata de reconocer la igualdad: la hegemonía de la condescendencia ha agotado su tiempo. La narrativa de la Mérida dividida entre quienes disfrutan la sombra y quienes pican la piedra llega a su fin no por decreto, sino por el peso insostenible de la realidad.
El júbilo de la minoría que asumía la plaza como su patrimonio exclusivo
ha comenzado a extinguirse. Se acabó la diversión para quienes
entendieron la política como un juego de alcurnia y el gobierno como un club privado. El murmullo de la mayoría, postergado desde los días en que el fusilamiento de Carrillo Puerto pretendió sofocar el futuro, se ha vuelto hoy un clamor organizado. Yucatán ya no pide permiso para ser
justo, simplemente ha comenzado a serlo.