Algo más que palabras, por:Víctor Corcoba Herrero
Nuestra propia historia nos pone en camino, nunca como nómadas
solitarios, sino como andarines poblados de abecedarios para entendernos y
hacer familia, a través de la memoria y la esperanza. Con los recuerdos podemos
evitar los errores del pasado y confluir hacia horizontes más claros. Por otra
parte, está bien reanimarse sabiendo que una ilusión aviva nuevas ilusiones, y
esto por sí mismo, ya es un gran paso adelante. A veces, nos ahogamos en
historias inútiles que no valen la pena ni dedicarles un minuto de nuestro
tiempo, pues lo verdaderamente interesante es acogerse y respetarse unos a
otros, corregirse y enmendarse colectivamente, con lo que esto supone de
enriquecimiento y evolución.
El tiempo y la naturaleza tienen la capacidad de rectificar nuestros
propios defectos. Personalmente, hace unos días me puse a imaginar ese mundo
trazado por Valérie Schmitt (Directora Adjunta del Departamento de Protección Social de la OIT), “donde ningún niño necesite trabajar para ayudar
a sus padres, donde ninguna madre tenga que regresar al trabajo el día después
de dar a luz, donde ninguna persona mayor se vea obligada a trabajar hasta la
muerte, donde ninguna persona con discapacidad tenga que mendigar en las
calles…”. Yo mismo, tras despertar del relato, me di cuenta que el camino es
hacia uno mismo, hacia su propio corazón; empedrado, en ocasiones, por odios y
venganzas absurdas.
En efecto, para muchos de nosotros este cosmos sigue siendo una quimera.
A los hechos me remito, el 55% de la población mundial vive sin protección
social, o sea, sin amparo alguno. Quizás, por ello, tengamos que pensar en
otras sendas más solidarias y no egoístas, cuando menos para permanecer unidos.
En este sentido, nos alegra que después de sus cien años de sueños, la Organización
Internacional del Trabajo, se disponga a trabajar duro en la creación de una
cultura auxiliadora socialmente, generando de este modo el impulso que se
requiere para hacer realidad la protección social universal.
Sin duda, tenemos que poner más alma en nuestro quehacer diario, si en
verdad queremos dejar a nuestros descendientes un mundo menos fracturado y
violento, al que hoy le devora el egoísmo y la falta de auténtico amor entre
análogos. Ojalá aprendamos a enmendarnos, a sentir nuestra pequeñez de no ser
nadie sin los demás, a tomar la inquietud de reencontrarnos como propósito
diario, desafiando la adormecida conciencia de la mundanidad que todo lo somete
al interés del poderío. Desde luego, ha llegado el momento de derrumbarnos y
recapacitar, de ver otras salidas más humanas, de que los moradores de todas
las culturas practiquen más que nunca la sintonía de la escucha, para entrar en
consideración con toda vida humana, por minúscula que nos parezca.
Realmente cuesta entender que, en medio de los desafíos que presenta el
orbe actual, no se reconsidere que lo armónico llega de la mano de lo justo, y
que teniendo voluntad de dejarnos acompañar por lo auténtico y por la equidad,
por muy amargos que sean los días, mejoraremos nuestras atmósferas al menos con
más sosiego, y por ende, renacerá una nueva época, en la que esta diversidad ya
reconciliada, hará florecer nuevos espacios, donde caminar juntos, donde
trabajar unidos, porque el tiempo no se
detiene, continua sin cesar y hemos de ponernos de acuerdo. Pero, ciertamente,
hasta que los que ocupan puestos de responsabilidad no acepten con valentía su
modo de ejercer el poder, sirviendo a todos y sin oprimir a nadie, va a ser
difícil sentir ese mundo unido que todos decimos anhelar. Lo decía la
inolvidable Misionera de origen Albanés naturalizada India, Madre Teresa de
Calcuta (1910-1997): “El que no vive para servir, no sirve para vivir”; y,
cuánta razón tiene su célebre frase, porque vivir es legarse más allá de las
meras palabras, no enriquecerse de nuestros semejantes, jamás robarles como
suelen hacer esa legión de corruptos que ocupan algunos pedestales con poder en
plaza. ¡Qué degeneración más tremenda el espíritu de la corrupción!
Por cierto, la reciente llamada del presidente de la Asamblea General de
las Naciones Unidas, el eslovaco Miroslav Lajčák, de que “las Naciones Unidas
se necesitan más que nunca y, sin embargo, hay gobiernos que no parecen
entender eso”, debiera de hacernos repensar la idea, de que hemos de ponernos
todos a servir más y mejor, sí quieren bajo el estético intelecto de que amar
es vivir fuera de sí, a corazón abierto, sin temor a mirarse y a verse en
camino. Porque la concordia llega con el perdón siempre a punto, después de fusionarse
a la cátedra del donarse; que, en el fondo, es desprenderse de uno mismo, llorando
con el que llora y riendo con el que ríe.


