Ernesto Ruffo y el retorno al autoritarismo
EL ELEFANTE EN LA SALA
EL ELEFANTE EN LA SALA
Raul Arceo Alonzo
De la histórica alternancia democrática de 1989 a la persecución política como distractor nacional.
La primera vez que me tocó votar fue en 1985, para diputados federales; una elección en la que arrasó el PRI bajo el mandato de Miguel de la Madrid. Eran los tiempos del todopoderoso partido tricolor. Al año siguiente, en las elecciones de Chihuahua, se perfilaba que Pancho Barrio obtendría la primera gubernatura de oposición. Sin embargo, el gobierno federal, a través de la Secretaría de Gobernación encabezada por Manuel Bartlett, ejecutó lo que más tarde se conoció
como el "fraude patriótico", bajo la premisa de que el régimen no entregaría el poder «a los empresarios, la Iglesia ni a los Estados Unidos».
En 1988, la elección presidencial quedó marcada por la emblemática "caída del sistema", operada nuevamente por Bartlett para asegurar el triunfo de Carlos Salinas. Aquella contienda generó una expectativa inédita gracias a dos candidaturas de oposición que representaron la primera amenaza real al régimen: Manuel J. Clouthier y Cuauhtémoc Cárdenas.
Con esos antecedentes, el tránsito a la democracia en las entidades parecía una utopía, aun cuando la oposición ya había conquistado capitales clave como Mexicali, Chihuahua y Durango. Ganar una gubernatura estuvo vedado durante décadas. Por ello, resultó tan sorpresivo como esperanzador que en 1989 se reconociera el triunfo de Ernesto Ruffo Appel en Baja California, convirtiéndose en el primer gobernador emanado de la oposición.

Hombre sencillo y franco, Ruffo imprimió a su gestión un sello de eficiencia y profesionalismo. Al concluir su mandato, entregó la estafeta a Héctor Terán Terán, quien lamentablemente falleció antes de concluir su periodo. Ruffo no solo es una figura histórica para Acción Nacional, sino un referente para todo el movimiento democrático que luchó a contracorriente. Su triunfo demostró que sí se le podía ganar al PRI y que el camino a la alternancia nacional pasaba, necesariamente,
por lo local.
Por eso resulta alarmante que su reciente detención pretenda diluirse como una nota pasajera. Para el poder actual, este hecho envía al menos dos mensajes claros: el primero, que nadie está a salvo de un expediente construido para ganar la narrativa mediática —una advertencia directa a cualquiera que intente encabezar la oposición—. El segundo, fabricar un distractor de alto impacto para mitigar los recientes escándalos de corrupción, señalamientos de narcotráfico y filtraciones que salpican a figuras prominentes del régimen, como las grabaciones de la gobernadora Marina del Pilar o las acusaciones contra Rocha Moya y el senador Inzunza.
Si bien es destacable que varios exgobernadores hayan alzado la voz en respaldo a Ruffo, se requiere una postura mucho más firme y visible por parte de la dirigencia de Acción Nacional y de los sectores críticos del país.
Las injusticias que no denunciamos cuando les ocurren a otros, tarde o temprano nos alcanzarán. Como advierte el célebre verso atribuido al pastor Martin Niemöller: «Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí».