Opiniones

Evocación de la milpa

Carlos E. Bojórquez Urzaiz

Por Carlos Bojórquez Urzaiz · 23/10/2026 15:37
Evocación de la milpa

Hay un saber antiguo que no se aprende en las aulas ni se custodia en libros, sino antes bien habita en la planta de los pies y en el cuenco de la mano. Es el lenguaje de la tierra que ha aprendido a nombrarse a sí misma a través del maíz, originariamente denominado ixi´im. Para el caminante de Mayab que conoce cada vereda y cada atajo del monte, el cosmos cabe entero en la milpa, allá la existencia deja de ser un acontecer disperso para volverse raíz, origen, destino y luz de un linaje que rehúsa apagarse.

Caminar rumbo a la milpa es igual que emprender una peregrinación hacia la memoria. No se trata sólo de ir simplemente a una plantación que procura aplacar el hambre. El maíz y demás frutos de la milpa–la calabaza y el frijol, por referir los primordiales a la manera del jardín exigen el mismo celo delicado que requiere la crianza de un hijo. Crece con sol y lluvia, pero sobre todo se yergue al amparo de las palabras que murmuran al oído los dioses del monte- los Yum Tisloob- y las caricias que defienden su verde elegante frente al rigor de la sequía. Cuando las manos desgranan el bacal, no únicamente separan los granos del elote-nal en lengua maya- sino esparcen la gracia sagrada de un don que sostiene el espíritu pues solo después de beber e sakab (bebida ritual) en la penumbra de una jícara, la sangre reconoce la presencia viva de las generaciones que le precedieron. Es por decirlo, en resumen, la historia de Los Hombres de Maíz que inspiró a Miguel Ángel Austrias, en su bella obra homónima.

En este recinto del monte, abierto a fuerza de mache y fuego, el aislamiento es una ilusión de los extraños. Nadie camina en soledad entre los surcos. En el roce de las yerbas resuenan las pisadas de los antepasados, los mismos que poblaron estas latitudes y que legaron su aliento a las piedras de antiguos templos, o a las manos callosas del campesino maya. Hay, sin embargo, un pacto ineludible con esa compañía invisible: a los dioses y a las sombras de la tierra sagrada, únicamente se les invoca en lengua maya, que al traducirse al castellano revelan su poesía inigualable. Sin embargo, el idioma de los padres es la clave que abre el canal de la trascendencia; cualquier otra lengua tropieza en el aire como una piedra sorda. Quien no habla la palabra originaria podrá dialogar con dioses ajenos, pero quedará excluido del murmullo maternal de la tierra que lo vio nacer.

A veces la mirada fuereña sospecha que la avanzada edad de un mil pero es una invitación al extravío entre la maleza. Pero el anciano contrapone la certeza de los signos. El monte no es un laberinto hostil, sino un texto sagrado repleto de claves: trece pequeñas piedras dispuestas con devoción sobre un montículo bastan para trazar el mapa de un regreso seguro. Para quien no pertenece a esta estirpe, la selva es silencio y sombra inaccesible; para el habitante de la milpa, es la casa paterna donde cada señal nombra una presencia y cada cruce de caminos guarda una protección.

Entrar a la milpa es traspasar el umbral del misterio, allí donde el destino del ser humano se halla escrito en la disposición secreta de los granos. Al caminar al encuentro de los abuelos, guiado por el aire limpio de los cuatro puntos cardinales, el tiempo se dobla sobre sí mismo. Aunque en los recodos acechen las sombras anunciando el cansancio o la noche, el paso permanece firme: nadie puede perderse si camina de la mano de quienes lo pensaron, lo imaginaron y sembraron en él la semilla inextinguible de la memoria.

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